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1月11日

MAS MADERA

Para el que se haya quedado un poco frío con el final de este blog, le informo que sigo atizando el fuego de la fotografía en: xuanrata.blogspot.com. Nos vemos.  
11月22日

El séptimo día

            Una mujer gitana ha alcanzado los 115 años de edad viviendo en una chabola sin calefacción ni agua caliente. Con su silenciosa aportación en la lucha contra el cambio climático, podemos decir que lleva una vida plenamente ecológica: su consumo de energía se aproxima al cero absoluto ya que además de no moverse de la cama se alimenta tan solo de una ración diaria de pastillas para la tensión. Una pensión de 400 euros mensuales que los familiares con los que convive administran le asegura por lo menos otros 115 años de existencia beatífica. Yo en cambio apenas he cumplido un año en este cuelgue semanal de apuntes personales y ya me creo una especie de sir Shackleton superviviente de los hielos de la Antártida. Claro que hasta la mesa del comedor puede ser el Everest desde el punto de vista de una hormiga.

            Pero a pesar de la modestia del proyecto tuve que buscarme mis particulares patrocinadores que se encargaran de impulsarlo. La periodicidad semanal que me autoimpuse fue el primer estímulo. Soy como un niño: sin una orden que ponga orden, las intenciones se dispersan y las colecciones no pasan del fascículo de oferta. Casi siempre la libertad total acaba degenerando en la tiranía de la pereza. El segundo empujón fueron las personas, conocidas unas y desconocidas otras, que empezaron a visitar mi página y en ocasiones me regalaban parte de su tiempo en forma de comentarios. Es cierto que el diálogo se produce siempre y en primer lugar con uno mismo. Escribir es pensar contando con los dedos. Una forma de que mientras aventuramos una respuesta no se nos olvide la pregunta. Y si al escribir repensamos, de igual forma me ocurre que al elegir y colgar las fotos estoy fotografiando de nuevo y por tanto volviendo a disfrutar, aunque esta vez de una forma mas reflexiva, preguntándome en el fondo por las razones de ese impulso previo a la toma de la foto, porque incluso cuando actuamos dejándonos llevar por un impulso, la decisión por el impulso es decisión pensada. Pero cuando entra en escena la palabra, a veces muda, de terceros, es cuando comprendes en primer lugar que tu manera de ver el mundo es entendida, y a veces incluso compartida, por otros; vamos, que no estamos solos, que hay vida en el espacio exterior a nuestra cuatro paredes (y no me refiero solo a las de ladrillo); y en segundo lugar, uno se da cuenta con algunas décadas de retraso de que el milagro de los panes y los peces es sencillamente el efecto de la reciprocidad, entendiendo por reciprocidad ese dar sin esperar, pero siempre secretamente esperando. Porque lo cierto es que si comencé a mostrar esta especie de impresiones fotográficas fue en pago a otras impresiones fotográficas que otros mostraron antes que yo. Es seguramente uno de mis defectos congénitos: en cuanto veo un edificio bellamente diseñado me entrar ganas de matricularme de inmediato en 1° de Arquitectura (también podrían entrarme ganas de subirme al andamio a poner ladrillos, pero no). Por eso creo que no necesito dar las gracias: porque este proyecto ya fue en si mismo una forma de agradecimiento.

            El caso es que nunca tuve la intención de cumplir un año ni ningún otro lapso de tiempo que fuera más allá de la consabida semana, pero finalmente alcancé los doce meses, o los doce meses me alcanzaron a mí, y como si del séptimo día se tratara eche la vista atrás y vi que todo lo hecho (o casi) era bueno, que digo bueno, cojonudo. Y entonces descansé.

            Si la vida es una reunión de asistencia obligatoria que abandonamos con la marca de una suela en nuestras posaderas, que al menos se nos consienta tomar de vez en cuando la palabra y también alguna vez guardar silencio, que es a la postre la única manera de no declarar contra uno mismo. En fin, que frente al derecho a comenzar una aventura se alza el deber, y el privilegio, de ponerle fin. Aquí termina mi viaje, y con él esta temporada fuera de temporada.

11月15日

Braña de Fonfría

             Afirma Manuel Vicent desde la otra orilla que "existen varias razones para no suicidarse: una es la luz de otoño, otra es cualquier arroz bien guisado". Si el arroz es la encarnación del alma mediterránea, un pote de berzas con su contundente compango de gochu que haya ido tomando cuerpo al íntimo fuego de la leña sería el resumen del sentimiento cantábrico. La luz de otoño en cambio seguro que tiene exactamente la misma densidad de mediodía detenido en una terracita del puerto de Denia que al pie de un teito en la braña tevergana de Fonfría. El oro podrido de las aguas de la dársena, donde según Vicent los filósofos con caña echan el anzuelo, es el mismo que pende de las hayas troquelado en lentejuelas para un baile cuyos pasos marcan los poetas con mochila al son puro del silencio, aquí donde el silencio emana como una cualidad más de la madera, sin necesidad de que venga a imponerlo el penúltimo representante de una ajada monarquía.

            Por su parte, desde esta orilla Pedro de Silva observa que en estos días "cientos de paseantes lidian con la paz del otoño, tan clemente y letal, ayudándose del sol para no caer en las mazmorras interiores". Debe de ser que el tiempo del otoño tiene algo de amenaza suspendida, como ese postrer deseo que se concede al reo antes de que el definitivo gesto del verdugo se cumpla con la última hoja de roble que completa su descenso como una guillotina. La primera nevada ha enviado su tarjeta con la escarcha azul sobre las plantas. En la plenitud de la estación hay una inminencia de desastre. Nos sentimos afortunados y recelosos a la vez, como el que recibe por error bancario un abono de varios millones en su cuenta. Dilapidamos nuestras últimas horas en mangas de camisa y bronceamos con reflejos dorados nuestra piel que mañana ya nadie podrá ver bajo la lana.

            Lejos del mucho ruido y los pocos frutos secos, lejos de la clac mediática que jalea los monólogos (y sus réplicas) de aventajados caciques salidos de un casting del club de la comedia, bebemos de la fuente fría surgida de las entrañas incandescentes de la tierra. Y soñamos con la eterna juventud que induce la siesta tibia de las brañas.

11月8日

Posada y fonda

             Desde hace un par de meses tengo un pequeño agujero en la memoria que quiero rehabilitar. De camino a Portugal hicimos parada y fonda en Ciudad Rodrigo. Azotaba un sol inclemente como la justicia de los pobres y a las cinco de la tarde el calor ya emanaba de las piedras, lo que es tanto como decir que caminábamos por la superficie refractaria de Mercurio. Envueltos en pensamientos transparentes, sin sustancia, buscamos enseguida el claustro de la catedral, donde uno siempre espera encontrar algo de ese frescor revenido que levanta el vuelo de los hábitos. Apenas si lo hallamos y en cambio fuimos objeto de la burla de los picapedreros que enseñaban su culo de piedra esculpido en basas y capiteles para nosotros, los visitantes del futuro. Sin proponérnoslo aparecimos en la Plaza Mayor, que aquí es apenas un ensanchamiento anormal de los callejones. Al ritmo que marca la marea creciente de la sombra, se iban llenando en oleadas las terrazas de las cafeterías con caras como las nuestras, enrojecidos crustáceos al último hervor de la canícula.

            La tarde iba cayendo con un cierto abandono en los pasos, una cierta indiferencia en los rumbos y no terminábamos de encontrarle el feeling medieval a la ciudad pese a todos su blasones. A1 fin y al cabo, una tarde domingo es un lugar poco habitable, aquí y en el siglo XIII. Sin embargo, como buenos viajeros no desesperamos en la búsqueda del santo grial de la autenticidad, y lo fuimos a encontrar en una plaza encalada y con fuente donde abrevan las palomas, plaza olvidada de palacios y conventos, vacía de retórica. En ella unas niñas que jugaban al juego de contarse secretos al oído descubrieron el mío, mi juego y mi secreto, y llevándose su bolsito de mano como cámara a los ojos parodiaron mi condición de ciego, de leproso, de chamarilero, de extranjero, y resultó que yo era el medieval, y ellas en cambio las que vivían el eterno momento del presente. Entonces desaparecieron y solo quedaron las palomas.

            Después de esto sólo faltaba encaramarse a la muralla. Contemplar cómo el sol iba cayendo en el saco roto de las ocho de la tarde resarcía en parte de la fatiga de los ojos. La cámara, harta de mis caprichos, se negó a enfocar su reflejo tras una persiana con alféizar. Marcando las distancias con la plebe, vehículos de alta cilindrada flanqueaban el castillo. Puede que como Parador Nacional haya recuperado ahora parte del espíritu que en otro tiempo levantara sus sillares. La nobleza de hoy, menos hidalga, es al menos más fiable y paga con cheques bancotel. Nosotros, tras la consabida tabla de ibéricos y vino de la tierra, regresamos a nuestro hotel limpio y aseado más allá de las murallas. Creo que caminábamos con la sensación de no haber pasado de ser unos turistas extramuros.

11月1日

En cíclica Luanco

               Dicen los padres actuales de la ciencia que el universo se expande indefinidamente inflado por una energía que han llamado “oscura”, eufemismo que encubre su desconocimiento pero que recibe prestado el prestigio del cine y la literatura, con lo que suscita el interés si no de otros científicos sí al menos del público lego en la materia pero versado en Cuarto Milenio y Star Wars. Si la expansión sin fin es de fiar, aunque sea a nivel interplanetario porque aquí en el planeta azul más bien nos dirigimos al “big crunch”, entonces deberemos creer que, al menos a largo plazo, el tiempo camina hacia delante. Pero a corto en cambio somos seres cíclicos porque nuestro mundo es cíclico también y avanza en bucles continuos como los de aquellos ejercicios caligráficos de nuestro precámbrico  personal. La Tierra se traslada, las estaciones se suceden, el curso y los cursillos recomienzan, los discursos se repiten, el euríbor sube y baja y aún queda energía para una nueva edición de Gran Hermano. Yo por mi parte retorno a Luanco un par de tardes por semana, paseo por las mismas calles, doblo las mismas esquinas e incluso algunas espaldas empiezan ya a resultarme familiares. Por momentos me gana la sospecha de que todas las fotos han sido hechas hace tiempo. Pero la luz guarda siempre un as bajo la manga y aquí está uno presto a pillar a la tarde en un renuncio y demostrar una vez más con el sabio presocrático que a pesar de las apariencias nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Aunque la verdad es que ahora, tras el ajuste horario con que el poder muestra arbitraria y gratuitamente su capacidad de disponer sobre nuestros ritmos cotidianos, llego a Luanco con la partida casi terminada y percibo como la energía oscura de la noche y el invierno dilata el tiempo lento de las cafeterías.       

10月25日

Hayedo de Monte Saperu (Redes)

               ¿Por qué será que cuando nos adentramos en el bosque comenzamos a pensar en duendes, hadas y encantamientos? ¿Será porque los estridentes colores del otoño nos predisponen a lo mágico? ¿Será que ese oro falso sobre nuestra cabezas tiene algo de tramoya que nos transforma en actores y espectadores de alguna clase de representación cuyo argumento apenas imaginamos? ¿Será que este despliegue gratuito de la naturaleza contrasta de forma sospechosa con el silencio que lo envuelve todo, tan parecido este silencio al de una respiración contenida?¿Será porque el lobo feroz aún sigue rondando nuestros sueños? ¿O porque en algún eslabón del ADN pervive la memoria del acecho, en una edad en la que todo era bosque y el hombre otro ser oculto en la espesura? ¿Será quizás que el misterio de las ramas sorprendidas en escorzo enciende un sentimiento de aventura que aún persiste debajo de nuestro paraguas de rutinas? ¿Será que necesitamos tanto el no saber como el saber? ¿Será porque intuimos que en esos seres intermedios de la mitología, traviesos, bondadosos, malignos o indiferentes según unas normas que varían a capricho, se esconde una forma de ver el mundo que nos libera de la carga de ser todopoderosos? El sortilegio del bosque confunde nuestro ego hasta el punto de hacernos creer que si fuéramos capaces de mantenernos quietos y en silencio durante un intervalo suficiente, bajarían las ardillas de los árboles y seríamos uno más con la xana y el busgosu. Pero lo cierto es que los duendes caminan con nosotros precisamente cuando-menos pensamos en ellos. En la escandalera de risas y gritos de los niños, en sus carreras al borde del desastre y nuestras torpes advertencias está el espíritu esquivo de los gnomos y la cobarde ira de los troles. Idealizar el bosque y la naturaleza como el último reducto de silencio y paz espiritual es probablemente tan pueril como tomar al pie de la letra la existencia imaginaria de faunos, elfos y dragones. Por eso conseguir que un paseo por el bosque sea tanto un ejercicio de las piernas como de la imaginación, sin dejar más rastro que una ingenua inscripción en una mesa de madera al borde del camino, es mi personal manera de hacerme uno con el todo. Y por cierto, dándole la vuelta al dicho del gallego, declaro que: yo creo en las brujas, aunque no las haya.

10月18日

Por el camino del Medio

            Viernes, 12 de octubre. 12:30 p.m. 19 grados. Cielo despejado. Orlé (Parque Natural de Redes).

            La senda nos va alejando del pueblo de Orlé al tiempo que asciende suavemente por el Valle del Río Medio. Puentes de madera, rumores de agua, castaños. Nicolás agarra una piedra y hace marcas en las otras piedras del camino. De repente una cascada de luz vierte al río entre los árboles. Nos adentramos y descubrimos que es de agua la cascada, solo que el sol del mediodía halló el modo de hacerla suya y a nosotros mismos nos atrapa por unos minutos eternos en su caída inmóvil. Más puentes, enmoquetado de hojas, ascenso. Por fin el hayedo tupido, silencioso, siempre mítico. Desde algún lugar del valle resuena el berrido prehistórico de lo que quizás sea tan solo una vaca. Tras la pausa del bocadillo, dos seres humanos, excursionistas como nosotros. Vienen del otro lado, nos contamos mutuamente las noticias de nuestros respectivos tramos e intercambiamos un saludo y los caminos. El valle quedó abajo. Monte abierto, helechos amarillos, pastos de verano, cuadras y cabaña. Monto el trípode para la foto-recuerdo. Aparece un pastor. Se detiene para no salir en la foto. Yo me detengo para que sí salga. Cruza por delante el rebaño de vaques roxes, curiosas y asustadas. Cambian de prao, menú fresco para cenar. Siguiendo el cartel indicador, enfilamos hacia el Colladín de la Calavera. El ganadero nos advierte que no hay tal. El collao de la Calavera no está por aquí sino entre los montes de enfrente. Algún funcionario de turismo habrá querido echarle un poco de literatura al recorrido. Nicolás duda entre la decepción ...y el alivio. Barro hasta el tobillo, robles, descenso. Alcanzamos de nuevo al pastor que echa un pito sentado en un posadoriu del camino, uno de esos lugares no marcados donde uno sin poder evitarlo hace un alto para dar descanso a las rodillas. Preguntamos al ganadero por sus cosas. Siempre antes de hablar fija la vista en algún punto indefinido y demora un instante la respuesta, como si estuviera escudriñando el tiempo que hará, que depende de cuál sea el collao por el que asome la niebla. Nos cuenta que por aquí en un par de semanas entrará el invierno. Da un tiento largo al pellejo de vino. Nos habla de lobos, de su peligro, de su astucia, de su resistencia. No lo hace con odio, apenas con temor, sí con disimulada admiración. Una vez tuvo uno a sesenta metros de distancia pero el lobo desapareció de repente a una velocidad incompatible con un normal desplazamiento por el suelo. Sabe que eran sesenta metros y no más porque contó los pasos uno a uno hasta el lugar donde el bicho estuvo y no estuvo. El terciopelo del hocico de su yegua se estremece con un leve temblor. Nos cuenta también que vive de las subvenciones porque la carne se la pagan hoy al precio de hace veinte años. Lobos los hay de muchos pelajes diferentes.

            6:00 p.m. Estamos de nuevo en el punto de partida, Orlé, donde el camino se enreda en callejones y el sol repinta las fachadas amarillas. Ha sido una ruta más, un día de monte sin alardes que nos deja los pies magullados pero el ánimo agradecido. Nicolás pregunta si puede llevarse a casa la piedra que ahora lleva guardada en la mochila desde que se cansó de hacerle muescas al camino. Le digo que ya sabe que no. Nada de piedras ni de palos. Entonces me dice:

- Papá, ¿cuántos países hay en el mundo?

- No sé, muchos, más de doscientos. – le contesto.

- ¿Y cuántas montañas hay?

- Uf, muchísimas, más que países, miles.

- Papá, ¿y cuántas piedras hay iguales a ésta?

- Hombre, iguales lo que se dice exactamente iguales, supongo que ninguna.

- Papá, ¿puedo llevarme la piedra a casa?  

10月11日

Transparencias

            Tras el atracón portugués vino el ayuno, la necesaria purga. Durante tres semanas permaneció la cámara en el armario, emitiendo apenas algún gañido imperceptible. Después volví a colgarla del hombro y poco a poco se me ha ido escapando algún disparo al desgaire, haciéndome de rogar, como si no fueran conmigo los guiños que después de todo volvían a hacerme la luz y sus objetos.

            Científicos japoneses de la Universidad de Hiroshima han inventado por vía genética una rana transparente. Se evitarán así miles de disecciones, afirman, y por tanto se ahorrará gran cantidad de sufrimientos a los batracios (el sufrimiento y el horror resultante de verse la ranita las propias tripas en funcionamiento no ha sido contabilizado en el proyecto). Y todo como si el hombre pudiera prescindir de la vivisección, como si el bisturí no tuviera otra finalidad que la científica. Que se vayan preparando los demás anfibios y sus colaterales.

            Venía esto a cuento por el asunto de la transparencia. El fotógrafo, como el científico, también quiere ver el interior de los objetos y los rostros. Por eso, con la mentalidad de explorador del XIX echa a andar y va diseccionando la realidad que encuentra a su paso en busca de alguna pieza significativa y cuando la encuentra, palpitante todavía la extrae, de forma solo aparentemente inocua. Las cosas fotografiadas no son ya las mismas cosas, son imágenes y ni siquiera de si mismas: la playa se convierte en paisaje, el rostro en retrato. Igualmente la rana abierta en canal no es ya una rana sino una lección de anatomía. Los científicos de la Universidad de Hiroshima se equivocaron al pretender la transparencia del objeto de su estudio. Lo transparente ha de ser el instrumento. Y no me refiero a rayos X. La auténtica ciencia no reside en hacer lo opaco transparente, sino en ver en la superficie las signos de lo que habita en e1 subsuelo: sostener la rana un segundo entre las manos, mirarla a los ojos (el beso es opcional) y hacer un diagnóstico completo. La cura ya sería cosa de chamanes o de médicos. De igual forma el fotógrafo quisiera prescindir de accesorios y hacer las fotos con los párpados, guardar en la memoria los instantes que merezcan ser guardados y reproducirlos a voluntad, rebobinar la cinta, aunque a veces patinen un poco los oxidados cabezales (perdón, es que yo nací en la era analógica), sin necesidad de recurrir a la proustiana magdalena. Mientras los japoneses terminan de perfeccionar el chip intraocular seguiremos valiéndonos de memorias de silicio y ópticas asféricas para atrapar la transparencia del aire o la profundidad de una mirada. No vendría mal una avería con huelga indefinida de servicios técnicos para obligarnos a echar mano de aquel otro instrumento, algo ajado ya, que llamamos imaginación.

10月4日

Oporto, final de trayecto

              Hay en Oporto una catedral que no aparece como tal en los inventarios de las guías ni tampoco en los de las iglesias oficiales. Por fuera tiene la apariencia imponente y perpendicular de lo que podría ser un gran edificio administrativo de principios del siglo pasado. Pero tampoco por dentro es lo que parece. No hay que dejarse llevar a engaño por los paneles electrónicos que indican llegadas y salidas, ni por los quioscos de revistas, ni por los andenes, ni siquiera por los trenes que ocasionalmente se presentan procedentes del Duero arriba a través de las entrañas de la ciudad. Debemos fijarnos en cambio en la luz que entra por las vidrieras, en las escenas que azulejan sus paredes, en los fieles que meditan sentados en los bancos o en los que de pie interrogan a lo alto buscando una respuesta a su próximo destino. Sólo entonces, a pesar de la máquina expendedora de billetes y del hombre con gorra y banderín, comprendemos que hemos penetrado en un templo llamado Estaçâo de Sâo Bento y que lo que parece una boca de túnel es en realidad el altar donde emerge la luz del interior de las tinieblas. Tal vez por eso, cuando me planté frente a la nave central con su bóveda tejida de hierro y sus frescos vivos de edificios, tuve una especie de visión: otra estación, la de Saint-Lazare que pintara Monet con pinceladas de humo se superpuso a la escena con tal nitidez que si de pronto hubiera aparecido una máquina de vapor bufando y chirriando no me habría sorprendido lo más mínimo. Trate de recoger con la cámara el cuadro de Monet pero no encontré ni el punto de vista ni el desapego necesario. Esto sucedió al anochecer y decidí volver a la mañana siguiente. Entonces la luz incidía como un estilete sobre el contorno de las cosas, pero el cuadro seguía escurriéndoseme entre los dedos y comprendí que dar con él era sobre todo una cuestión de tiempo, precisamente la materia de la que estaba hecha la sala de espera donde los pasajeros firmes y hieráticos recibían la bendición del voraz espíritu de Cronos. Tuvimos sin embargo que dejar Oporto, con sus oficios sin beneficio, su refinamiento embotellado y sus atardeceres de oro en la Ribeira. Yo me prometí regresar algún día pero esta vez por ferrocarril, para llegar a la Estaçâo de Sâo Bento donde una parte de mí quedó mirando las horas y esperando mi regreso.

9月27日

Fantasías de Sintra y breve travesía atlántica

           Buscando el sitio donde nace la niebla que invade Cascais al caer la tarde encontramos una sierra que se alza sobre el Atlántico, repleta de selvas artificiales, palacios, quintas y delirios varios, de esos que producen el dinero y el poder en cualquier época. La sierra de Sintra es un lugar que apela a la fantasía romántica y al esoterismo de los alquimistas y caballeros de Rosacruz, hoy reducidos a materia de best-sellers. No soy aficionado a la misteriología pero un poco de imaginación viene bien en cualquier viaje.

            El Palacio da Pena, un exin-castillos fruto del ocio de un rey consorte que debía ser tan grande como su presupuesto, se encuentra rodeado de un parque-bosque al que solo se accede a pie, por lo que se encontraba a nuestra exclusiva disposición. Enseguida un perro sin collar ni raza definida pero de considerables dimensiones y líquida mirada de lord inglés, salió a nuestro encuentro y empezó a guiarnos por una ruta que no siempre coincidía con la recomendada por el plano. Pronto se escabulló entre el ramaje y costó detener a Nicolás para que no hiciera lo mismo. Pero al instante reapareció, esta vez por el lado opuesto del sendero sin que en ningún momento le hubiéramos visto cruzarlo, operación que repitió en varias ocasiones entrando y saliendo de escena por sorpresa como si utilizara algún oculto pasadizo y eludiendo hábilmente el objetivo de mi cámara. Con perro o sin él alcanzamos finalmente el Palacio da Pena, encaramado en una cima imposible con su mezcla no menos imposible de estilos y colores que los críticos califican de pastiche pese a que esa misma mezcla en la arquitectura actual pasaría por genial eclecticismo. Total, que es una palacio divertido, lo que no puede decirse de la mayoría.

            Unos cuantos kilómetros más abajo, en el pueblo de Sintra, atiborrado de tiendas y españoles, encontramos de nuevo al doblar una esquina a nuestro perro anfitrión. Cabe la alternativa de que se tratara de otro perro idéntico al primero, pero la posibilidad de que una jauría de perros clónicos deambule por la comarca parece al menos tan extravagante como la del can ubicuo. En cualquier caso, también éste como aquel permaneció inasequible al megapixel.

            Por la tarde recorrimos la costa de Estremadura por una carretera que intermitentemente nos acercaba al mar y nos devolvía al interior como si se adaptara más al viento que a la orografía. Así entramos en el pueblo blanquiazul de Ericeira donde pudimos observar cómo a falta de abrigos naturales aún se recogen los barcos de la mar al final de la jornada como el que guarda la caña, y los aparcan en batería en muelle seco. (Nicolás afirma haber visto aquí también al cánido citado; no seré yo quien lo desmienta).

            Después vino Azenhas do Mar: sería como Cuenca si sus casas no colgaran del océano. Tal vez por eso allí la gente tiene algo de gaviota: los vimos caminar por los tejados y correr por el borde de los muros y cornisas flirteando sin red con el abismo.

            Ya con las últimas luces llegamos al Cabo da Roca, uno de los fines del mundo con su faro y su título de punta más occidental de Europa. Hoy es además un lugar de peregrinación laica a donde arribamos los adoradores del sol como feligreses que hubieran olvidado el ritual y en su lugar hacen clic y observan sin entender como el sol en lugar de ocultarse en el horizonte simplemente se desvanece entre la bruma, con una discreción que casi parece portuguesa.

            Como digo fue este un día de idas y venidas, de oscilaciones a veces dolorosas. En la víspera supimos del último adiós de un amigo. Su recuerdo nos acompañó como un péndulo que tuviéramos agarrado al corazón. El Cabo da Roca parecía un paraje propicio a las despedidas y a las distancias infinitas. Pero Guille hubiera preferido el brindis de unas cañas rebosantes y celebrar la vida, que unas veces nos trae y otras nos lleva con su intermitencia tenaz e imprevisible.

9月20日

Lisboa travelling

            Las aceras y muchas de las calles de las ciudades y pueblos de Portugal están recubiertas de un empedrado de losa pequeña y pulida por el cotidiano caminar, cuya superficie ondula suavemente y de tal forma que al pasear sobre él uno va recibiendo en los pies un delicado masaje. A veces se tiene la sensación de estar recorriendo la piel de un animal vivo y palpitante, alguna clase de reptil calentándose sin prisa a orillas del río o del océano. Hace unos doscientos cincuenta años este animal se desperezó ligeramente y Lisboa casi desapareció de su superficie. Lo primero que pensé al salir de la estación del Cais do Sodre y contemplar sus edificios fue que si el bicho necesitara desentumecerse de nuevo, todo se vendría abajo con la misma facilidad de entonces. No sé hasta que punto el ocre desvaído y el gris sucio de las fachadas dieciochescas de La Baixa obedecen a la pura desidia o a un plan del Ministerio de Turismo para mantener el cliché que habla del encanto de Lisboa. El caso es que la ilusión del viaje al pasado se produce de manera inevitable cada vez que un tranvía se te acerca con su estampa a medio camino entre vagón de parque de atracciones y viñeta sepia fin de siglo. Yo, que soy un callejeador empedernido, no creo que Lisboa esté hecha para el callejeo. No, Lisboa se muestra mejor a vista de travelling, con la velocidad humana que te da el tranvía por cuyas ventanas sin cristales van pasando los escaparates, los cafés, la penumbra de los zaguanes, los lisboetas que esperan para cruzar, que esperan para subirse, que esperan sin objeto o que esperan para verte pasar mientras ellos pasan para ti en un doble deslizamiento hacia el pasado. Pero no hay que bajarse en la parada del Castelo Sao Jorge, donde el tranvía 28 evacua el sobrepeso de turistas. Hay que dejarse llevar hasta el final de la línea para no perderse la entrañable reprimenda que una vieja falta de resuello le dedica al conductor porque casi la deja en tierra absorto tal vez en lentas ensoñaciones deslizantes. Sí, hay que dejarse transportar hasta los límites del plano que amablemente proporciona la oficina de turismo para comprender enseguida que éste apenas se corresponde con el real trazado de las calles y que esta ciudad se recorre mejor de oído.

            Y digo ciudad como si fuera una sola cuando en realidad cada barrio conforma una ciudad distinta, y distinta para cada par de ojos. Para mí La Alfama, tan recomendada, fue un laberinto de puertas cerradas y ecos de pasos disueltos en el calor de un mediodía. La Mouraria, que no mencionan las guías, es un todo a cien donde chinos, indios y africanos comen, duermen y cuidan a sus hijos, por lo que no están permitidas las fotografías. En La Baixa fruto del sueño racionalista del Marqués de Pombal te invade la sospecha de que detrás de sus simétricas fachadas no hay más que un bosque apuntalado sobre albaranes perforados de carcoma. El Chiado es la Lisboa de los cafés y las estatuas, de los teatros clausurados y las franquicias de la globalización, de los polis y los colgaos. Y a Belem, la monumental, se va en el fondo a tomarse unos pasteis de nata con un café, aquí donde un café es fecundo y compacto como una semilla negra que llega Tajo arriba impulsada por las corrientes del océano. Pero para llegar al corazón de Lisboa hay que aventurarse hasta los límites poco claros del Chiado, en el barrio de Bica donde el funicular se abre paso a través de los juegos de los niños, de las bolsas de la compra, de las conversaciones por entre las camisetas del Benfica secándose sin prisa. Aquí al fin el viaje al pasado toma cuerpo y no tanto por el cansino funicular, un reclamo algo folclórico, como sobre todo porque esos juegos a pie de calle, ese trasiego de cotidianeidad en los saludos y esos quicios donde sueñan los desocupados son probablemente lo único que es hoy igual que entonces.

            Y ya para apurar lo que nos queda de la tarde, nos asomamos a la terraza-mirador del Alto de Santa Catarina donde el tintineo de las conversaciones sigue el mismo compás que el pianissimo deambular del camarero entre las mesas, quien con el gesto de servirte una cerveza te absolverá de todos tus pecados. Dice José Cardoso Pires en un libro muy personal sobre Lisboa que en el Alto de Santa Catarina se sientan por la tarde los viejos para jugar a las cartas y engañar al destino. Nosotros no vimos a los viejos. Supongo que el destino terminó ganándoles la partida. En cualquier caso, no es este un mal lugar para perderla.

            Me temo que en esta segunda entrega hay un exceso de fotos (y de palabras) pero es que tengo que confesar, y resulta preocupante, que me gusta más la Lisboa de las fotos que la Lisboa real que visitamos. Aunque, ahora que lo pienso, puede que esto no sea más que una forma digital de manifestarse la saudade.

            Ah, por cierto. ¿Y qué hay de Pessoa? Pues resulta que ahora Pessoa es un tipo de bronce con aire crispado a la puerta de un café, que está hasta los cojones de los turistas y que no le perdona a su escultor que no le sirviera ni un miserable chupito de aguardiente. Hay que joderse.

  

9月14日

Destino Portugal

            Llega un momento, tal vez por simple imperativo genético, en que uno necesita hacer las maletas y emprender un viaje a una tierra promisoria, a lugares cuyos nombres tengan ecos aventureros o románticos. Así Lisboa, Cascais, Sintra…con sus eses densas y sus vocales alargadas, como alejándose. Partimos entonces con el ansia de comprobar in situ la verdad interesada de las guías de viajes y las maravillas, no menos subjetivas, que otros que estuvieron antes que nosotros aseguran haber visto. Son tantas las expectativas que uno acaba por sentir un temor inconfesable a verse defraudado. Y lo que es peor, a no poder admitirlo después delante de familia, amistades y compañeros de oficina. Pero a veces la suerte acompaña y encontramos ese momento perfecto, ese lugar que, ahora sí, sabemos que nos estaba esperando. Así me sucedió al llegar a Cascais, tras interminables horas de calor y entumecimiento de extremidades, cuando después de abrazar una fe recién nacida con el bautismo de cloro en la piscina del hotel, me tumbé en la tumbona, qué hermosa redundancia, milimétricamente alineada con el sol y recibí sus rayos templados ya en la media tarde, dirigidos solo a mí por la fina brisa de un Atlántico todavía imaginado. A mis espaldas, tras un alto y tupido seto, el estruendo de la circulación de la Avenida 25 de abril no podía tocarme ya, invulnerable en mi oasis artificial que no estaba en Cascais ni en ningún lugar de nombre conocido. Me diréis que para esto no hacía falta atravesar cientos de kilómetros de páramos y montes por autopistas de peaje. Sí, pero es que a veces es necesario llegar muy lejos para dar con uno mismo. Puede ser que solo en nuestros límites se encuentre nuestro centro, si nos ponemos en plan zen. O dicho en el sabio lenguaje de Perogrullo: para descansar de verdad hay que estar de verdad cansado, y nada puede igualarse a eso.

            En cuanto a Cascais, objeto de esta primera entrega que sintiéndolo mucho sale sin oferta de lanzamiento,  diré que es un lugar del que podría llegar a enamorarme, eso sí, con un amor sexagenario y discreto, de villa tranquila, plaza despejada y aire transparente en  el que los barcos quedan suspendidos al atardecer. También hay guiris (que siempre son los otros, nunca uno mismo), tiendas de recuerdos y menús turísticos, pero eso lo damos por descontado aquí y casi en cualquier parte. De Lisboa, Oporto, Sintra, Ericeira y demás puntos de interés ya iremos hablando y mostrando poco a poco, que las imágenes y las impresiones hay que dejarlas reposar para que se vayan decantando.       

8月30日

Bajar a la arena

...pero no al ruedo ni a la pista, que eso lo dejamos para los toreros y los domadores. Y si en la arena ha dejado la mar la tarjeta de visita de los charcos pues tanto mejor.

            Los charcos fueron creados por un dios niño que salía al patio tras permanecer largo tiempo en sus habitaciones al estilo del último emperador.

            Chapotear, esa palabra que al pronunciarla hasta salpica un poco.

            Cada vez que vemos a un niño pisar un charco (sobre todo si el niño es nuestro) experimentamos un doble impulso: el de impedirlo (responsabilidad de madres) y el de permitirlo (irresponsabilidad de padres).

            Un niño pisando charcos es una metáfora tan fuerte de la infancia que cuando lo reprendemos nos sentimos culpables de sacrilegio.

            Mirar un charco es una forma de mirar al cielo sin dejar de ver dónde pisamos. Pero el cielo del charco no es el cielo.

            Saltar charcos es el recurso de quien se encuentra incapacitado para pisarlos, una afección de tipo degenerativo.

            Fotografiar charcos es a pisarlos como fotografiar en general es a coleccionar cromos: una forma ecológica de apropiarse del mundo,  aunque siempre hay un charco que se seca antes de darle alcance y un cromo que no hay manera de conseguir, el muy jodío.

8月23日

Verano en grises

 

             Hay días en que uno lo ve todo en blanco y negro, es decir, que no hay nada verdaderamente blanco o verdaderamente negro porque todo está compuesto de una cambiante indefinición de grises. Esto sucede, por ejemplo, cuando el otoño (que este año es prolongación de la primavera) se presenta sin invitación por el oeste, enciende bombillas prematuras en las calles y nos pone calcetines. Pero este repliegue del color puede deberse también a una mala digestión, a una noche en duermevela o a una lectura desasosegante, sin descartar la concatenación causal de todas estas circunstancias. En mi caso culpo al Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, que se vende sin ningún tipo de restricciones pero es una droga dura. Sí, ya sé, no debería consumir más de dos o tres páginas al día, pero el caso es que cuando quiero darme cuenta ha caído el paquete entero. En la novela negra, ese género que admiro tanto y jamás leo, hace siempre un tiempo de perros. Es requisito necesario para el ocultamiento porque un tipo en gabardina con las solapas levantadas a cuarenta grados a la sombra resultaría demasiado sospechoso. Pero en las páginas de Pessoa (que como ocurre con las de Borges, conforman un género en si mismas) la lluvia y el otoño no son un fenómeno natural ni un escenario, son una forma de pensar y de sentir, son la materia en la que toman cuerpo las contradicciones repletas de sentido de un ayudante de tenedor de libros que pasea por las calles lisboetas de La Baixa sin más certeza que la imposibilidad de la certeza para' los que como él paseamos y somos "nietos del Destino e hijastros del Dios que se casó con la Noche Eterna cuando esta enviudó del Caos que nos procreó". Toma ya.           

          Creo que si hay algo mejor que la impresión que nos deja una ciudad al visitarla por primera vez, es el sentimiento de reconocimiento cuando al cabo del tiempo regresamos a ella y comprendemos que aunque ya casi nada es igual a como lo recordábamos, aún queda algo que permanece y nos pertenece. Con esta intención, desde la grises páginas de su literatura y de la mano del pensamiento luminoso de Pessoa, en un par de semanas espero regresar a Lisboa, ciudad en la que nunca he estado antes. Entretanto, aunque ni la ensenada de Bañugues sea el Tajo ni El Parche de Avilés pueda compararse a la Plaza do Comércio, dejemos que el blanco y negro dé color a la siñaldá que, al menos en lo que tiene de lamento por un pasado que seguramente nunca existió, se parecerá a la saudade

8月16日

Escuela al aire libre

 

            Como en aquella exhibición aérea de hace un par de semanas sigo mirando a los que miran y fotografiando a los que fotografían y además ahora también a los fotografiados. Supongo que sin querer estoy tratando de autoretratarme a través de los demás, que no deja de ser lo que de una u otra forma termino haciendo siempre. Esta vez he recurrido a la ayuda de Reza Deghati, fotógrafo de National Geographic de origen iraní aunque asentado en Francia. La exposición de sus imágenes que podemos ver en el dique de Santa Catalina es un placer para los sentidos y a la vez una necesidad moral. A menudo el periodismo que se practica en lugares en conflicto se recrea en la reproducción del dolor y lo único que consigue es, para el caso de que aún no estemos inmunizados, provocar el rechazo en el espectador agobiado por la impotencia. Sin embargo, Reza no intenta reflejar la tragedia que a menudo sume a la humanidad sino la humanidad que pese a todo emerge en mitad de la tragedia. La mirada del fotógrafo no es un puñetazo sino una mano que te lleva por el mundo enseñándote al mismo tiempo el escaparate y la trastienda, y te retiene sin apretar. Sus fotos nunca parecen secretos robados sino apenas fragmentos de conversaciones de aquí y de allá que quedaron en la memoria. Seguramente su propia biografía de exiliado no es ajena a esa peregrinación al lado polvoriento de las estepas olvidadas y las calles sin nombre, como si una vez obligado a dejar su casa, solo encontrara el sosiego en una vida errante sin descanso. Además, la disposición de las fotografías en una serie de cubos que se suceden sobre la tarima invita a recorrer la exposición como el que explora un bosque donde cada árbol es una interrogante que nos interpela en silencio. Perderse en ese bosque, aspirando el aire de cada escena, la respiración contenida de los rostros, y tomando a sorbos la absenta de los comentarios del autor, es un tratamiento que todo el mundo debería administrarse en varias sesiones al calor dulce de poniente a las ocho de la tarde.

8月9日

Carrozas

            Vaya por delante que lo mío no es el reportaje social. Fiestas, celebraciones, bodas, desfiles, cumpleaños, con todos sus guirigáis, serpentinas, brindis y charangas, me absorben los sentidos hasta tal punto que soy incapaz de la mínima objetividad necesaria para poder captar algo con algo de criterio. Pero en fin, terminamos por dejar que el dedo apriete al son de los tambores y petardos y que sea lo que dios quiera.

            Dicho esto, digamos también que el desfile de carrozas de Bañugues es un empeño vecinal que cada año se logra con algo de quijotismo y mucho buen humor para que los críos se sientan más reyes todavía que el resto de los días. El hecho de que aquellos a quienes ahora toca engalanar remolques, confeccionar disfraces, buscar viejos cachivaches y hacerlos revivir con inyecciones de confeti y caramelos, sean los mismos que hace treinta o cuarenta años se subían en parecidas plataformas con disfraces tal vez más toscos pero idéntica seriedad en los rostros e idénticas sonrisas, no es ajeno a la pervivencia de esta costumbre carrocera y algo carrozona. En mi memoria sigue asociada a aquella otra versión grandilocuente de multitudes apretadas que en las fiestas del Bollo del Avilés de los 70 se agolpaban para ver pasar las mayorettes y la carroza de Cristalería que era siempre la más vistosa, en cerrada competencia con la de ENSIDESA, por supuesto. Los rostros de los niños y niñas con trajes regionales que yo creía serios de orgullo, ahora comprendo que tal vez solo contenían el mismo tedio originado por la inmovilidad a la que los sometía el obligado posar y pasar lento del desfile, solo comparable a la de nosotros, los tiesos espectadores que apenas despertábamos con algún caramelazo y tal vez al paso de los queridos cabezudos. Supongo también que el alivio que sentirían aquellas estrellas por un día con el rompan filas final sería el mismo que el de ahora, y la explosión de las carreras al bajar de los remolques acabaría con los mismos gritos y los mismos besos de los papás ansiosos.

            Los mayores no podemos (ni queremos) dejar de proyectar sobre nuestros hijos aquellas experiencias de nuestra infancia que consideramos dignas de rescate, pese a que ese valor les viene a veces del simple hecho de que sucedieron en la infancia. Olvidamos que tal vez entonces hubiéramos preferido jugar al guá o al escondite antes que disfrazarnos de adulto o vestirnos de domingo (que para el caso viene a ser lo mismo) pero que accedíamos para no decepcionaros a vosotros los mayores, vueltos niños de repente, ¡se os veía tan ilusionados! Quizás aquellos niños ahora creciditos tratamos de rehabilitar no ya nuestra propia memoria, falseada por el olvido interesado, sino la memoria de nuestros padres, abuelos hoy cuyo recuerdo infantil pertenece a un mundo remoto y ya expirado, pero que han recobrado el lado light de la paternidad. En el fondo, el nexo entre generaciones se mantiene gracias a una serie inextricable de malentendidos.  

8月4日

Oreo (y no son galletas)

 

            Esta semana de vacaciones hogareñas iba a ser también de vacaciones blogueras sobre todo porque no he desenfundado la cámara ni una sola vez en estos días, pero al final Joselito me ha lanzado el guante con tan buena puntería que más que recogerlo he tenido que quitármelo de encima (al guante, no a Joselito). Las vacaciones en casa son el tiempo propicio para incumplir todo tipo de proyectos. La dispersión se apodera de nuestra voluntad y a lo mejor esa es precisamente la esencia vacacional (y para muchos, vocacional). Por eso he colgado fotos de aquí y de allá, como limpiando las esquinas y para que se aireen. Más que colgar, a esto se le llama orear, porque se trata de exponer al aire los instantes para ver si así se les quita la humedad y el olor a cerrado, y recuperan un poco del apresto que tenían cuando fueron captados. Exhibir y airear es también lo propio del verano.

            Aunque no soy Woody Allen (por suerte) ni conozco a Scarlett Johansson (por desgracia, ¿o por suerte? porque parece uno de esos entes que están más presentes cuanto más se ocultan, como los fantasmas) yo también estuve en Avilés buscando localizaciones y “filmando” un lunes el mercao que no es un mercao cualquiera porque es La Plaza, y que tiene la peculiaridad de parecerse a una tortuga panza arriba, cerrada sobre sí misma y a la vez expuesta al bullicio, al calor y a los carteristas. La Plaza es el mercado de mi infancia y comprobar que el puesto de encurtidos no ha cambiado de sitio en cuarenta años es una de esas cosas que te afianzan en el mundo.

            Otro día, un viernes, los ensayos de una exhibición aérea en la playa de San Lorenzo me dieron la oportunidad de mirar a los que miran, de fotografiar a los que fotografían, mientras abajo en la arena, los cuerpos se exhibían también, tanto más quietos cuanto mayores eran las acrobacias en el cielo. Tal vez sea eso lo que pretende toda gran exhibición o espectáculo cuyo éxito se mide por el número de bocas abiertas a la vez: provocar cierta parálisis en el espectador, un cierto grado de hipnotismo, teniendo en cuenta que, como es sabido, la apertura desmesurada de la mandíbula produce el momentáneo estrangulamiento de las meninges. Sucede así que la mayoría de las verbenas del verano se han convertido en salas de estar ampliadas donde en lugar de bailar se ve la tele en directo. Será que tantos años de sofá empiezan a manifestar sus efectos secundarios. Pero no hay que preocuparse, los hábitos cambian igual que las tecnologías. Porque, ¿qué es el botellón sino un chateo alcohólico interactivo?   

7月26日

Fotos robadas

 

            Buscar haces de sol y arcoiris al amanecer no deja de ser una manera como cualquier otra de limpiarse las telarañas que la noche ha ido tejiendo en nuestros ojos. Lo malo es que si por casualidad uno los encuentra, entonces empezamos a dudar de nuestra vigilia recobrada y como en un sueño del que no queremos despertar dejamos que suene y suene la alarma del reloj, y gozamos con delectación del retraso que vamos acumulado junto con una pizca de culpa, que es la especia que adereza casi siempre el placer de las pequeñas rebeldías que la clase media bien domada se inventa para seguir sobreviviendo.

            Esos minutos indebidamente apropiados vienen a ser a escala cotidiana como el reloj que hace unos días en Albania y a la vista de todos, una mano sustrajo de la muñeca de George Bush, bañado en una multitud que acudía a contemplar el paso del rey desnudo; o como los zapatos que un niño hurtó al líder palestino de Hamas a la puerta de una mezquita mientras este negociaba con Alá ciertas prebendas en su guerra particular de esta semana. Un líder en plena calle y sin zapatos puede coger un resfriado pese a estar bien rodeado de guardaespaldas que le protegen de corrientes traicioneras. Probablemente el niño que distrajo los ínclitos zapatos no llevara más esparto en sus suelas que el que produce la planta oscura de su pie, y pese a ello no sentiría el frío de la calle porque los escombros guardan bien el calor de las explosiones. Igualmente un líder en plena calle y sin reloj podría sufrir síntomas a desorientación, si ésta no fuera ya congénita, al no encontrar en su muñeca la hora local de Washington D.C. y verse rodeado de recios albaneses que le aclaman por alguna heroica hazaña que él mismo no acierta a recordar. Sin su cronógrafo que ordena el tiempo en jornadas minuciosas como un apuntador que le va soplando el guión escrito por otros, temería tal vez ver descubierta su impostura, aunque esto no es probable porque el temor es atributo de los fuertes.

            Yo me miro de reojo la muñeca y como en la canción maldigo mi suerte al encontrar en ella mi reloj impertérrito. Además llevo calzado de entretiempo porque esta noche ha llovido y anda el cielo algo revuelto últimamente. Despojarse del reloj y los zapatos, grilletes y salvoconductos del tiempo y el espacio, son los actos liberadores por antonomasia, los gestos que preceden a la íntima entrega que nos pierde en los brazos de otro cuerpo, en la arena que linda con las olas, en nuestro propio sueño. Esos líderes conductores de los pueblos no supieron ver el favor que les hacían las manos anónimas de un pícaro y un niño y se apresuraron a buscar a los culpables y a reponer la pérdida con un exacto duplicado. Solo su ceguera explica que lleven la vista alta. Mientras tanto a los demás mortales nos van robando la cartera, cada día, en una sisa implacable y necesaria para alimentar el presupuesto dedicado a moda y complementos de tan altos dignatarios.

            El arcoiris se fue desvaneciendo y dejó paso a un chaparrón. Mis pies agradecieron la protección impermeable de los "timberland" y en la esfera calculé con precisión los minutos que habré de devolver la próxima semana. Como el otro barrendero barrí el suelo con el obturador abierto de mi "canon" y una paloma me dejó la brizna permanente de su vuelo. No hubo robo en ningún caso sino préstamo, pero al menos los réditos son para nosotros.

7月19日

Herbolario

          

              Es sabido que la disposición de los pétalos de las flores obedece a criterios matemáticos. O mejor sería decir que esa ordenación natural de las ramas y las hojas que van brotando en torno al tronco de los árboles puede ser descrita mediante fórmulas numéricas. Se trata simplemente de que aquella estructura vegetal que mejor aprovecha el espacio, la luz y la humedad disponibles termina imponiéndose al cabo de las eras. La belleza de la rosa es en definitiva una cuestión de eficacia, de aprovechamiento de recursos. La perfección de la espiga es a la postre un asunto de buena administración. De igual manera crecen nuestras urbanizaciones en los extrarradios, rellenando el horizonte con sus pautas geométricas. Y sin embargo, pese a su minucioso aprovechamiento del suelo disponible, no acertamos a ver en ellas la elegancia que distingue a un simple diente de león, o a la silueta de una ortiga contra el cielo. Será tal vez porque no es lo mismo la compleja matemática financiera que la simple aritmética de las proporciones. O será quizás porque en el dibujo del cardo hay algo más que cálculo, porque en su apariencia espinosa reside a lo mejor una proporción o una medida que aún se nos escapa. Ya llovió desde que los griegos descubrieron los secretos de la proporción y su precario subproducto, la armonía, en campos tan dispares como las matemáticas, la arquitectura, la escultura, la filosofía, la política. Sí, la teoría nos la sabemos. Se estudia (o se estudiaba) en los colegios. Pero a la hora de ponernos manos a la obra se nos va la mano y la obra no acaba de cuajar. Un aborigen australiano se niega a vender las tierras de sus antepasados, que han resultado contener ricos yacimientos de uranio, pese a haber recibido una oferta de cinco mil millones de dólares. Razones sentimentales y ecológicas respaldan su admirable resistencia, pero tal vez no sea el menor de los motivos la desproporción de la suma ofrecida que de tan fantástica resulta grotesca.

             Lo que pueda tener que ver todo esto con las fotos que acompañan esta entrada es algo que incluso a mí se me escapa un poco. Tal vez quieran ser un breve estudio de las formas, en la creencia de que si las formas se examinan a fondo resulta que en el fondo están las formas y las formas en el fondo son la forma de entender el fondo de las cosas.      

7月12日

La ciudad se despierta

 

                 La ciudad se despierta con el bostezo de las cafeterías. Mientras, el sol va lentamente levantando las fachadas. Los pasos de cebra parpadean para nadie y algunos insomnes logran conciliar el sueño apenas cinco minutos antes de que el despertador reviente de pitidos. Yo intento aprovechar la luz recién nacida para acudir por calles nuevas, para doblar las esquinas y sorprender en el cambio de guardia al milagro cotidiano de lo insólito. Pero las manos terminan siempre agarrando ese periódico. Y uno llega a veces con la sensación de que, como diría Angel González, ya desde muy temprano, ayer fue tarde.