XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
|
September 27 Fantasías de Sintra y breve travesía atlánticaBuscando el sitio donde nace la niebla que invade Cascais al caer la tarde encontramos una sierra que se alza sobre el Atlántico, repleta de selvas artificiales, palacios, quintas y delirios varios, de esos que producen el dinero y el poder en cualquier época. La sierra de Sintra es un lugar que apela a la fantasía romántica y al esoterismo de los alquimistas y caballeros de Rosacruz, hoy reducidos a materia de best-sellers. No soy aficionado a la misteriología pero un poco de imaginación viene bien en cualquier viaje. El Palacio da Pena, un exin-castillos fruto del ocio de un rey consorte que debía ser tan grande como su presupuesto, se encuentra rodeado de un parque-bosque al que solo se accede a pie, por lo que se encontraba a nuestra exclusiva disposición. Enseguida un perro sin collar ni raza definida pero de considerables dimensiones y líquida mirada de lord inglés, salió a nuestro encuentro y empezó a guiarnos por una ruta que no siempre coincidía con la recomendada por el plano. Pronto se escabulló entre el ramaje y costó detener a Nicolás para que no hiciera lo mismo. Pero al instante reapareció, esta vez por el lado opuesto del sendero sin que en ningún momento le hubiéramos visto cruzarlo, operación que repitió en varias ocasiones entrando y saliendo de escena por sorpresa como si utilizara algún oculto pasadizo y eludiendo hábilmente el objetivo de mi cámara. Con perro o sin él alcanzamos finalmente el Palacio da Pena, encaramado en una cima imposible con su mezcla no menos imposible de estilos y colores que los críticos califican de pastiche pese a que esa misma mezcla en la arquitectura actual pasaría por genial eclecticismo. Total, que es una palacio divertido, lo que no puede decirse de la mayoría. Unos cuantos kilómetros más abajo, en el pueblo de Sintra, atiborrado de tiendas y españoles, encontramos de nuevo al doblar una esquina a nuestro perro anfitrión. Cabe la alternativa de que se tratara de otro perro idéntico al primero, pero la posibilidad de que una jauría de perros clónicos deambule por la comarca parece al menos tan extravagante como la del can ubicuo. En cualquier caso, también éste como aquel permaneció inasequible al megapixel. Por la tarde recorrimos la costa de Estremadura por una carretera que intermitentemente nos acercaba al mar y nos devolvía al interior como si se adaptara más al viento que a la orografía. Así entramos en el pueblo blanquiazul de Ericeira donde pudimos observar cómo a falta de abrigos naturales aún se recogen los barcos de la mar al final de la jornada como el que guarda la caña, y los aparcan en batería en muelle seco. (Nicolás afirma haber visto aquí también al cánido citado; no seré yo quien lo desmienta). Después vino Azenhas do Mar: sería como Cuenca si sus casas no colgaran del océano. Tal vez por eso allí la gente tiene algo de gaviota: los vimos caminar por los tejados y correr por el borde de los muros y cornisas flirteando sin red con el abismo. Ya con las últimas luces llegamos al Cabo da Roca, uno de los fines del mundo con su faro y su título de punta más occidental de Europa. Hoy es además un lugar de peregrinación laica a donde arribamos los adoradores del sol como feligreses que hubieran olvidado el ritual y en su lugar hacen clic y observan sin entender como el sol en lugar de ocultarse en el horizonte simplemente se desvanece entre la bruma, con una discreción que casi parece portuguesa. Como digo fue este un día de idas y venidas, de oscilaciones a veces dolorosas. En la víspera supimos del último adiós de un amigo. Su recuerdo nos acompañó como un péndulo que tuviéramos agarrado al corazón. El Cabo da Roca parecía un paraje propicio a las despedidas y a las distancias infinitas. Pero Guille hubiera preferido el brindis de unas cañas rebosantes y celebrar la vida, que unas veces nos trae y otras nos lleva con su intermitencia tenaz e imprevisible. September 20 Lisboa travellingLas aceras y muchas de las calles de las ciudades y pueblos de Portugal están recubiertas de un empedrado de losa pequeña y pulida por el cotidiano caminar, cuya superficie ondula suavemente y de tal forma que al pasear sobre él uno va recibiendo en los pies un delicado masaje. A veces se tiene la sensación de estar recorriendo la piel de un animal vivo y palpitante, alguna clase de reptil calentándose sin prisa a orillas del río o del océano. Hace unos doscientos cincuenta años este animal se desperezó ligeramente y Lisboa casi desapareció de su superficie. Lo primero que pensé al salir de la estación del Cais do Sodre y contemplar sus edificios fue que si el bicho necesitara desentumecerse de nuevo, todo se vendría abajo con la misma facilidad de entonces. No sé hasta que punto el ocre desvaído y el gris sucio de las fachadas dieciochescas de La Baixa obedecen a la pura desidia o a un plan del Ministerio de Turismo para mantener el cliché que habla del encanto de Lisboa. El caso es que la ilusión del viaje al pasado se produce de manera inevitable cada vez que un tranvía se te acerca con su estampa a medio camino entre vagón de parque de atracciones y viñeta sepia fin de siglo. Yo, que soy un callejeador empedernido, no creo que Lisboa esté hecha para el callejeo. No, Lisboa se muestra mejor a vista de travelling, con la velocidad humana que te da el tranvía por cuyas ventanas sin cristales van pasando los escaparates, los cafés, la penumbra de los zaguanes, los lisboetas que esperan para cruzar, que esperan para subirse, que esperan sin objeto o que esperan para verte pasar mientras ellos pasan para ti en un doble deslizamiento hacia el pasado. Pero no hay que bajarse en la parada del Castelo Sao Jorge, donde el tranvía 28 evacua el sobrepeso de turistas. Hay que dejarse llevar hasta el final de la línea para no perderse la entrañable reprimenda que una vieja falta de resuello le dedica al conductor porque casi la deja en tierra absorto tal vez en lentas ensoñaciones deslizantes. Sí, hay que dejarse transportar hasta los límites del plano que amablemente proporciona la oficina de turismo para comprender enseguida que éste apenas se corresponde con el real trazado de las calles y que esta ciudad se recorre mejor de oído. Y digo ciudad como si fuera una sola cuando en realidad cada barrio conforma una ciudad distinta, y distinta para cada par de ojos. Para mí La Alfama, tan recomendada, fue un laberinto de puertas cerradas y ecos de pasos disueltos en el calor de un mediodía. La Mouraria, que no mencionan las guías, es un todo a cien donde chinos, indios y africanos comen, duermen y cuidan a sus hijos, por lo que no están permitidas las fotografías. En La Baixa fruto del sueño racionalista del Marqués de Pombal te invade la sospecha de que detrás de sus simétricas fachadas no hay más que un bosque apuntalado sobre albaranes perforados de carcoma. El Chiado es la Lisboa de los cafés y las estatuas, de los teatros clausurados y las franquicias de la globalización, de los polis y los colgaos. Y a Belem, la monumental, se va en el fondo a tomarse unos pasteis de nata con un café, aquí donde un café es fecundo y compacto como una semilla negra que llega Tajo arriba impulsada por las corrientes del océano. Pero para llegar al corazón de Lisboa hay que aventurarse hasta los límites poco claros del Chiado, en el barrio de Bica donde el funicular se abre paso a través de los juegos de los niños, de las bolsas de la compra, de las conversaciones por entre las camisetas del Benfica secándose sin prisa. Aquí al fin el viaje al pasado toma cuerpo y no tanto por el cansino funicular, un reclamo algo folclórico, como sobre todo porque esos juegos a pie de calle, ese trasiego de cotidianeidad en los saludos y esos quicios donde sueñan los desocupados son probablemente lo único que es hoy igual que entonces. Y ya para apurar lo que nos queda de la tarde, nos asomamos a la terraza-mirador del Alto de Santa Catarina donde el tintineo de las conversaciones sigue el mismo compás que el pianissimo deambular del camarero entre las mesas, quien con el gesto de servirte una cerveza te absolverá de todos tus pecados. Dice José Cardoso Pires en un libro muy personal sobre Lisboa que en el Alto de Santa Catarina se sientan por la tarde los viejos para jugar a las cartas y engañar al destino. Nosotros no vimos a los viejos. Supongo que el destino terminó ganándoles la partida. En cualquier caso, no es este un mal lugar para perderla. Me temo que en esta segunda entrega hay un exceso de fotos (y de palabras) pero es que tengo que confesar, y resulta preocupante, que me gusta más la Lisboa de las fotos que la Lisboa real que visitamos. Aunque, ahora que lo pienso, puede que esto no sea más que una forma digital de manifestarse la saudade. Ah, por cierto. ¿Y qué hay de Pessoa? Pues resulta que ahora Pessoa es un tipo de bronce con aire crispado a la puerta de un café, que está hasta los cojones de los turistas y que no le perdona a su escultor que no le sirviera ni un miserable chupito de aguardiente. Hay que joderse.
September 14 Destino PortugalLlega un momento, tal vez por simple imperativo genético, en que uno necesita hacer las maletas y emprender un viaje a una tierra promisoria, a lugares cuyos nombres tengan ecos aventureros o románticos. Así Lisboa, Cascais, Sintra…con sus eses densas y sus vocales alargadas, como alejándose. Partimos entonces con el ansia de comprobar in situ la verdad interesada de las guías de viajes y las maravillas, no menos subjetivas, que otros que estuvieron antes que nosotros aseguran haber visto. Son tantas las expectativas que uno acaba por sentir un temor inconfesable a verse defraudado. Y lo que es peor, a no poder admitirlo después delante de familia, amistades y compañeros de oficina. Pero a veces la suerte acompaña y encontramos ese momento perfecto, ese lugar que, ahora sí, sabemos que nos estaba esperando. Así me sucedió al llegar a Cascais, tras interminables horas de calor y entumecimiento de extremidades, cuando después de abrazar una fe recién nacida con el bautismo de cloro en la piscina del hotel, me tumbé en la tumbona, qué hermosa redundancia, milimétricamente alineada con el sol y recibí sus rayos templados ya en la media tarde, dirigidos solo a mí por la fina brisa de un Atlántico todavía imaginado. A mis espaldas, tras un alto y tupido seto, el estruendo de la circulación de la Avenida 25 de abril no podía tocarme ya, invulnerable en mi oasis artificial que no estaba en Cascais ni en ningún lugar de nombre conocido. Me diréis que para esto no hacía falta atravesar cientos de kilómetros de páramos y montes por autopistas de peaje. Sí, pero es que a veces es necesario llegar muy lejos para dar con uno mismo. Puede ser que solo en nuestros límites se encuentre nuestro centro, si nos ponemos en plan zen. O dicho en el sabio lenguaje de Perogrullo: para descansar de verdad hay que estar de verdad cansado, y nada puede igualarse a eso. En cuanto a Cascais, objeto de esta primera entrega que sintiéndolo mucho sale sin oferta de lanzamiento, diré que es un lugar del que podría llegar a enamorarme, eso sí, con un amor sexagenario y discreto, de villa tranquila, plaza despejada y aire transparente en el que los barcos quedan suspendidos al atardecer. También hay guiris (que siempre son los otros, nunca uno mismo), tiendas de recuerdos y menús turísticos, pero eso lo damos por descontado aquí y casi en cualquier parte. De Lisboa, Oporto, Sintra, Ericeira y demás puntos de interés ya iremos hablando y mostrando poco a poco, que las imágenes y las impresiones hay que dejarlas reposar para que se vayan decantando. |
|
|