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FUERA DE TEMPORADA

El fotógrafo le pisa los talones al trapero (Susan Sontag)
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January 11

MAS MADERA

Para el que se haya quedado un poco frío con el final de este blog, le informo que sigo atizando el fuego de la fotografía en: xuanrata.blogspot.com. Nos vemos.  
November 22

El séptimo día

            Una mujer gitana ha alcanzado los 115 años de edad viviendo en una chabola sin calefacción ni agua caliente. Con su silenciosa aportación en la lucha contra el cambio climático, podemos decir que lleva una vida plenamente ecológica: su consumo de energía se aproxima al cero absoluto ya que además de no moverse de la cama se alimenta tan solo de una ración diaria de pastillas para la tensión. Una pensión de 400 euros mensuales que los familiares con los que convive administran le asegura por lo menos otros 115 años de existencia beatífica. Yo en cambio apenas he cumplido un año en este cuelgue semanal de apuntes personales y ya me creo una especie de sir Shackleton superviviente de los hielos de la Antártida. Claro que hasta la mesa del comedor puede ser el Everest desde el punto de vista de una hormiga.

            Pero a pesar de la modestia del proyecto tuve que buscarme mis particulares patrocinadores que se encargaran de impulsarlo. La periodicidad semanal que me autoimpuse fue el primer estímulo. Soy como un niño: sin una orden que ponga orden, las intenciones se dispersan y las colecciones no pasan del fascículo de oferta. Casi siempre la libertad total acaba degenerando en la tiranía de la pereza. El segundo empujón fueron las personas, conocidas unas y desconocidas otras, que empezaron a visitar mi página y en ocasiones me regalaban parte de su tiempo en forma de comentarios. Es cierto que el diálogo se produce siempre y en primer lugar con uno mismo. Escribir es pensar contando con los dedos. Una forma de que mientras aventuramos una respuesta no se nos olvide la pregunta. Y si al escribir repensamos, de igual forma me ocurre que al elegir y colgar las fotos estoy fotografiando de nuevo y por tanto volviendo a disfrutar, aunque esta vez de una forma mas reflexiva, preguntándome en el fondo por las razones de ese impulso previo a la toma de la foto, porque incluso cuando actuamos dejándonos llevar por un impulso, la decisión por el impulso es decisión pensada. Pero cuando entra en escena la palabra, a veces muda, de terceros, es cuando comprendes en primer lugar que tu manera de ver el mundo es entendida, y a veces incluso compartida, por otros; vamos, que no estamos solos, que hay vida en el espacio exterior a nuestra cuatro paredes (y no me refiero solo a las de ladrillo); y en segundo lugar, uno se da cuenta con algunas décadas de retraso de que el milagro de los panes y los peces es sencillamente el efecto de la reciprocidad, entendiendo por reciprocidad ese dar sin esperar, pero siempre secretamente esperando. Porque lo cierto es que si comencé a mostrar esta especie de impresiones fotográficas fue en pago a otras impresiones fotográficas que otros mostraron antes que yo. Es seguramente uno de mis defectos congénitos: en cuanto veo un edificio bellamente diseñado me entrar ganas de matricularme de inmediato en 1° de Arquitectura (también podrían entrarme ganas de subirme al andamio a poner ladrillos, pero no). Por eso creo que no necesito dar las gracias: porque este proyecto ya fue en si mismo una forma de agradecimiento.

            El caso es que nunca tuve la intención de cumplir un año ni ningún otro lapso de tiempo que fuera más allá de la consabida semana, pero finalmente alcancé los doce meses, o los doce meses me alcanzaron a mí, y como si del séptimo día se tratara eche la vista atrás y vi que todo lo hecho (o casi) era bueno, que digo bueno, cojonudo. Y entonces descansé.

            Si la vida es una reunión de asistencia obligatoria que abandonamos con la marca de una suela en nuestras posaderas, que al menos se nos consienta tomar de vez en cuando la palabra y también alguna vez guardar silencio, que es a la postre la única manera de no declarar contra uno mismo. En fin, que frente al derecho a comenzar una aventura se alza el deber, y el privilegio, de ponerle fin. Aquí termina mi viaje, y con él esta temporada fuera de temporada.

November 15

Braña de Fonfría

             Afirma Manuel Vicent desde la otra orilla que "existen varias razones para no suicidarse: una es la luz de otoño, otra es cualquier arroz bien guisado". Si el arroz es la encarnación del alma mediterránea, un pote de berzas con su contundente compango de gochu que haya ido tomando cuerpo al íntimo fuego de la leña sería el resumen del sentimiento cantábrico. La luz de otoño en cambio seguro que tiene exactamente la misma densidad de mediodía detenido en una terracita del puerto de Denia que al pie de un teito en la braña tevergana de Fonfría. El oro podrido de las aguas de la dársena, donde según Vicent los filósofos con caña echan el anzuelo, es el mismo que pende de las hayas troquelado en lentejuelas para un baile cuyos pasos marcan los poetas con mochila al son puro del silencio, aquí donde el silencio emana como una cualidad más de la madera, sin necesidad de que venga a imponerlo el penúltimo representante de una ajada monarquía.

            Por su parte, desde esta orilla Pedro de Silva observa que en estos días "cientos de paseantes lidian con la paz del otoño, tan clemente y letal, ayudándose del sol para no caer en las mazmorras interiores". Debe de ser que el tiempo del otoño tiene algo de amenaza suspendida, como ese postrer deseo que se concede al reo antes de que el definitivo gesto del verdugo se cumpla con la última hoja de roble que completa su descenso como una guillotina. La primera nevada ha enviado su tarjeta con la escarcha azul sobre las plantas. En la plenitud de la estación hay una inminencia de desastre. Nos sentimos afortunados y recelosos a la vez, como el que recibe por error bancario un abono de varios millones en su cuenta. Dilapidamos nuestras últimas horas en mangas de camisa y bronceamos con reflejos dorados nuestra piel que mañana ya nadie podrá ver bajo la lana.

            Lejos del mucho ruido y los pocos frutos secos, lejos de la clac mediática que jalea los monólogos (y sus réplicas) de aventajados caciques salidos de un casting del club de la comedia, bebemos de la fuente fría surgida de las entrañas incandescentes de la tierra. Y soñamos con la eterna juventud que induce la siesta tibia de las brañas.

November 08

Posada y fonda

             Desde hace un par de meses tengo un pequeño agujero en la memoria que quiero rehabilitar. De camino a Portugal hicimos parada y fonda en Ciudad Rodrigo. Azotaba un sol inclemente como la justicia de los pobres y a las cinco de la tarde el calor ya emanaba de las piedras, lo que es tanto como decir que caminábamos por la superficie refractaria de Mercurio. Envueltos en pensamientos transparentes, sin sustancia, buscamos enseguida el claustro de la catedral, donde uno siempre espera encontrar algo de ese frescor revenido que levanta el vuelo de los hábitos. Apenas si lo hallamos y en cambio fuimos objeto de la burla de los picapedreros que enseñaban su culo de piedra esculpido en basas y capiteles para nosotros, los visitantes del futuro. Sin proponérnoslo aparecimos en la Plaza Mayor, que aquí es apenas un ensanchamiento anormal de los callejones. Al ritmo que marca la marea creciente de la sombra, se iban llenando en oleadas las terrazas de las cafeterías con caras como las nuestras, enrojecidos crustáceos al último hervor de la canícula.

            La tarde iba cayendo con un cierto abandono en los pasos, una cierta indiferencia en los rumbos y no terminábamos de encontrarle el feeling medieval a la ciudad pese a todos su blasones. A1 fin y al cabo, una tarde domingo es un lugar poco habitable, aquí y en el siglo XIII. Sin embargo, como buenos viajeros no desesperamos en la búsqueda del santo grial de la autenticidad, y lo fuimos a encontrar en una plaza encalada y con fuente donde abrevan las palomas, plaza olvidada de palacios y conventos, vacía de retórica. En ella unas niñas que jugaban al juego de contarse secretos al oído descubrieron el mío, mi juego y mi secreto, y llevándose su bolsito de mano como cámara a los ojos parodiaron mi condición de ciego, de leproso, de chamarilero, de extranjero, y resultó que yo era el medieval, y ellas en cambio las que vivían el eterno momento del presente. Entonces desaparecieron y solo quedaron las palomas.

            Después de esto sólo faltaba encaramarse a la muralla. Contemplar cómo el sol iba cayendo en el saco roto de las ocho de la tarde resarcía en parte de la fatiga de los ojos. La cámara, harta de mis caprichos, se negó a enfocar su reflejo tras una persiana con alféizar. Marcando las distancias con la plebe, vehículos de alta cilindrada flanqueaban el castillo. Puede que como Parador Nacional haya recuperado ahora parte del espíritu que en otro tiempo levantara sus sillares. La nobleza de hoy, menos hidalga, es al menos más fiable y paga con cheques bancotel. Nosotros, tras la consabida tabla de ibéricos y vino de la tierra, regresamos a nuestro hotel limpio y aseado más allá de las murallas. Creo que caminábamos con la sensación de no haber pasado de ser unos turistas extramuros.

November 01

En cíclica Luanco

               Dicen los padres actuales de la ciencia que el universo se expande indefinidamente inflado por una energía que han llamado “oscura”, eufemismo que encubre su desconocimiento pero que recibe prestado el prestigio del cine y la literatura, con lo que suscita el interés si no de otros científicos sí al menos del público lego en la materia pero versado en Cuarto Milenio y Star Wars. Si la expansión sin fin es de fiar, aunque sea a nivel interplanetario porque aquí en el planeta azul más bien nos dirigimos al “big crunch”, entonces deberemos creer que, al menos a largo plazo, el tiempo camina hacia delante. Pero a corto en cambio somos seres cíclicos porque nuestro mundo es cíclico también y avanza en bucles continuos como los de aquellos ejercicios caligráficos de nuestro precámbrico  personal. La Tierra se traslada, las estaciones se suceden, el curso y los cursillos recomienzan, los discursos se repiten, el euríbor sube y baja y aún queda energía para una nueva edición de Gran Hermano. Yo por mi parte retorno a Luanco un par de tardes por semana, paseo por las mismas calles, doblo las mismas esquinas e incluso algunas espaldas empiezan ya a resultarme familiares. Por momentos me gana la sospecha de que todas las fotos han sido hechas hace tiempo. Pero la luz guarda siempre un as bajo la manga y aquí está uno presto a pillar a la tarde en un renuncio y demostrar una vez más con el sabio presocrático que a pesar de las apariencias nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Aunque la verdad es que ahora, tras el ajuste horario con que el poder muestra arbitraria y gratuitamente su capacidad de disponer sobre nuestros ritmos cotidianos, llego a Luanco con la partida casi terminada y percibo como la energía oscura de la noche y el invierno dilata el tiempo lento de las cafeterías.       

October 25

Hayedo de Monte Saperu (Redes)

               ¿Por qué será que cuando nos adentramos en el bosque comenzamos a pensar en duendes, hadas y encantamientos? ¿Será porque los estridentes colores del otoño nos predisponen a lo mágico? ¿Será que ese oro falso sobre nuestra cabezas tiene algo de tramoya que nos transforma en actores y espectadores de alguna clase de representación cuyo argumento apenas imaginamos? ¿Será que este despliegue gratuito de la naturaleza contrasta de forma sospechosa con el silencio que lo envuelve todo, tan parecido este silencio al de una respiración contenida?¿Será porque el lobo feroz aún sigue rondando nuestros sueños? ¿O porque en algún eslabón del ADN pervive la memoria del acecho, en una edad en la que todo era bosque y el hombre otro ser oculto en la espesura? ¿Será quizás que el misterio de las ramas sorprendidas en escorzo enciende un sentimiento de aventura que aún persiste debajo de nuestro paraguas de rutinas? ¿Será que necesitamos tanto el no saber como el saber? ¿Será porque intuimos que en esos seres intermedios de la mitología, traviesos, bondadosos, malignos o indiferentes según unas normas que varían a capricho, se esconde una forma de ver el mundo que nos libera de la carga de ser todopoderosos? El sortilegio del bosque confunde nuestro ego hasta el punto de hacernos creer que si fuéramos capaces de mantenernos quietos y en silencio durante un intervalo suficiente, bajarían las ardillas de los árboles y seríamos uno más con la xana y el busgosu. Pero lo cierto es que los duendes caminan con nosotros precisamente cuando-menos pensamos en ellos. En la escandalera de risas y gritos de los niños, en sus carreras al borde del desastre y nuestras torpes advertencias está el espíritu esquivo de los gnomos y la cobarde ira de los troles. Idealizar el bosque y la naturaleza como el último reducto de silencio y paz espiritual es probablemente tan pueril como tomar al pie de la letra la existencia imaginaria de faunos, elfos y dragones. Por eso conseguir que un paseo por el bosque sea tanto un ejercicio de las piernas como de la imaginación, sin dejar más rastro que una ingenua inscripción en una mesa de madera al borde del camino, es mi personal manera de hacerme uno con el todo. Y por cierto, dándole la vuelta al dicho del gallego, declaro que: yo creo en las brujas, aunque no las haya.

October 18

Por el camino del Medio

            Viernes, 12 de octubre. 12:30 p.m. 19 grados. Cielo despejado. Orlé (Parque Natural de Redes).

            La senda nos va alejando del pueblo de Orlé al tiempo que asciende suavemente por el Valle del Río Medio. Puentes de madera, rumores de agua, castaños. Nicolás agarra una piedra y hace marcas en las otras piedras del camino. De repente una cascada de luz vierte al río entre los árboles. Nos adentramos y descubrimos que es de agua la cascada, solo que el sol del mediodía halló el modo de hacerla suya y a nosotros mismos nos atrapa por unos minutos eternos en su caída inmóvil. Más puentes, enmoquetado de hojas, ascenso. Por fin el hayedo tupido, silencioso, siempre mítico. Desde algún lugar del valle resuena el berrido prehistórico de lo que quizás sea tan solo una vaca. Tras la pausa del bocadillo, dos seres humanos, excursionistas como nosotros. Vienen del otro lado, nos contamos mutuamente las noticias de nuestros respectivos tramos e intercambiamos un saludo y los caminos. El valle quedó abajo. Monte abierto, helechos amarillos, pastos de verano, cuadras y cabaña. Monto el trípode para la foto-recuerdo. Aparece un pastor. Se detiene para no salir en la foto. Yo me detengo para que sí salga. Cruza por delante el rebaño de vaques roxes, curiosas y asustadas. Cambian de prao, menú fresco para cenar. Siguiendo el cartel indicador, enfilamos hacia el Colladín de la Calavera. El ganadero nos advierte que no hay tal. El collao de la Calavera no está por aquí sino entre los montes de enfrente. Algún funcionario de turismo habrá querido echarle un poco de literatura al recorrido. Nicolás duda entre la decepción ...y el alivio. Barro hasta el tobillo, robles, descenso. Alcanzamos de nuevo al pastor que echa un pito sentado en un posadoriu del camino, uno de esos lugares no marcados donde uno sin poder evitarlo hace un alto para dar descanso a las rodillas. Preguntamos al ganadero por sus cosas. Siempre antes de hablar fija la vista en algún punto indefinido y demora un instante la respuesta, como si estuviera escudriñando el tiempo que hará, que depende de cuál sea el collao por el que asome la niebla. Nos cuenta que por aquí en un par de semanas entrará el invierno. Da un tiento largo al pellejo de vino. Nos habla de lobos, de su peligro, de su astucia, de su resistencia. No lo hace con odio, apenas con temor, sí con disimulada admiración. Una vez tuvo uno a sesenta metros de distancia pero el lobo desapareció de repente a una velocidad incompatible con un normal desplazamiento por el suelo. Sabe que eran sesenta metros y no más porque contó los pasos uno a uno hasta el lugar donde el bicho estuvo y no estuvo. El terciopelo del hocico de su yegua se estremece con un leve temblor. Nos cuenta también que vive de las subvenciones porque la carne se la pagan hoy al precio de hace veinte años. Lobos los hay de muchos pelajes diferentes.

            6:00 p.m. Estamos de nuevo en el punto de partida, Orlé, donde el camino se enreda en callejones y el sol repinta las fachadas amarillas. Ha sido una ruta más, un día de monte sin alardes que nos deja los pies magullados pero el ánimo agradecido. Nicolás pregunta si puede llevarse a casa la piedra que ahora lleva guardada en la mochila desde que se cansó de hacerle muescas al camino. Le digo que ya sabe que no. Nada de piedras ni de palos. Entonces me dice:

- Papá, ¿cuántos países hay en el mundo?

- No sé, muchos, más de doscientos. – le contesto.

- ¿Y cuántas montañas hay?

- Uf, muchísimas, más que países, miles.

- Papá, ¿y cuántas piedras hay iguales a ésta?

- Hombre, iguales lo que se dice exactamente iguales, supongo que ninguna.

- Papá, ¿puedo llevarme la piedra a casa?  

 

XuanRata

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Valeriawrote:


QUE SEAN 114 AÑOS MÁS!!
Nov. 23
Hola Jose, algunos disfrutamos pintando belleza y tú la capturas en instantáneas. Me encantan tus fotos, de verrdad que si, son toda una obra de arte. Especialmente te destaco las de "A la luz de una cebolla" y otra que no recuerdo el nombre pero me parece que es El lago de la mina o algo así. De todas formas es un space precioso. Felicidades. Me alegra en este día triste haberme llenado de tanta belleza que casi siemrpe está en las cosas más simples. Un saludo de María Jesús
 
@--/--
Oct. 21
No namewrote:
Hola Jose,
soy Lola. He estado viendo las fotos de vuestro viaje a Portugal. He notado que, tal como me decía Mª José, Lisboa está muy sucia. Así todo, tengo ganas de conocerla, aunque mis pulmones de fumadora no sé si soportarán tantas cuestas. Sintra me parece un pueblo muy coqueto y algunas fotos me recuerdan a la Costa Azul (parece una zona más limpia que el resto de Portugal). Me ha encantado Oporto, quizás porque el  verde me tira mucho.
Un saludo
LOLA
Oct. 15