XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    August 30

    Bajar a la arena

    ...pero no al ruedo ni a la pista, que eso lo dejamos para los toreros y los domadores. Y si en la arena ha dejado la mar la tarjeta de visita de los charcos pues tanto mejor.

                Los charcos fueron creados por un dios niño que salía al patio tras permanecer largo tiempo en sus habitaciones al estilo del último emperador.

                Chapotear, esa palabra que al pronunciarla hasta salpica un poco.

                Cada vez que vemos a un niño pisar un charco (sobre todo si el niño es nuestro) experimentamos un doble impulso: el de impedirlo (responsabilidad de madres) y el de permitirlo (irresponsabilidad de padres).

                Un niño pisando charcos es una metáfora tan fuerte de la infancia que cuando lo reprendemos nos sentimos culpables de sacrilegio.

                Mirar un charco es una forma de mirar al cielo sin dejar de ver dónde pisamos. Pero el cielo del charco no es el cielo.

                Saltar charcos es el recurso de quien se encuentra incapacitado para pisarlos, una afección de tipo degenerativo.

                Fotografiar charcos es a pisarlos como fotografiar en general es a coleccionar cromos: una forma ecológica de apropiarse del mundo,  aunque siempre hay un charco que se seca antes de darle alcance y un cromo que no hay manera de conseguir, el muy jodío.

    August 23

    Verano en grises

     

                 Hay días en que uno lo ve todo en blanco y negro, es decir, que no hay nada verdaderamente blanco o verdaderamente negro porque todo está compuesto de una cambiante indefinición de grises. Esto sucede, por ejemplo, cuando el otoño (que este año es prolongación de la primavera) se presenta sin invitación por el oeste, enciende bombillas prematuras en las calles y nos pone calcetines. Pero este repliegue del color puede deberse también a una mala digestión, a una noche en duermevela o a una lectura desasosegante, sin descartar la concatenación causal de todas estas circunstancias. En mi caso culpo al Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, que se vende sin ningún tipo de restricciones pero es una droga dura. Sí, ya sé, no debería consumir más de dos o tres páginas al día, pero el caso es que cuando quiero darme cuenta ha caído el paquete entero. En la novela negra, ese género que admiro tanto y jamás leo, hace siempre un tiempo de perros. Es requisito necesario para el ocultamiento porque un tipo en gabardina con las solapas levantadas a cuarenta grados a la sombra resultaría demasiado sospechoso. Pero en las páginas de Pessoa (que como ocurre con las de Borges, conforman un género en si mismas) la lluvia y el otoño no son un fenómeno natural ni un escenario, son una forma de pensar y de sentir, son la materia en la que toman cuerpo las contradicciones repletas de sentido de un ayudante de tenedor de libros que pasea por las calles lisboetas de La Baixa sin más certeza que la imposibilidad de la certeza para' los que como él paseamos y somos "nietos del Destino e hijastros del Dios que se casó con la Noche Eterna cuando esta enviudó del Caos que nos procreó". Toma ya.           

              Creo que si hay algo mejor que la impresión que nos deja una ciudad al visitarla por primera vez, es el sentimiento de reconocimiento cuando al cabo del tiempo regresamos a ella y comprendemos que aunque ya casi nada es igual a como lo recordábamos, aún queda algo que permanece y nos pertenece. Con esta intención, desde la grises páginas de su literatura y de la mano del pensamiento luminoso de Pessoa, en un par de semanas espero regresar a Lisboa, ciudad en la que nunca he estado antes. Entretanto, aunque ni la ensenada de Bañugues sea el Tajo ni El Parche de Avilés pueda compararse a la Plaza do Comércio, dejemos que el blanco y negro dé color a la siñaldá que, al menos en lo que tiene de lamento por un pasado que seguramente nunca existió, se parecerá a la saudade

    August 16

    Escuela al aire libre

     

                Como en aquella exhibición aérea de hace un par de semanas sigo mirando a los que miran y fotografiando a los que fotografían y además ahora también a los fotografiados. Supongo que sin querer estoy tratando de autoretratarme a través de los demás, que no deja de ser lo que de una u otra forma termino haciendo siempre. Esta vez he recurrido a la ayuda de Reza Deghati, fotógrafo de National Geographic de origen iraní aunque asentado en Francia. La exposición de sus imágenes que podemos ver en el dique de Santa Catalina es un placer para los sentidos y a la vez una necesidad moral. A menudo el periodismo que se practica en lugares en conflicto se recrea en la reproducción del dolor y lo único que consigue es, para el caso de que aún no estemos inmunizados, provocar el rechazo en el espectador agobiado por la impotencia. Sin embargo, Reza no intenta reflejar la tragedia que a menudo sume a la humanidad sino la humanidad que pese a todo emerge en mitad de la tragedia. La mirada del fotógrafo no es un puñetazo sino una mano que te lleva por el mundo enseñándote al mismo tiempo el escaparate y la trastienda, y te retiene sin apretar. Sus fotos nunca parecen secretos robados sino apenas fragmentos de conversaciones de aquí y de allá que quedaron en la memoria. Seguramente su propia biografía de exiliado no es ajena a esa peregrinación al lado polvoriento de las estepas olvidadas y las calles sin nombre, como si una vez obligado a dejar su casa, solo encontrara el sosiego en una vida errante sin descanso. Además, la disposición de las fotografías en una serie de cubos que se suceden sobre la tarima invita a recorrer la exposición como el que explora un bosque donde cada árbol es una interrogante que nos interpela en silencio. Perderse en ese bosque, aspirando el aire de cada escena, la respiración contenida de los rostros, y tomando a sorbos la absenta de los comentarios del autor, es un tratamiento que todo el mundo debería administrarse en varias sesiones al calor dulce de poniente a las ocho de la tarde.

    August 09

    Carrozas

                Vaya por delante que lo mío no es el reportaje social. Fiestas, celebraciones, bodas, desfiles, cumpleaños, con todos sus guirigáis, serpentinas, brindis y charangas, me absorben los sentidos hasta tal punto que soy incapaz de la mínima objetividad necesaria para poder captar algo con algo de criterio. Pero en fin, terminamos por dejar que el dedo apriete al son de los tambores y petardos y que sea lo que dios quiera.

                Dicho esto, digamos también que el desfile de carrozas de Bañugues es un empeño vecinal que cada año se logra con algo de quijotismo y mucho buen humor para que los críos se sientan más reyes todavía que el resto de los días. El hecho de que aquellos a quienes ahora toca engalanar remolques, confeccionar disfraces, buscar viejos cachivaches y hacerlos revivir con inyecciones de confeti y caramelos, sean los mismos que hace treinta o cuarenta años se subían en parecidas plataformas con disfraces tal vez más toscos pero idéntica seriedad en los rostros e idénticas sonrisas, no es ajeno a la pervivencia de esta costumbre carrocera y algo carrozona. En mi memoria sigue asociada a aquella otra versión grandilocuente de multitudes apretadas que en las fiestas del Bollo del Avilés de los 70 se agolpaban para ver pasar las mayorettes y la carroza de Cristalería que era siempre la más vistosa, en cerrada competencia con la de ENSIDESA, por supuesto. Los rostros de los niños y niñas con trajes regionales que yo creía serios de orgullo, ahora comprendo que tal vez solo contenían el mismo tedio originado por la inmovilidad a la que los sometía el obligado posar y pasar lento del desfile, solo comparable a la de nosotros, los tiesos espectadores que apenas despertábamos con algún caramelazo y tal vez al paso de los queridos cabezudos. Supongo también que el alivio que sentirían aquellas estrellas por un día con el rompan filas final sería el mismo que el de ahora, y la explosión de las carreras al bajar de los remolques acabaría con los mismos gritos y los mismos besos de los papás ansiosos.

                Los mayores no podemos (ni queremos) dejar de proyectar sobre nuestros hijos aquellas experiencias de nuestra infancia que consideramos dignas de rescate, pese a que ese valor les viene a veces del simple hecho de que sucedieron en la infancia. Olvidamos que tal vez entonces hubiéramos preferido jugar al guá o al escondite antes que disfrazarnos de adulto o vestirnos de domingo (que para el caso viene a ser lo mismo) pero que accedíamos para no decepcionaros a vosotros los mayores, vueltos niños de repente, ¡se os veía tan ilusionados! Quizás aquellos niños ahora creciditos tratamos de rehabilitar no ya nuestra propia memoria, falseada por el olvido interesado, sino la memoria de nuestros padres, abuelos hoy cuyo recuerdo infantil pertenece a un mundo remoto y ya expirado, pero que han recobrado el lado light de la paternidad. En el fondo, el nexo entre generaciones se mantiene gracias a una serie inextricable de malentendidos.  

    August 04

    Oreo (y no son galletas)

     

                Esta semana de vacaciones hogareñas iba a ser también de vacaciones blogueras sobre todo porque no he desenfundado la cámara ni una sola vez en estos días, pero al final Joselito me ha lanzado el guante con tan buena puntería que más que recogerlo he tenido que quitármelo de encima (al guante, no a Joselito). Las vacaciones en casa son el tiempo propicio para incumplir todo tipo de proyectos. La dispersión se apodera de nuestra voluntad y a lo mejor esa es precisamente la esencia vacacional (y para muchos, vocacional). Por eso he colgado fotos de aquí y de allá, como limpiando las esquinas y para que se aireen. Más que colgar, a esto se le llama orear, porque se trata de exponer al aire los instantes para ver si así se les quita la humedad y el olor a cerrado, y recuperan un poco del apresto que tenían cuando fueron captados. Exhibir y airear es también lo propio del verano.

                Aunque no soy Woody Allen (por suerte) ni conozco a Scarlett Johansson (por desgracia, ¿o por suerte? porque parece uno de esos entes que están más presentes cuanto más se ocultan, como los fantasmas) yo también estuve en Avilés buscando localizaciones y “filmando” un lunes el mercao que no es un mercao cualquiera porque es La Plaza, y que tiene la peculiaridad de parecerse a una tortuga panza arriba, cerrada sobre sí misma y a la vez expuesta al bullicio, al calor y a los carteristas. La Plaza es el mercado de mi infancia y comprobar que el puesto de encurtidos no ha cambiado de sitio en cuarenta años es una de esas cosas que te afianzan en el mundo.

                Otro día, un viernes, los ensayos de una exhibición aérea en la playa de San Lorenzo me dieron la oportunidad de mirar a los que miran, de fotografiar a los que fotografían, mientras abajo en la arena, los cuerpos se exhibían también, tanto más quietos cuanto mayores eran las acrobacias en el cielo. Tal vez sea eso lo que pretende toda gran exhibición o espectáculo cuyo éxito se mide por el número de bocas abiertas a la vez: provocar cierta parálisis en el espectador, un cierto grado de hipnotismo, teniendo en cuenta que, como es sabido, la apertura desmesurada de la mandíbula produce el momentáneo estrangulamiento de las meninges. Sucede así que la mayoría de las verbenas del verano se han convertido en salas de estar ampliadas donde en lugar de bailar se ve la tele en directo. Será que tantos años de sofá empiezan a manifestar sus efectos secundarios. Pero no hay que preocuparse, los hábitos cambian igual que las tecnologías. Porque, ¿qué es el botellón sino un chateo alcohólico interactivo?