XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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June 28 Primera tarde de veranoEl verano es esa estación en la que se detuvo el "AVE" de la infancia y cuando cada año llegamos a su andén volvemos a bajarnos del vagón con los ojos guiñados, los aperos de colores y las chanclas. Por eso cuando el sábado pasado María José escuchó a unos niños que volvían de darse un baño en Samarincha, ella quiso volver también y comprobar si treinta años se pueden descender como el que desciende a una cala íntima con lanchas. Nosotros la seguimos por un callejón no señalizado entre ortigas y chalets antiguos y allí abajo estaba Samarincha, una playina más pequeña que su nombre, justo en el cogote de Luanco, tan cerca de su cara y tan fuera de su vista. Nuestras voces resonaron en el vacío de la cala con el eco de otra época que es siempre la misma. Cada uno se asentó en una frágil soledad atareada: María José en la roca calentada por el sol, recuperando sus recuerdos, Nicolás fondeado en la orilla, fabricándolos, y yo anticipándolos, mientras anoto profundidades mar adentro. Tras un baño breve y unas fotos sin pretensiones, al marcharnos daban ganas de cerrar despacio la puerta, como se cierra la habitación donde duerme un niño. Pero antes de volver a casa aún tuvimos tiempo de hacernos un pequeño viaje a Francia. En la costa atlántica, región de Vendee, tiene Luanco una especie de gemela: Saint Gilles Croix de Vie, que traducido debe ser algo así como San Martín del Rey Aurelio pero en galo, que es más fino. Total, que una representación de dicha villa hermanada vino de visita y se trajo unas latas de paté de sardinas y unas botellitas de vino, aunque educados como son, no insistían demasiado para que probáramos tales delicias. Pero resulta que además de las viandas se habían traído un grupo de baile. Y hete aquí que fue sonar los acordeones y voila!, el fresco cobró vida, se levantó un entramado de pasos, giros, sonrisas, corros, sueltas y complicidades, y de repente éramos los demás los extranjeros. Allí donde se despliega una danza hay una comunidad que, como diría la canción, lleva la patria en sus zapatos. Frente a ella el espectador trata de descifrar ese lenguaje codificado de dimes y diretes que las miradas de los danzantes a veces confirman y a veces desmienten, hasta que el fresco vuelve a congelarse y con el ritmo del aplauso queremos dar a entender que algo hemos pillado. Todavía permanece por un instante la reverberación de una nota, una ráfaga de color, el dibujo de un tocado, para al fin disolverse del todo la ilusión del viaje, convertida, por qué no, en la semilla de un proyecto. Ya por la noche se encargó San Juan de quemar los últimos restos de otro día. June 21 Top rural Bañugues
¿Qué tienen en común unas botas raídas, una carretilla oxidada, un camino mojado, un gato sobre el borde de una ventana, unos limones en el suelo, un arco iris sobre un tejado, un insecto esmeralda, un niño con un perro, un tractor en lontananza (que debe ser lejos de cojones), las hojas de una parra, una hélice de lancha, unas espigas contra un cielo nublado...?¿Un aire rural, quizás? ¿Pero qué significa eso? ¿qué la existencia de estos seres se rige por ciclos naturales antes que por ciclos comerciales? es decir, ¿qué las estaciones llegan cuando llegan y no cuando lo dictan unos grandes almacenes? ¿qué los deseos emplean temporadas enteras en cumplirse, cuando no se malogran, y que el instante, tan insistente, no existe, ni las semanas con sus fines, porque el tiempo es un continuo que solo se detiene una o dos veces al año para autocelebrarse? ¿qué cuando llueve casi nadie usa paraguas?¿qué las vacaciones se disfrutan diariamente a la hora de la siesta? ¿qué todavía hay quien lleva el reloj dentro del estómago? ¿qué las nubes hablan y no solo al final del telediario?¿qué en verano el sol se toma a la sombra tibia de la penumbra de la casa? ¿qué los objetos no pasan de moda sino que llegan a viejos y se dignifican con el óxido? Sí, tal vez lo rural es algo que envejece como una carretilla apoyada en una pared "malencalada", un gato que permanece en un difícil equilibrio, ni dentro ni fuera, ni antes ni después, a punto de dar el salto hacia uno de los dos lados para ya no volver. June 15 Nuevos paisajes interioresAunque solo sea por hacer honor al nombre de este espacio, sitio, bitácora, weblog, fotoblog o lo que coño sea esto, es precisamente ahora que el verano se acerca tímidamente a estas tierras del norte y estamos deseando salir a la intemperie cuando vuelve a resultarme atractivo quedarme en casa y explorar esos rincones a los que empieza a llegar el sol desahuciando a las últimas telarañas del invierno. Porque sí, vale, está muy bien eso de que todo paisaje es un paisaje interior (y casualmente el que esto dice acostumbra a elegir el equilibrio y la serenidad de las grandes panorámicas) pero el verdadero paisaje interior (aparte del que se obtiene por laparoscopia, método del que todavía no dispongo) es el que se oculta entre nuestras cuatro paredes, el que nos acompaña cada día de forma callada e imperceptible y que no es tanto fruto de la voluntad como de la pereza y el descuido. Porque si algo debe quedar claro es que este paisajismo interior es justo lo contrario del interiorismo. El nobel turco Onhar Pamuk en su libro Estambul hace un viaje autobiográfico a su niñez y adolescencia y muestra cómo su ciudad con todas sus peculiaridades y contradicciones marcó para siempre su modo de ver y entender el mundo. Lo curioso es que al leer el libro uno tiene la sensación de que cuando Pamuk habla de su ciudad está hablando de sí mismo y cuando habla de sí mismo está hablando de cualquiera. Es decir, que cuando nos cuenta las peleas con su hermano, su pasión por la pintura o su primer amor, consigue que nos reconozcamos en él, pero sólo cuando describe la amargura que destilan las callejas empedradas de los barrios viejos de Estambul, el humo de los barcos sobre el Bósforo o la tensión irresoluble entre la aspiración occidentalizadora y la tradición otomana de la ciudad, reconocemos en verdad la esencia del autor, lo que en él hay de diferente, lo que nos abre los ojos más allá de lo sabido De igual manera los objetos con los que cohabitamos hablan por nosotros, y a veces mejor de lo que uno es capaz con toda su verborrea. No sé si la cara es el espejo del alma pero sí creo que un espejo puede ser una parte del alma dispuesta a dar la cara. Aunque no siempre los objetos dicen lo que se espera de ellos. Si su disposición responde a un afán decorativo muestran precisamente nuestro afán y por tanto todo aquello que nos falta todavía para llegar donde queremos. Otras veces, dejados a su albedrío crean a nuestras espaldas su propia trama wifi y cuando no responden a nuestra llamada es difícil sustraerse al síndrome “toy story”. Pero para bien o para mal son los fósiles que encierran la historia de cada cual. Ahora que nuestros “lares locii” son súbditos de la tecnología, tal vez deberíamos prestar atención al dios de las pequeñas cosas que vive en la pieza postrera de una vajilla que nos regalaron al casarnos, o del retrato de un niño que aún nos mira, o del cenicero que aguarda nuestras cenizas, o de la lata de mejillones arrinconada tras el atún en escabeche, o del lomo azul que es lo más que hemos llegado a ver de aquel libro adquirido en una promoción irresistible. Tal vez sea el momento de hablar con los objetos, una nueva acepción del materialismo dialéctico, y escuchar sus historias mínimas, igual que las que Carlos Sorín nos contó en esa hermosa película de tartas imperfectas, perros huidos y premios que nadie necesita, historias que nos hagan sonreír entre el silencio acogedor de los objetos que nos descubre el sol según va acercándose el verano.
June 07 Lagos de SalienciaLa montaña no es un medio hostil en primavera pero sí un entorno con alto grado de incertidumbre. En las poco más de cuatro horas que empleamos en recorrer, no tanto con los pies como con la vista, los montes y lagos de Saliencia, concejo de Somiedo, vimos a la niebla fugarse, a las nubes acoplarse, a la lluvia caer con cuenta gotas, al sol pintar de azul algunos horizontes, a la niebla asomar, a las nubes volver...Para el que vive en la ciudad, acostumbrado como está a las rutinarias previsiones no resulta fácil asimilar tanto capricho. Ni medir en tiempo las distancias por sendas que se retuercen sin piedad de los peatones. Y cuesta atribuir a una causa precisa las nuevas sensaciones. Puede ser que el aire sea más puro en las alturas, o puede ser que los pulmones hayan dado de sí al compás de la subida. Puede ser que los sonidos viajen sin obstáculos por las cuencas glaciares de los lagos o puede ser que la cera se disuelva en los oídos con el cambio de presión. Puede ser que una niebla apenas perceptible convierta en pinceladas las laderas verticales o puede ser que el viento que desciende de la collada extraiga de nuestros lagrimales una fina veladura. Puede ser que mi necesidad de regresar a la montaña tenga que ver con instintos ancestrales o puede ser que acuda a ella con la intención inconfesable de comerme un enorme bocadillo. Si lo pienso bien sólo en la montaña le está al adulto permitido recuperar aquel hábito feroz de la merienda, de cuando el bocata era un instrumento de viento que se consumía antes de terminar el primer movimiento de la sinfonía de la tarde. Para disfrutar de este privilegio suele ser imprescindible superar ciertos desniveles para los que tal vez ya no estemos preparados, pero cualquier sacrificio es pequeño comparado al placer que depara el aroma del queso y el chorizo cuando uno abre la cremallera de la mochila a 1.700 metros sobre el nivel del mar, sentado en algún risco especialmente seleccionado después de probar a conciencia cuál se adapta mejor a nuestras posaderas. Más allá, nunca demasiado cerca, otros excursionistas rumiarán su compacto menú, cada uno en su risco y sin apenas levantar la voz entre un bocado y otro, porque la montaña solo tiene sentido como placer solitario y discreto, incluso cuando se practica en grupo. Y llegado el postre, el recorte en espiral de la manzana será un graffiti sobre el terso pasto al que mirará de reojo el macho altivo de una manada de caballos. Tal vez sea por algo tan trivial por lo que uno viene a la montaña. Desde luego nunca la fotografía es el motivo principal. Someter las inmensidades geológicas a la plana dimensión del fotograma no está al alcance del aficionado. La montaña enseña humildad también en este campo. Pero al cabo de un tiempo, recuperar del disco duro los verdes, amarillos, rojizos, grises y azules de Saliencia es para el que allí estuvo (y sólo para él) como encontrar esa vieja carta entre las páginas de un libro (o releer ese e-mail que no quisimos borrar del todo). |
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