XuanRata 的个人资料FUERA DE TEMPORADA照片日志列表更多 ![]() | 帮助 |
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10月11日 TransparenciasTras el atracón portugués vino el ayuno, la necesaria purga. Durante tres semanas permaneció la cámara en el armario, emitiendo apenas algún gañido imperceptible. Después volví a colgarla del hombro y poco a poco se me ha ido escapando algún disparo al desgaire, haciéndome de rogar, como si no fueran conmigo los guiños que después de todo volvían a hacerme la luz y sus objetos. Científicos japoneses de la Universidad de Hiroshima han inventado por vía genética una rana transparente. Se evitarán así miles de disecciones, afirman, y por tanto se ahorrará gran cantidad de sufrimientos a los batracios (el sufrimiento y el horror resultante de verse la ranita las propias tripas en funcionamiento no ha sido contabilizado en el proyecto). Y todo como si el hombre pudiera prescindir de la vivisección, como si el bisturí no tuviera otra finalidad que la científica. Que se vayan preparando los demás anfibios y sus colaterales. Venía esto a cuento por el asunto de la transparencia. El fotógrafo, como el científico, también quiere ver el interior de los objetos y los rostros. Por eso, con la mentalidad de explorador del XIX echa a andar y va diseccionando la realidad que encuentra a su paso en busca de alguna pieza significativa y cuando la encuentra, palpitante todavía la extrae, de forma solo aparentemente inocua. Las cosas fotografiadas no son ya las mismas cosas, son imágenes y ni siquiera de si mismas: la playa se convierte en paisaje, el rostro en retrato. Igualmente la rana abierta en canal no es ya una rana sino una lección de anatomía. Los científicos de la Universidad de Hiroshima se equivocaron al pretender la transparencia del objeto de su estudio. Lo transparente ha de ser el instrumento. Y no me refiero a rayos X. La auténtica ciencia no reside en hacer lo opaco transparente, sino en ver en la superficie las signos de lo que habita en e1 subsuelo: sostener la rana un segundo entre las manos, mirarla a los ojos (el beso es opcional) y hacer un diagnóstico completo. La cura ya sería cosa de chamanes o de médicos. De igual forma el fotógrafo quisiera prescindir de accesorios y hacer las fotos con los párpados, guardar en la memoria los instantes que merezcan ser guardados y reproducirlos a voluntad, rebobinar la cinta, aunque a veces patinen un poco los oxidados cabezales (perdón, es que yo nací en la era analógica), sin necesidad de recurrir a la proustiana magdalena. Mientras los japoneses terminan de perfeccionar el chip intraocular seguiremos valiéndonos de memorias de silicio y ópticas asféricas para atrapar la transparencia del aire o la profundidad de una mirada. No vendría mal una avería con huelga indefinida de servicios técnicos para obligarnos a echar mano de aquel otro instrumento, algo ajado ya, que llamamos imaginación. 10月4日 Oporto, final de trayectoHay en Oporto una catedral que no aparece como tal en los inventarios de las guías ni tampoco en los de las iglesias oficiales. Por fuera tiene la apariencia imponente y perpendicular de lo que podría ser un gran edificio administrativo de principios del siglo pasado. Pero tampoco por dentro es lo que parece. No hay que dejarse llevar a engaño por los paneles electrónicos que indican llegadas y salidas, ni por los quioscos de revistas, ni por los andenes, ni siquiera por los trenes que ocasionalmente se presentan procedentes del Duero arriba a través de las entrañas de la ciudad. Debemos fijarnos en cambio en la luz que entra por las vidrieras, en las escenas que azulejan sus paredes, en los fieles que meditan sentados en los bancos o en los que de pie interrogan a lo alto buscando una respuesta a su próximo destino. Sólo entonces, a pesar de la máquina expendedora de billetes y del hombre con gorra y banderín, comprendemos que hemos penetrado en un templo llamado Estaçâo de Sâo Bento y que lo que parece una boca de túnel es en realidad el altar donde emerge la luz del interior de las tinieblas. Tal vez por eso, cuando me planté frente a la nave central con su bóveda tejida de hierro y sus frescos vivos de edificios, tuve una especie de visión: otra estación, la de Saint-Lazare que pintara Monet con pinceladas de humo se superpuso a la escena con tal nitidez que si de pronto hubiera aparecido una máquina de vapor bufando y chirriando no me habría sorprendido lo más mínimo. Trate de recoger con la cámara el cuadro de Monet pero no encontré ni el punto de vista ni el desapego necesario. Esto sucedió al anochecer y decidí volver a la mañana siguiente. Entonces la luz incidía como un estilete sobre el contorno de las cosas, pero el cuadro seguía escurriéndoseme entre los dedos y comprendí que dar con él era sobre todo una cuestión de tiempo, precisamente la materia de la que estaba hecha la sala de espera donde los pasajeros firmes y hieráticos recibían la bendición del voraz espíritu de Cronos. Tuvimos sin embargo que dejar Oporto, con sus oficios sin beneficio, su refinamiento embotellado y sus atardeceres de oro en la Ribeira. Yo me prometí regresar algún día pero esta vez por ferrocarril, para llegar a la Estaçâo de Sâo Bento donde una parte de mí quedó mirando las horas y esperando mi regreso. 9月27日 Fantasías de Sintra y breve travesía atlánticaBuscando el sitio donde nace la niebla que invade Cascais al caer la tarde encontramos una sierra que se alza sobre el Atlántico, repleta de selvas artificiales, palacios, quintas y delirios varios, de esos que producen el dinero y el poder en cualquier época. La sierra de Sintra es un lugar que apela a la fantasía romántica y al esoterismo de los alquimistas y caballeros de Rosacruz, hoy reducidos a materia de best-sellers. No soy aficionado a la misteriología pero un poco de imaginación viene bien en cualquier viaje. El Palacio da Pena, un exin-castillos fruto del ocio de un rey consorte que debía ser tan grande como su presupuesto, se encuentra rodeado de un parque-bosque al que solo se accede a pie, por lo que se encontraba a nuestra exclusiva disposición. Enseguida un perro sin collar ni raza definida pero de considerables dimensiones y líquida mirada de lord inglés, salió a nuestro encuentro y empezó a guiarnos por una ruta que no siempre coincidía con la recomendada por el plano. Pronto se escabulló entre el ramaje y costó detener a Nicolás para que no hiciera lo mismo. Pero al instante reapareció, esta vez por el lado opuesto del sendero sin que en ningún momento le hubiéramos visto cruzarlo, operación que repitió en varias ocasiones entrando y saliendo de escena por sorpresa como si utilizara algún oculto pasadizo y eludiendo hábilmente el objetivo de mi cámara. Con perro o sin él alcanzamos finalmente el Palacio da Pena, encaramado en una cima imposible con su mezcla no menos imposible de estilos y colores que los críticos califican de pastiche pese a que esa misma mezcla en la arquitectura actual pasaría por genial eclecticismo. Total, que es una palacio divertido, lo que no puede decirse de la mayoría. Unos cuantos kilómetros más abajo, en el pueblo de Sintra, atiborrado de tiendas y españoles, encontramos de nuevo al doblar una esquina a nuestro perro anfitrión. Cabe la alternativa de que se tratara de otro perro idéntico al primero, pero la posibilidad de que una jauría de perros clónicos deambule por la comarca parece al menos tan extravagante como la del can ubicuo. En cualquier caso, también éste como aquel permaneció inasequible al megapixel. Por la tarde recorrimos la costa de Estremadura por una carretera que intermitentemente nos acercaba al mar y nos devolvía al interior como si se adaptara más al viento que a la orografía. Así entramos en el pueblo blanquiazul de Ericeira donde pudimos observar cómo a falta de abrigos naturales aún se recogen los barcos de la mar al final de la jornada como el que guarda la caña, y los aparcan en batería en muelle seco. (Nicolás afirma haber visto aquí también al cánido citado; no seré yo quien lo desmienta). Después vino Azenhas do Mar: sería como Cuenca si sus casas no colgaran del océano. Tal vez por eso allí la gente tiene algo de gaviota: los vimos caminar por los tejados y correr por el borde de los muros y cornisas flirteando sin red con el abismo. Ya con las últimas luces llegamos al Cabo da Roca, uno de los fines del mundo con su faro y su título de punta más occidental de Europa. Hoy es además un lugar de peregrinación laica a donde arribamos los adoradores del sol como feligreses que hubieran olvidado el ritual y en su lugar hacen clic y observan sin entender como el sol en lugar de ocultarse en el horizonte simplemente se desvanece entre la bruma, con una discreción que casi parece portuguesa. Como digo fue este un día de idas y venidas, de oscilaciones a veces dolorosas. En la víspera supimos del último adiós de un amigo. Su recuerdo nos acompañó como un péndulo que tuviéramos agarrado al corazón. El Cabo da Roca parecía un paraje propicio a las despedidas y a las distancias infinitas. Pero Guille hubiera preferido el brindis de unas cañas rebosantes y celebrar la vida, que unas veces nos trae y otras nos lleva con su intermitencia tenaz e imprevisible. 9月20日 Lisboa travellingLas aceras y muchas de las calles de las ciudades y pueblos de Portugal están recubiertas de un empedrado de losa pequeña y pulida por el cotidiano caminar, cuya superficie ondula suavemente y de tal forma que al pasear sobre él uno va recibiendo en los pies un delicado masaje. A veces se tiene la sensación de estar recorriendo la piel de un animal vivo y palpitante, alguna clase de reptil calentándose sin prisa a orillas del río o del océano. Hace unos doscientos cincuenta años este animal se desperezó ligeramente y Lisboa casi desapareció de su superficie. Lo primero que pensé al salir de la estación del Cais do Sodre y contemplar sus edificios fue que si el bicho necesitara desentumecerse de nuevo, todo se vendría abajo con la misma facilidad de entonces. No sé hasta que punto el ocre desvaído y el gris sucio de las fachadas dieciochescas de La Baixa obedecen a la pura desidia o a un plan del Ministerio de Turismo para mantener el cliché que habla del encanto de Lisboa. El caso es que la ilusión del viaje al pasado se produce de manera inevitable cada vez que un tranvía se te acerca con su estampa a medio camino entre vagón de parque de atracciones y viñeta sepia fin de siglo. Yo, que soy un callejeador empedernido, no creo que Lisboa esté hecha para el callejeo. No, Lisboa se muestra mejor a vista de travelling, con la velocidad humana que te da el tranvía por cuyas ventanas sin cristales van pasando los escaparates, los cafés, la penumbra de los zaguanes, los lisboetas que esperan para cruzar, que esperan para subirse, que esperan sin objeto o que esperan para verte pasar mientras ellos pasan para ti en un doble deslizamiento hacia el pasado. Pero no hay que bajarse en la parada del Castelo Sao Jorge, donde el tranvía 28 evacua el sobrepeso de turistas. Hay que dejarse llevar hasta el final de la línea para no perderse la entrañable reprimenda que una vieja falta de resuello le dedica al conductor porque casi la deja en tierra absorto tal vez en lentas ensoñaciones deslizantes. Sí, hay que dejarse transportar hasta los límites del plano que amablemente proporciona la oficina de turismo para comprender enseguida que éste apenas se corresponde con el real trazado de las calles y que esta ciudad se recorre mejor de oído. Y digo ciudad como si fuera una sola cuando en realidad cada barrio conforma una ciudad distinta, y distinta para cada par de ojos. Para mí La Alfama, tan recomendada, fue un laberinto de puertas cerradas y ecos de pasos disueltos en el calor de un mediodía. La Mouraria, que no mencionan las guías, es un todo a cien donde chinos, indios y africanos comen, duermen y cuidan a sus hijos, por lo que no están permitidas las fotografías. En La Baixa fruto del sueño racionalista del Marqués de Pombal te invade la sospecha de que detrás de sus simétricas fachadas no hay más que un bosque apuntalado sobre albaranes perforados de carcoma. El Chiado es la Lisboa de los cafés y las estatuas, de los teatros clausurados y las franquicias de la globalización, de los polis y los colgaos. Y a Belem, la monumental, se va en el fondo a tomarse unos pasteis de nata con un café, aquí donde un café es fecundo y compacto como una semilla negra que llega Tajo arriba impulsada por las corrientes del océano. Pero para llegar al corazón de Lisboa hay que aventurarse hasta los límites poco claros del Chiado, en el barrio de Bica donde el funicular se abre paso a través de los juegos de los niños, de las bolsas de la compra, de las conversaciones por entre las camisetas del Benfica secándose sin prisa. Aquí al fin el viaje al pasado toma cuerpo y no tanto por el cansino funicular, un reclamo algo folclórico, como sobre todo porque esos juegos a pie de calle, ese trasiego de cotidianeidad en los saludos y esos quicios donde sueñan los desocupados son probablemente lo único que es hoy igual que entonces. Y ya para apurar lo que nos queda de la tarde, nos asomamos a la terraza-mirador del Alto de Santa Catarina donde el tintineo de las conversaciones sigue el mismo compás que el pianissimo deambular del camarero entre las mesas, quien con el gesto de servirte una cerveza te absolverá de todos tus pecados. Dice José Cardoso Pires en un libro muy personal sobre Lisboa que en el Alto de Santa Catarina se sientan por la tarde los viejos para jugar a las cartas y engañar al destino. Nosotros no vimos a los viejos. Supongo que el destino terminó ganándoles la partida. En cualquier caso, no es este un mal lugar para perderla. Me temo que en esta segunda entrega hay un exceso de fotos (y de palabras) pero es que tengo que confesar, y resulta preocupante, que me gusta más la Lisboa de las fotos que la Lisboa real que visitamos. Aunque, ahora que lo pienso, puede que esto no sea más que una forma digital de manifestarse la saudade. Ah, por cierto. ¿Y qué hay de Pessoa? Pues resulta que ahora Pessoa es un tipo de bronce con aire crispado a la puerta de un café, que está hasta los cojones de los turistas y que no le perdona a su escultor que no le sirviera ni un miserable chupito de aguardiente. Hay que joderse.
9月14日 Destino PortugalLlega un momento, tal vez por simple imperativo genético, en que uno necesita hacer las maletas y emprender un viaje a una tierra promisoria, a lugares cuyos nombres tengan ecos aventureros o románticos. Así Lisboa, Cascais, Sintra…con sus eses densas y sus vocales alargadas, como alejándose. Partimos entonces con el ansia de comprobar in situ la verdad interesada de las guías de viajes y las maravillas, no menos subjetivas, que otros que estuvieron antes que nosotros aseguran haber visto. Son tantas las expectativas que uno acaba por sentir un temor inconfesable a verse defraudado. Y lo que es peor, a no poder admitirlo después delante de familia, amistades y compañeros de oficina. Pero a veces la suerte acompaña y encontramos ese momento perfecto, ese lugar que, ahora sí, sabemos que nos estaba esperando. Así me sucedió al llegar a Cascais, tras interminables horas de calor y entumecimiento de extremidades, cuando después de abrazar una fe recién nacida con el bautismo de cloro en la piscina del hotel, me tumbé en la tumbona, qué hermosa redundancia, milimétricamente alineada con el sol y recibí sus rayos templados ya en la media tarde, dirigidos solo a mí por la fina brisa de un Atlántico todavía imaginado. A mis espaldas, tras un alto y tupido seto, el estruendo de la circulación de la Avenida 25 de abril no podía tocarme ya, invulnerable en mi oasis artificial que no estaba en Cascais ni en ningún lugar de nombre conocido. Me diréis que para esto no hacía falta atravesar cientos de kilómetros de páramos y montes por autopistas de peaje. Sí, pero es que a veces es necesario llegar muy lejos para dar con uno mismo. Puede ser que solo en nuestros límites se encuentre nuestro centro, si nos ponemos en plan zen. O dicho en el sabio lenguaje de Perogrullo: para descansar de verdad hay que estar de verdad cansado, y nada puede igualarse a eso. En cuanto a Cascais, objeto de esta primera entrega que sintiéndolo mucho sale sin oferta de lanzamiento, diré que es un lugar del que podría llegar a enamorarme, eso sí, con un amor sexagenario y discreto, de villa tranquila, plaza despejada y aire transparente en el que los barcos quedan suspendidos al atardecer. También hay guiris (que siempre son los otros, nunca uno mismo), tiendas de recuerdos y menús turísticos, pero eso lo damos por descontado aquí y casi en cualquier parte. De Lisboa, Oporto, Sintra, Ericeira y demás puntos de interés ya iremos hablando y mostrando poco a poco, que las imágenes y las impresiones hay que dejarlas reposar para que se vayan decantando. 8月30日 Bajar a la arena...pero no al ruedo ni a la pista, que eso lo dejamos para los toreros y los domadores. Y si en la arena ha dejado la mar la tarjeta de visita de los charcos pues tanto mejor. Los charcos fueron creados por un dios niño que salía al patio tras permanecer largo tiempo en sus habitaciones al estilo del último emperador. Chapotear, esa palabra que al pronunciarla hasta salpica un poco. Cada vez que vemos a un niño pisar un charco (sobre todo si el niño es nuestro) experimentamos un doble impulso: el de impedirlo (responsabilidad de madres) y el de permitirlo (irresponsabilidad de padres). Un niño pisando charcos es una metáfora tan fuerte de la infancia que cuando lo reprendemos nos sentimos culpables de sacrilegio. Mirar un charco es una forma de mirar al cielo sin dejar de ver dónde pisamos. Pero el cielo del charco no es el cielo. Saltar charcos es el recurso de quien se encuentra incapacitado para pisarlos, una afección de tipo degenerativo. Fotografiar charcos es a pisarlos como fotografiar en general es a coleccionar cromos: una forma ecológica de apropiarse del mundo, aunque siempre hay un charco que se seca antes de darle alcance y un cromo que no hay manera de conseguir, el muy jodío. 8月23日 Verano en grisesHay días en que uno lo ve todo en blanco y negro, es decir, que no hay nada verdaderamente blanco o verdaderamente negro porque todo está compuesto de una cambiante indefinición de grises. Esto sucede, por ejemplo, cuando el otoño (que este año es prolongación de la primavera) se presenta sin invitación por el oeste, enciende bombillas prematuras en las calles y nos pone calcetines. Pero este repliegue del color puede deberse también a una mala digestión, a una noche en duermevela o a una lectura desasosegante, sin descartar la concatenación causal de todas estas circunstancias. En mi caso culpo al Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, que se vende sin ningún tipo de restricciones pero es una droga dura. Sí, ya sé, no debería consumir más de dos o tres páginas al día, pero el caso es que cuando quiero darme cuenta ha caído el paquete entero. En la novela negra, ese género que admiro tanto y jamás leo, hace siempre un tiempo de perros. Es requisito necesario para el ocultamiento porque un tipo en gabardina con las solapas levantadas a cuarenta grados a la sombra resultaría demasiado sospechoso. Pero en las páginas de Pessoa (que como ocurre con las de Borges, conforman un género en si mismas) la lluvia y el otoño no son un fenómeno natural ni un escenario, son una forma de pensar y de sentir, son la materia en la que toman cuerpo las contradicciones repletas de sentido de un ayudante de tenedor de libros que pasea por las calles lisboetas de La Baixa sin más certeza que la imposibilidad de la certeza para' los que como él paseamos y somos "nietos del Destino e hijastros del Dios que se casó con la Noche Eterna cuando esta enviudó del Caos que nos procreó". Toma ya. Creo que si hay algo mejor que la impresión que nos deja una ciudad al visitarla por primera vez, es el sentimiento de reconocimiento cuando al cabo del tiempo regresamos a ella y comprendemos que aunque ya casi nada es igual a como lo recordábamos, aún queda algo que permanece y nos pertenece. Con esta intención, desde la grises páginas de su literatura y de la mano del pensamiento luminoso de Pessoa, en un par de semanas espero regresar a Lisboa, ciudad en la que nunca he estado antes. Entretanto, aunque ni la ensenada de Bañugues sea el Tajo ni El Parche de Avilés pueda compararse a la Plaza do Comércio, dejemos que el blanco y negro dé color a la siñaldá que, al menos en lo que tiene de lamento por un pasado que seguramente nunca existió, se parecerá a la saudade 8月16日 Escuela al aire libreComo en aquella exhibición aérea de hace un par de semanas sigo mirando a los que miran y fotografiando a los que fotografían y además ahora también a los fotografiados. Supongo que sin querer estoy tratando de autoretratarme a través de los demás, que no deja de ser lo que de una u otra forma termino haciendo siempre. Esta vez he recurrido a la ayuda de Reza Deghati, fotógrafo de National Geographic de origen iraní aunque asentado en Francia. La exposición de sus imágenes que podemos ver en el dique de Santa Catalina es un placer para los sentidos y a la vez una necesidad moral. A menudo el periodismo que se practica en lugares en conflicto se recrea en la reproducción del dolor y lo único que consigue es, para el caso de que aún no estemos inmunizados, provocar el rechazo en el espectador agobiado por la impotencia. Sin embargo, Reza no intenta reflejar la tragedia que a menudo sume a la humanidad sino la humanidad que pese a todo emerge en mitad de la tragedia. La mirada del fotógrafo no es un puñetazo sino una mano que te lleva por el mundo enseñándote al mismo tiempo el escaparate y la trastienda, y te retiene sin apretar. Sus fotos nunca parecen secretos robados sino apenas fragmentos de conversaciones de aquí y de allá que quedaron en la memoria. Seguramente su propia biografía de exiliado no es ajena a esa peregrinación al lado polvoriento de las estepas olvidadas y las calles sin nombre, como si una vez obligado a dejar su casa, solo encontrara el sosiego en una vida errante sin descanso. Además, la disposición de las fotografías en una serie de cubos que se suceden sobre la tarima invita a recorrer la exposición como el que explora un bosque donde cada árbol es una interrogante que nos interpela en silencio. Perderse en ese bosque, aspirando el aire de cada escena, la respiración contenida de los rostros, y tomando a sorbos la absenta de los comentarios del autor, es un tratamiento que todo el mundo debería administrarse en varias sesiones al calor dulce de poniente a las ocho de la tarde. 8月9日 CarrozasVaya por delante que lo mío no es el reportaje social. Fiestas, celebraciones, bodas, desfiles, cumpleaños, con todos sus guirigáis, serpentinas, brindis y charangas, me absorben los sentidos hasta tal punto que soy incapaz de la mínima objetividad necesaria para poder captar algo con algo de criterio. Pero en fin, terminamos por dejar que el dedo apriete al son de los tambores y petardos y que sea lo que dios quiera. Dicho esto, digamos también que el desfile de carrozas de Bañugues es un empeño vecinal que cada año se logra con algo de quijotismo y mucho buen humor para que los críos se sientan más reyes todavía que el resto de los días. El hecho de que aquellos a quienes ahora toca engalanar remolques, confeccionar disfraces, buscar viejos cachivaches y hacerlos revivir con inyecciones de confeti y caramelos, sean los mismos que hace treinta o cuarenta años se subían en parecidas plataformas con disfraces tal vez más toscos pero idéntica seriedad en los rostros e idénticas sonrisas, no es ajeno a la pervivencia de esta costumbre carrocera y algo carrozona. En mi memoria sigue asociada a aquella otra versión grandilocuente de multitudes apretadas que en las fiestas del Bollo del Avilés de los 70 se agolpaban para ver pasar las mayorettes y la carroza de Cristalería que era siempre la más vistosa, en cerrada competencia con la de ENSIDESA, por supuesto. Los rostros de los niños y niñas con trajes regionales que yo creía serios de orgullo, ahora comprendo que tal vez solo contenían el mismo tedio originado por la inmovilidad a la que los sometía el obligado posar y pasar lento del desfile, solo comparable a la de nosotros, los tiesos espectadores que apenas despertábamos con algún caramelazo y tal vez al paso de los queridos cabezudos. Supongo también que el alivio que sentirían aquellas estrellas por un día con el rompan filas final sería el mismo que el de ahora, y la explosión de las carreras al bajar de los remolques acabaría con los mismos gritos y los mismos besos de los papás ansiosos. Los mayores no podemos (ni queremos) dejar de proyectar sobre nuestros hijos aquellas experiencias de nuestra infancia que consideramos dignas de rescate, pese a que ese valor les viene a veces del simple hecho de que sucedieron en la infancia. Olvidamos que tal vez entonces hubiéramos preferido jugar al guá o al escondite antes que disfrazarnos de adulto o vestirnos de domingo (que para el caso viene a ser lo mismo) pero que accedíamos para no decepcionaros a vosotros los mayores, vueltos niños de repente, ¡se os veía tan ilusionados! Quizás aquellos niños ahora creciditos tratamos de rehabilitar no ya nuestra propia memoria, falseada por el olvido interesado, sino la memoria de nuestros padres, abuelos hoy cuyo recuerdo infantil pertenece a un mundo remoto y ya expirado, pero que han recobrado el lado light de la paternidad. En el fondo, el nexo entre generaciones se mantiene gracias a una serie inextricable de malentendidos. 8月4日 Oreo (y no son galletas)Esta semana de vacaciones hogareñas iba a ser también de vacaciones blogueras sobre todo porque no he desenfundado la cámara ni una sola vez en estos días, pero al final Joselito me ha lanzado el guante con tan buena puntería que más que recogerlo he tenido que quitármelo de encima (al guante, no a Joselito). Las vacaciones en casa son el tiempo propicio para incumplir todo tipo de proyectos. La dispersión se apodera de nuestra voluntad y a lo mejor esa es precisamente la esencia vacacional (y para muchos, vocacional). Por eso he colgado fotos de aquí y de allá, como limpiando las esquinas y para que se aireen. Más que colgar, a esto se le llama orear, porque se trata de exponer al aire los instantes para ver si así se les quita la humedad y el olor a cerrado, y recuperan un poco del apresto que tenían cuando fueron captados. Exhibir y airear es también lo propio del verano. Aunque no soy Woody Allen (por suerte) ni conozco a Scarlett Johansson (por desgracia, ¿o por suerte? porque parece uno de esos entes que están más presentes cuanto más se ocultan, como los fantasmas) yo también estuve en Avilés buscando localizaciones y “filmando” un lunes el mercao que no es un mercao cualquiera porque es La Plaza, y que tiene la peculiaridad de parecerse a una tortuga panza arriba, cerrada sobre sí misma y a la vez expuesta al bullicio, al calor y a los carteristas. La Plaza es el mercado de mi infancia y comprobar que el puesto de encurtidos no ha cambiado de sitio en cuarenta años es una de esas cosas que te afianzan en el mundo. Otro día, un viernes, los ensayos de una exhibición aérea en la playa de San Lorenzo me dieron la oportunidad de mirar a los que miran, de fotografiar a los que fotografían, mientras abajo en la arena, los cuerpos se exhibían también, tanto más quietos cuanto mayores eran las acrobacias en el cielo. Tal vez sea eso lo que pretende toda gran exhibición o espectáculo cuyo éxito se mide por el número de bocas abiertas a la vez: provocar cierta parálisis en el espectador, un cierto grado de hipnotismo, teniendo en cuenta que, como es sabido, la apertura desmesurada de la mandíbula produce el momentáneo estrangulamiento de las meninges. Sucede así que la mayoría de las verbenas del verano se han convertido en salas de estar ampliadas donde en lugar de bailar se ve la tele en directo. Será que tantos años de sofá empiezan a manifestar sus efectos secundarios. Pero no hay que preocuparse, los hábitos cambian igual que las tecnologías. Porque, ¿qué es el botellón sino un chateo alcohólico interactivo? 7月26日 Fotos robadasBuscar haces de sol y arcoiris al amanecer no deja de ser una manera como cualquier otra de limpiarse las telarañas que la noche ha ido tejiendo en nuestros ojos. Lo malo es que si por casualidad uno los encuentra, entonces empezamos a dudar de nuestra vigilia recobrada y como en un sueño del que no queremos despertar dejamos que suene y suene la alarma del reloj, y gozamos con delectación del retraso que vamos acumulado junto con una pizca de culpa, que es la especia que adereza casi siempre el placer de las pequeñas rebeldías que la clase media bien domada se inventa para seguir sobreviviendo. Esos minutos indebidamente apropiados vienen a ser a escala cotidiana como el reloj que hace unos días en Albania y a la vista de todos, una mano sustrajo de la muñeca de George Bush, bañado en una multitud que acudía a contemplar el paso del rey desnudo; o como los zapatos que un niño hurtó al líder palestino de Hamas a la puerta de una mezquita mientras este negociaba con Alá ciertas prebendas en su guerra particular de esta semana. Un líder en plena calle y sin zapatos puede coger un resfriado pese a estar bien rodeado de guardaespaldas que le protegen de corrientes traicioneras. Probablemente el niño que distrajo los ínclitos zapatos no llevara más esparto en sus suelas que el que produce la planta oscura de su pie, y pese a ello no sentiría el frío de la calle porque los escombros guardan bien el calor de las explosiones. Igualmente un líder en plena calle y sin reloj podría sufrir síntomas a desorientación, si ésta no fuera ya congénita, al no encontrar en su muñeca la hora local de Washington D.C. y verse rodeado de recios albaneses que le aclaman por alguna heroica hazaña que él mismo no acierta a recordar. Sin su cronógrafo que ordena el tiempo en jornadas minuciosas como un apuntador que le va soplando el guión escrito por otros, temería tal vez ver descubierta su impostura, aunque esto no es probable porque el temor es atributo de los fuertes. Yo me miro de reojo la muñeca y como en la canción maldigo mi suerte al encontrar en ella mi reloj impertérrito. Además llevo calzado de entretiempo porque esta noche ha llovido y anda el cielo algo revuelto últimamente. Despojarse del reloj y los zapatos, grilletes y salvoconductos del tiempo y el espacio, son los actos liberadores por antonomasia, los gestos que preceden a la íntima entrega que nos pierde en los brazos de otro cuerpo, en la arena que linda con las olas, en nuestro propio sueño. Esos líderes conductores de los pueblos no supieron ver el favor que les hacían las manos anónimas de un pícaro y un niño y se apresuraron a buscar a los culpables y a reponer la pérdida con un exacto duplicado. Solo su ceguera explica que lleven la vista alta. Mientras tanto a los demás mortales nos van robando la cartera, cada día, en una sisa implacable y necesaria para alimentar el presupuesto dedicado a moda y complementos de tan altos dignatarios. El arcoiris se fue desvaneciendo y dejó paso a un chaparrón. Mis pies agradecieron la protección impermeable de los "timberland" y en la esfera calculé con precisión los minutos que habré de devolver la próxima semana. Como el otro barrendero barrí el suelo con el obturador abierto de mi "canon" y una paloma me dejó la brizna permanente de su vuelo. No hubo robo en ningún caso sino préstamo, pero al menos los réditos son para nosotros. 7月19日 Herbolario
Es sabido que la disposición de los pétalos de las flores obedece a criterios matemáticos. O mejor sería decir que esa ordenación natural de las ramas y las hojas que van brotando en torno al tronco de los árboles puede ser descrita mediante fórmulas numéricas. Se trata simplemente de que aquella estructura vegetal que mejor aprovecha el espacio, la luz y la humedad disponibles termina imponiéndose al cabo de las eras. La belleza de la rosa es en definitiva una cuestión de eficacia, de aprovechamiento de recursos. La perfección de la espiga es a la postre un asunto de buena administración. De igual manera crecen nuestras urbanizaciones en los extrarradios, rellenando el horizonte con sus pautas geométricas. Y sin embargo, pese a su minucioso aprovechamiento del suelo disponible, no acertamos a ver en ellas la elegancia que distingue a un simple diente de león, o a la silueta de una ortiga contra el cielo. Será tal vez porque no es lo mismo la compleja matemática financiera que la simple aritmética de las proporciones. O será quizás porque en el dibujo del cardo hay algo más que cálculo, porque en su apariencia espinosa reside a lo mejor una proporción o una medida que aún se nos escapa. Ya llovió desde que los griegos descubrieron los secretos de la proporción y su precario subproducto, la armonía, en campos tan dispares como las matemáticas, la arquitectura, la escultura, la filosofía, la política. Sí, la teoría nos la sabemos. Se estudia (o se estudiaba) en los colegios. Pero a la hora de ponernos manos a la obra se nos va la mano y la obra no acaba de cuajar. Un aborigen australiano se niega a vender las tierras de sus antepasados, que han resultado contener ricos yacimientos de uranio, pese a haber recibido una oferta de cinco mil millones de dólares. Razones sentimentales y ecológicas respaldan su admirable resistencia, pero tal vez no sea el menor de los motivos la desproporción de la suma ofrecida que de tan fantástica resulta grotesca. Lo que pueda tener que ver todo esto con las fotos que acompañan esta entrada es algo que incluso a mí se me escapa un poco. Tal vez quieran ser un breve estudio de las formas, en la creencia de que si las formas se examinan a fondo resulta que en el fondo están las formas y las formas en el fondo son la forma de entender el fondo de las cosas. 7月12日 La ciudad se despiertaLa ciudad se despierta con el bostezo de las cafeterías. Mientras, el sol va lentamente levantando las fachadas. Los pasos de cebra parpadean para nadie y algunos insomnes logran conciliar el sueño apenas cinco minutos antes de que el despertador reviente de pitidos. Yo intento aprovechar la luz recién nacida para acudir por calles nuevas, para doblar las esquinas y sorprender en el cambio de guardia al milagro cotidiano de lo insólito. Pero las manos terminan siempre agarrando ese periódico. Y uno llega a veces con la sensación de que, como diría Angel González, ya desde muy temprano, ayer fue tarde. 7月5日 Cielito lindo
Si un día me diera por hacer recuento de mis fotos y calcular en cuántas de ellas el cielo es el principal protagonista, seguramente tendría que concluir que tengo mucho de meteorólogo frustrado. La mayoría de los mortales no acabamos de apreciar el arte abstracto y nos deja más bien fríos cuando no francamente cabreados. Pero es difícil imaginarse algo más abstracto que un mazo de nubes a medio barajar y mejor o peor iluminadas según tenga el día el de los focos. Porque no nos engañemos, los dragones y castillos que adivinamos en sus formas caprichosas son precisamente consecuencia de nuestra necesidad de cubrir su falta de sentido. Y sin embargo la vista se detiene en su contemplación a poco que uno tenga algo de sensibilidad más allá de la cartera. Y mira que las puestas de sol están devaluadas debido a la tremenda inflación a que las han sometido los anuncios de ron y los fotógrafos de postales que todos somos de vez en cuando. Pero es que resulta difícil resistirse a esa ilusión de que algo se está representando ante nuestros ojos. Saber que esas masas ciclópeas, esas texturas hechas de viento y vapor tienen fecha de caducidad casi instantánea nos hace apreciarlas aunque solo sea por simple solidaridad entre lo perecedero. Supongo que detener ese instante efímero sería uno de los retos de los primeros paisajistas de la pintura. Y después de ellos, los demás probablemente nos limitamos a reproducir lo que a través de los libros de texto y de las enciclopedias hemos aprendido a identificar como belleza. Al fin y al cabo, una vez contemplados los cielos oníricos de Turner nuestra visión queda contaminada para siempre. Total, que ahora que las predicciones sobre el tiempo llegan en forma de parte certificado por un Instituto Oficial y que las peticiones imposibles no se elevan a las alturas sino que se sellan en los despachos de apuestas y loterías del Estado, alzar la vista al cielo se queda en poco más que un impulso romántico de los que no quisiéramos morirnos sin ver, como el trágico replicante, naves en llamas más allá de Orión. 6月28日 Primera tarde de veranoEl verano es esa estación en la que se detuvo el "AVE" de la infancia y cuando cada año llegamos a su andén volvemos a bajarnos del vagón con los ojos guiñados, los aperos de colores y las chanclas. Por eso cuando el sábado pasado María José escuchó a unos niños que volvían de darse un baño en Samarincha, ella quiso volver también y comprobar si treinta años se pueden descender como el que desciende a una cala íntima con lanchas. Nosotros la seguimos por un callejón no señalizado entre ortigas y chalets antiguos y allí abajo estaba Samarincha, una playina más pequeña que su nombre, justo en el cogote de Luanco, tan cerca de su cara y tan fuera de su vista. Nuestras voces resonaron en el vacío de la cala con el eco de otra época que es siempre la misma. Cada uno se asentó en una frágil soledad atareada: María José en la roca calentada por el sol, recuperando sus recuerdos, Nicolás fondeado en la orilla, fabricándolos, y yo anticipándolos, mientras anoto profundidades mar adentro. Tras un baño breve y unas fotos sin pretensiones, al marcharnos daban ganas de cerrar despacio la puerta, como se cierra la habitación donde duerme un niño. Pero antes de volver a casa aún tuvimos tiempo de hacernos un pequeño viaje a Francia. En la costa atlántica, región de Vendee, tiene Luanco una especie de gemela: Saint Gilles Croix de Vie, que traducido debe ser algo así como San Martín del Rey Aurelio pero en galo, que es más fino. Total, que una representación de dicha villa hermanada vino de visita y se trajo unas latas de paté de sardinas y unas botellitas de vino, aunque educados como son, no insistían demasiado para que probáramos tales delicias. Pero resulta que además de las viandas se habían traído un grupo de baile. Y hete aquí que fue sonar los acordeones y voila!, el fresco cobró vida, se levantó un entramado de pasos, giros, sonrisas, corros, sueltas y complicidades, y de repente éramos los demás los extranjeros. Allí donde se despliega una danza hay una comunidad que, como diría la canción, lleva la patria en sus zapatos. Frente a ella el espectador trata de descifrar ese lenguaje codificado de dimes y diretes que las miradas de los danzantes a veces confirman y a veces desmienten, hasta que el fresco vuelve a congelarse y con el ritmo del aplauso queremos dar a entender que algo hemos pillado. Todavía permanece por un instante la reverberación de una nota, una ráfaga de color, el dibujo de un tocado, para al fin disolverse del todo la ilusión del viaje, convertida, por qué no, en la semilla de un proyecto. Ya por la noche se encargó San Juan de quemar los últimos restos de otro día. 6月21日 Top rural Bañugues
¿Qué tienen en común unas botas raídas, una carretilla oxidada, un camino mojado, un gato sobre el borde de una ventana, unos limones en el suelo, un arco iris sobre un tejado, un insecto esmeralda, un niño con un perro, un tractor en lontananza (que debe ser lejos de cojones), las hojas de una parra, una hélice de lancha, unas espigas contra un cielo nublado...?¿Un aire rural, quizás? ¿Pero qué significa eso? ¿qué la existencia de estos seres se rige por ciclos naturales antes que por ciclos comerciales? es decir, ¿qué las estaciones llegan cuando llegan y no cuando lo dictan unos grandes almacenes? ¿qué los deseos emplean temporadas enteras en cumplirse, cuando no se malogran, y que el instante, tan insistente, no existe, ni las semanas con sus fines, porque el tiempo es un continuo que solo se detiene una o dos veces al año para autocelebrarse? ¿qué cuando llueve casi nadie usa paraguas?¿qué las vacaciones se disfrutan diariamente a la hora de la siesta? ¿qué todavía hay quien lleva el reloj dentro del estómago? ¿qué las nubes hablan y no solo al final del telediario?¿qué en verano el sol se toma a la sombra tibia de la penumbra de la casa? ¿qué los objetos no pasan de moda sino que llegan a viejos y se dignifican con el óxido? Sí, tal vez lo rural es algo que envejece como una carretilla apoyada en una pared "malencalada", un gato que permanece en un difícil equilibrio, ni dentro ni fuera, ni antes ni después, a punto de dar el salto hacia uno de los dos lados para ya no volver. 6月15日 Nuevos paisajes interioresAunque solo sea por hacer honor al nombre de este espacio, sitio, bitácora, weblog, fotoblog o lo que coño sea esto, es precisamente ahora que el verano se acerca tímidamente a estas tierras del norte y estamos deseando salir a la intemperie cuando vuelve a resultarme atractivo quedarme en casa y explorar esos rincones a los que empieza a llegar el sol desahuciando a las últimas telarañas del invierno. Porque sí, vale, está muy bien eso de que todo paisaje es un paisaje interior (y casualmente el que esto dice acostumbra a elegir el equilibrio y la serenidad de las grandes panorámicas) pero el verdadero paisaje interior (aparte del que se obtiene por laparoscopia, método del que todavía no dispongo) es el que se oculta entre nuestras cuatro paredes, el que nos acompaña cada día de forma callada e imperceptible y que no es tanto fruto de la voluntad como de la pereza y el descuido. Porque si algo debe quedar claro es que este paisajismo interior es justo lo contrario del interiorismo. El nobel turco Onhar Pamuk en su libro Estambul hace un viaje autobiográfico a su niñez y adolescencia y muestra cómo su ciudad con todas sus peculiaridades y contradicciones marcó para siempre su modo de ver y entender el mundo. Lo curioso es que al leer el libro uno tiene la sensación de que cuando Pamuk habla de su ciudad está hablando de sí mismo y cuando habla de sí mismo está hablando de cualquiera. Es decir, que cuando nos cuenta las peleas con su hermano, su pasión por la pintura o su primer amor, consigue que nos reconozcamos en él, pero sólo cuando describe la amargura que destilan las callejas empedradas de los barrios viejos de Estambul, el humo de los barcos sobre el Bósforo o la tensión irresoluble entre la aspiración occidentalizadora y la tradición otomana de la ciudad, reconocemos en verdad la esencia del autor, lo que en él hay de diferente, lo que nos abre los ojos más allá de lo sabido De igual manera los objetos con los que cohabitamos hablan por nosotros, y a veces mejor de lo que uno es capaz con toda su verborrea. No sé si la cara es el espejo del alma pero sí creo que un espejo puede ser una parte del alma dispuesta a dar la cara. Aunque no siempre los objetos dicen lo que se espera de ellos. Si su disposición responde a un afán decorativo muestran precisamente nuestro afán y por tanto todo aquello que nos falta todavía para llegar donde queremos. Otras veces, dejados a su albedrío crean a nuestras espaldas su propia trama wifi y cuando no responden a nuestra llamada es difícil sustraerse al síndrome “toy story”. Pero para bien o para mal son los fósiles que encierran la historia de cada cual. Ahora que nuestros “lares locii” son súbditos de la tecnología, tal vez deberíamos prestar atención al dios de las pequeñas cosas que vive en la pieza postrera de una vajilla que nos regalaron al casarnos, o del retrato de un niño que aún nos mira, o del cenicero que aguarda nuestras cenizas, o de la lata de mejillones arrinconada tras el atún en escabeche, o del lomo azul que es lo más que hemos llegado a ver de aquel libro adquirido en una promoción irresistible. Tal vez sea el momento de hablar con los objetos, una nueva acepción del materialismo dialéctico, y escuchar sus historias mínimas, igual que las que Carlos Sorín nos contó en esa hermosa película de tartas imperfectas, perros huidos y premios que nadie necesita, historias que nos hagan sonreír entre el silencio acogedor de los objetos que nos descubre el sol según va acercándose el verano.
6月7日 Lagos de SalienciaLa montaña no es un medio hostil en primavera pero sí un entorno con alto grado de incertidumbre. En las poco más de cuatro horas que empleamos en recorrer, no tanto con los pies como con la vista, los montes y lagos de Saliencia, concejo de Somiedo, vimos a la niebla fugarse, a las nubes acoplarse, a la lluvia caer con cuenta gotas, al sol pintar de azul algunos horizontes, a la niebla asomar, a las nubes volver...Para el que vive en la ciudad, acostumbrado como está a las rutinarias previsiones no resulta fácil asimilar tanto capricho. Ni medir en tiempo las distancias por sendas que se retuercen sin piedad de los peatones. Y cuesta atribuir a una causa precisa las nuevas sensaciones. Puede ser que el aire sea más puro en las alturas, o puede ser que los pulmones hayan dado de sí al compás de la subida. Puede ser que los sonidos viajen sin obstáculos por las cuencas glaciares de los lagos o puede ser que la cera se disuelva en los oídos con el cambio de presión. Puede ser que una niebla apenas perceptible convierta en pinceladas las laderas verticales o puede ser que el viento que desciende de la collada extraiga de nuestros lagrimales una fina veladura. Puede ser que mi necesidad de regresar a la montaña tenga que ver con instintos ancestrales o puede ser que acuda a ella con la intención inconfesable de comerme un enorme bocadillo. Si lo pienso bien sólo en la montaña le está al adulto permitido recuperar aquel hábito feroz de la merienda, de cuando el bocata era un instrumento de viento que se consumía antes de terminar el primer movimiento de la sinfonía de la tarde. Para disfrutar de este privilegio suele ser imprescindible superar ciertos desniveles para los que tal vez ya no estemos preparados, pero cualquier sacrificio es pequeño comparado al placer que depara el aroma del queso y el chorizo cuando uno abre la cremallera de la mochila a 1.700 metros sobre el nivel del mar, sentado en algún risco especialmente seleccionado después de probar a conciencia cuál se adapta mejor a nuestras posaderas. Más allá, nunca demasiado cerca, otros excursionistas rumiarán su compacto menú, cada uno en su risco y sin apenas levantar la voz entre un bocado y otro, porque la montaña solo tiene sentido como placer solitario y discreto, incluso cuando se practica en grupo. Y llegado el postre, el recorte en espiral de la manzana será un graffiti sobre el terso pasto al que mirará de reojo el macho altivo de una manada de caballos. Tal vez sea por algo tan trivial por lo que uno viene a la montaña. Desde luego nunca la fotografía es el motivo principal. Someter las inmensidades geológicas a la plana dimensión del fotograma no está al alcance del aficionado. La montaña enseña humildad también en este campo. Pero al cabo de un tiempo, recuperar del disco duro los verdes, amarillos, rojizos, grises y azules de Saliencia es para el que allí estuvo (y sólo para él) como encontrar esa vieja carta entre las páginas de un libro (o releer ese e-mail que no quisimos borrar del todo). 5月31日 La ciudad invisible
Leo en el periódico que por decisión del gobierno a partir de ahora las carreteras públicas que adjudique deberán construirse utilizando polvo de neumáticos viejos en el asfalto. No es raro que las carreteras se asfalten con neumáticos si tenemos en cuenta que los caminos se hacen al andar y las calles, esas calles nuestras de cada día, las van haciendo a cada paso los zapatos: en la calle desierta su sonido es la onda del murciélago que dibuja los límites virtuales del espacio. En la calle atestada sus múltiples trayectorias crean la malla que permite tanto el encuentro como el extravío a veces necesario. Y la goma que se desprende de las suelas se adhiere al suelo como una segunda piel que acariciamos al caminar. Los que intentamos convivir con un par de zapatos durante más tiempo que el que imponen la sístole y diástole de la moda podemos observar el desgaste de la suela como un fiel indicador del tiempo y la distancia recorridos. Tal vez la policía científica podría decirnos incluso los lugares por los que hemos pasado estudiando las micromuescas a modo de huellas dactilares. Y los grafólogos podrían analizar la curvatura del desgaste para decirnos lo que ya sabemos sobre nosotros mismos: que unos la gastamos por el exterior y otros por el interior, porque el desgaste uniforme es tan raro como el equilibrio emocional. A veces, mientras contribuyo al tapizado de las calles, todas esas calles que discurren entre edificios y esas otras que se adentran en ellos, que visitan los bares, recorren oficinas, entran y salen de las tiendas, desaparecen en los parkings y evitan los museos, y esas calles llamadas playas, únicas en las que está permitido quitarse los zapatos, a veces, digo, tengo la sensación de que vivo en una ciudad de ciegos, todos con nuestras miradas perdidas y nuestros perros lazarillos. Es por eso que saco la cámara y me apoyo en ella, tanteando. Para no tropezar. Y para descubrir esa ciudad invisible que uno va tejiendo con retales, como aquellas Ciudades Invisibles que descubrió Italo Calvino y llevaban nombre de mujer. Y también por aquello de que en el reino de los ciegos, el tuerto es…republicano.
5月24日 Paisaje interior y autorretratoAcudiendo a lo que han dejado dicho grandes fotógrafos (norteamericanos en este caso) resulta que según Dorothea Lange (1895-1965) todo retrato de otra persona es un "autorretrato" del fotógrafo, (ya quisiéramos algunos) y para Minor White (1908-1976) las fotografías de paisajes son en verdad "paisajes interiores" (uf, menuda responsabilidad). El mítico Ansel Adams (1902-1984) ahonda un poco más en la cuestión: "una gran fotografía" tiene que ser "una expresión cabal de lo que uno siente sobre lo que se está fotografiando en el sentido más hondo y es, por lo tanto, una expresión auténtica de lo que uno siente sobre la vida en su totalidad". Toma ya. Bueno, para llevar esto a sus últimas consecuencias seguramente habría que ser Ansel Adams, pero de todos modos cualquiera puede decidir en un momento dado hacer suya la realidad que le rodea y convertirla en expresión propia sin incurrir en mayores gastos. Ser artista no pasa de ser una pura declaración de intenciones que adquiere carta de naturaleza desde el mismo momento en que aparece otra persona dispuesta a tomársela en serio. Si esta otra persona está relacionada con el mercado del arte, entonces incluso se puede vivir de ello. Pero este es otro tema. A lo que íbamos. Como paisaje interior he elegido una panorámica de la Punta del Gayo en Luanco (creo que ya colgué otra foto de este lugar). No es un paisaje espectacular. No tiene una luz dramática ni colores sobresalientes ni está envuelta en niebla. Para colmo la línea del horizonte esta justo en la mitad de la composición. La verdad es que ni siquiera es una de mis fotos preferidas. Y sin embargo, hay en ella algo así como una belleza modesta, una callada armonía que me arrastra a contemplarla una y otra vez cada cierto tiempo. Si dejo de contemplarla y paso a analizar sus elementos veo que en ella aparece un muro kafkiano (o austeriano) en permanente construcción, una especie de puzzle que no termina de encajar nunca. Del muro parte una línea sinuosa que avanza iluminada por una luz cálida y se adentra en el mar, pero no es un mar abierto al infinito, es más bien un mar interior, un mar que mira a las montañas, lejanas como en un sueño, envueltas en un atardecer pálido que asoma bajo el peso inmenso de las nubes. Y en una esquina brota el verde de una rama, la esquina de otro paisaje paralelo que crecerá tal vez hasta cubrirlo todo. Veo todo esto y no sé si estoy asomado a una ventana o a un espejo. En cualquier caso, cuando contemplo esta foto me siento fascinado por ella sin más. Si pienso en las partes que la componen se rompe la magia, aunque comienza entonces una fase diferente de disfrute, más racional. El astrofísico John D. Barrow ("El universo como obra de arte") da a este tipo de preferencias estéticas una interesante explicación evolutiva: dado que el hábitat en el que se originaron los seres humanos era el de la sabana tropical africana es posible que hayamos desarrollado preferencias por ambientes con muchos de los aspectos favorables para la vida que ofrecía este hábitat: hay una clara ventaja adaptativa a ganar escogiendo entornos que ofrecen lugares seguros y visiones despejadas del terreno que permiten ver sin ser visto, suavizadas por una misteriosa invitación a explorar. De ahí la sensibilidad innata hacia las puestas de sol, las nubes, las luces y las sombras, los horizontes lejanos, todos ellos indicadores de cambios en el entorno que requieren evaluación y respuesta. Pues oye, va a ser eso. La estética es un residuo del Pleistoceno. Puro instinto. Si ya lo decía Cartier-Bresson: "hay que pensar antes y después, jamás mientras se toma la fotografía". En cuanto al autorretrato, vuelve a aparecer en él una de mis sobrinas preferidas. Minutos antes había tenido lugar el bautizo de su hermanita, pero la que aparece en la foto es la imagen de otra ceremonia, un poco pagana: se celebra la inocencia del día y el abrazo del sol, se ofrenda la risa y el juego. Ni que decir tiene que en el autorretrato la vaca atorrante soy yo. |
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