XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    May 31

    La ciudad invisible

               

                   Leo en el periódico que por decisión del gobierno a partir de ahora las carreteras públicas que adjudique deberán construirse utilizando polvo de neumáticos viejos en el asfalto. No es raro que las carreteras se asfalten con neumáticos si tenemos en cuenta que los caminos se hacen al andar y las calles, esas calles nuestras de cada día, las van haciendo a cada paso los zapatos: en la calle desierta su sonido es la onda del murciélago que dibuja los límites virtuales del espacio. En la calle atestada sus múltiples trayectorias crean la malla que permite tanto el encuentro como el extravío a veces necesario. Y la goma que se desprende de las suelas se adhiere al suelo como una segunda piel que acariciamos al caminar. Los que intentamos convivir con un par de zapatos durante más tiempo que el que imponen la sístole y diástole de la moda podemos observar el desgaste de la suela como un fiel indicador del tiempo y la distancia recorridos. Tal vez la policía científica podría decirnos incluso los lugares por los que hemos pasado estudiando las micromuescas a modo de huellas dactilares. Y los grafólogos podrían analizar la curvatura del desgaste para decirnos lo que ya sabemos sobre nosotros mismos: que unos la gastamos por el exterior y otros por el interior, porque el desgaste uniforme es tan raro como el equilibrio emocional.

                A veces, mientras contribuyo al tapizado de las calles, todas esas calles que discurren entre edificios y esas otras que se adentran en ellos, que visitan los bares, recorren oficinas, entran y salen de las tiendas, desaparecen en los parkings y evitan los museos, y esas calles llamadas playas, únicas en las que está permitido quitarse los zapatos, a veces, digo, tengo la sensación de que vivo en una ciudad de ciegos, todos con nuestras miradas perdidas y nuestros perros lazarillos. Es por eso que saco la cámara y me apoyo en ella, tanteando. Para no tropezar. Y para descubrir esa ciudad invisible que uno va tejiendo con retales, como aquellas Ciudades Invisibles que descubrió Italo Calvino y llevaban nombre de mujer. Y también por aquello de que en el reino de los ciegos, el tuerto es…republicano.

     

    May 24

    Paisaje interior y autorretrato

                Acudiendo a lo que han dejado dicho grandes fotógrafos (norteamericanos en este caso) resulta que según Dorothea Lange (1895-1965) todo retrato de otra persona es un "autorretrato" del fotógrafo, (ya quisiéramos algunos) y para Minor White (1908-1976) las fotografías de paisajes son en verdad "paisajes interiores" (uf, menuda responsabilidad). El mítico Ansel Adams (1902-1984) ahonda un poco más en la cuestión: "una gran fotografía" tiene que ser "una expresión cabal de lo que uno siente sobre lo que se está fotografiando en el sentido más hondo y es, por lo tanto, una expresión auténtica de lo que uno siente sobre la vida en su totalidad". Toma ya. Bueno, para llevar esto a sus últimas consecuencias seguramente habría que ser Ansel Adams, pero de todos modos cualquiera puede decidir en un momento dado hacer suya la realidad que le rodea y convertirla en expresión propia sin incurrir en mayores gastos. Ser artista no pasa de ser una pura declaración de intenciones que adquiere carta de naturaleza desde el mismo momento en que aparece otra persona dispuesta a tomársela en serio. Si esta otra persona está relacionada con el mercado del arte, entonces incluso se puede vivir de ello. Pero este es otro tema.

                A lo que íbamos. Como paisaje interior he elegido una panorámica de la Punta del Gayo en Luanco (creo que ya colgué otra foto de este lugar). No es un paisaje espectacular. No tiene una luz dramática ni colores sobresalientes ni está envuelta en niebla. Para colmo la línea del horizonte esta justo en la mitad de la composición. La verdad es que ni siquiera es una de mis fotos preferidas. Y sin embargo, hay en ella algo así como una belleza modesta, una callada armonía que me arrastra a contemplarla una y otra vez cada cierto tiempo. Si dejo de contemplarla y paso a analizar sus elementos veo que en ella aparece un muro kafkiano (o austeriano) en permanente construcción, una especie de puzzle que no termina de encajar nunca. Del muro parte una línea sinuosa que avanza iluminada por una luz cálida y se adentra en el mar, pero no es un mar abierto al infinito, es más bien un mar interior, un mar que mira a las montañas, lejanas como en un sueño, envueltas en un atardecer pálido que asoma bajo el peso inmenso de las nubes. Y en una esquina brota el verde de una rama, la esquina de otro paisaje paralelo que crecerá tal vez hasta cubrirlo todo. Veo todo esto y no sé si estoy asomado a una ventana o a un espejo. En cualquier caso, cuando contemplo esta foto me siento fascinado por ella sin más. Si pienso en las partes que la componen se rompe la magia, aunque comienza entonces una fase diferente de disfrute, más racional.

                El astrofísico John D. Barrow ("El universo como obra de arte") da a este tipo de preferencias estéticas una interesante explicación evolutiva: dado que el hábitat en el que se originaron los seres humanos era el de la sabana tropical africana es posible que hayamos desarrollado preferencias por ambientes con muchos de los aspectos favorables para la vida que ofrecía este hábitat: hay una clara ventaja adaptativa a ganar escogiendo entornos que ofrecen lugares seguros y visiones despejadas del terreno que permiten ver sin ser visto, suavizadas por una misteriosa invitación a explorar. De ahí la sensibilidad innata hacia las puestas de sol, las nubes, las luces y las sombras, los horizontes lejanos, todos ellos indicadores de cambios en el entorno que requieren evaluación y respuesta. Pues oye, va a ser eso. La estética es un residuo del Pleistoceno. Puro instinto. Si ya lo decía Cartier-Bresson: "hay que pensar antes y después, jamás mientras se toma la fotografía".

                En cuanto al autorretrato, vuelve a aparecer en él una de mis sobrinas preferidas. Minutos antes había tenido lugar el bautizo de su hermanita, pero la que aparece en la foto es la imagen de otra ceremonia, un poco pagana: se celebra la inocencia del día y el abrazo del sol, se ofrenda la risa y el juego. Ni que decir tiene que en el autorretrato la vaca atorrante soy yo.

     
    May 17

    Tierras de Cangas

     

               Quim Monzó nos cuenta en uno de sus geniales relatos, "Vida familiar", la historia de una familia cuyos miembros se han dedicado desde innumerables generaciones al noble oficio de carpintero, y cómo en su seno se mantiene con orgullo la tradición de amputar a los niños el dedo anular de la mano izquierda cuando cumplen la edad de nueve años.

                En Pambley, una aldea del partido de La Sierra, en la parte nororiental del concejo de Cangas de Narcea, hay una carpintería dedicada a la fabricación de madreñas y otras artesanías en madera. A medida que el madreñero nos abre las puertas del taller, el olor a virutas y resina de abedul nos abre a nosotros las fosas nasales. Nos cuenta que de este taller salen cientos de pares de madreñas al año. Por lo visto hay todavía un mundo secreto donde la gente calza madreñas y bebe vino en cuencos de madera. Las madreñas las talla una máquina bañada por un haz de luz polvoriento. La mano artesana se reserva en cambio para unas madreñinas de liliputiense aptas tan solo para llaveros y recuerdos. El carpintero echa un pito mientras habla. El dedo índice de su mano derecha cercenado a la altura del metacarpiano parece querer contar también su propia historia. Le pregunto por ella y el madreñero responde con un arqueo de cejas y un asentimiento de hombros que resume una tradición de siglos y da sentido a frases como aquella de dejarse la piel trabajando. Donde otros exhiben diplomas, él muestra el resultado de un pequeño error de cálculo.

                Unos kilómetros más arriba llegamos a Llamas del Mouro, donde una última familia de "xarreiros" se ocupa de mantener con vida el secreto que se oculta en las entrañas de la cerámica negra: algo así como la fórmula de la solidificación del humo. Venimos con la intención de ver todo ese proceso donde intervienen tierra, agua, manos, leña, fuego y sol, pero para ellos es casi la hora de comer. Queda pues intacto el motivo para volver otro día a Llamas de Mouro, donde hay un palacio, el de los Sierra, que parece detenido en un punto incierto de la historia, hasta que un morador se asoma para ofrecernos una visita guiada previo pago, que declinamos tal vez algo dolidos por la rotura del hechizo.

                Ya en la sobremesa deambulamos por las calles de Cangas de Narcea. Encajado en un valle hecho a medida es Cangas un pueblo grande y extremista. Cada invierno el frío le da el protagonismo de las mínimas y en verano el calor se ceba en los gorriones y hace madurar unos vinos improbables (aunque bien catables). Tiene un puente en el suelo, con apoyatura de siglos, y otro en el aire, sostenido por el balanceo del acero, y al lado de los caserones y palacios desconchados abren las tiendas de marca a la espera de los billetes manchados de carbón. Pero en esta tarde de sábado de finales de marzo aun puede ser el sol amable y encender el eco de los pasos por sus calles.     

                En el cuento de Quim Monzó llega un día en el que los niños de la familia empiezan a nacer con seis dedos. El hecho provoca tal desconcierto e indecisión que la tradición del corte acaba siendo abandonada y la familia se va disgregando a falta de la ceremonia aglutinadora. Desde hace un mes tengo la Fuji averiada en el taller y a veces siento como si llevara las manos vendadas. Permanezco atento a la aparición en mí de un sexto sentido que supla la carencia.

    May 10

    La vida de los otros

     

               Hay películas que te llenan los ojos. Hay películas que te encogen el estómago. Hay películas que te ensanchan los pulmones. Hay películas que resbalan sin más sobre la piel. Y hay películas que pesan en las piernas igual que si acabaras de regresar de un larguísimo viaje a pie. Lo sabes porque llegan los títulos de crédito y no eres capaz de levantarte de la butaca. Una de esas películas es "La vida de los otros", del alemán Dorian Henckel­-Donnersmarck (Oscar a la mejor película de habla no inglesa). Cuenta la historia de un frío y eficaz oficial de la "Stasi", la policía secreta de la Alemania del Este en los últimos años de la dictadura, que se encarga de la investigación y vigilancia de un famoso autor de teatro sospechoso de desafección al régimen y de su compañera, una popular actriz. El oficial, que en el fondo no tiene más vida que la de aquellos otros a quienes vigila, sufrirá una transformación o una revelación o un flechazo, o todo ello a la vez, depende de cómo se interprete, que le hará finalmente convertirse en un héroe si bien anónimo y silencioso, como son siempre los héroes que más nos conmueven. La película describe con precisión sobrecogedora la intención última de cualquier dictadura totalitaria: lograr la perversión moral de sus ciudadanos y la aniquilación de cualquier inteligencia que no sea la meramente oportunista, pues solo así pueden mantenerse en el poder los moralmente perversos y los intelectualmente mediocres. Pero habla además de la amistad, de la traición, de la gratitud, de la culpa, de la desesperación y de la esperanza, todo ello sin retórica ní sentimentalismos baratos.

                En una escena se dice en alusión a una hermosa obra para piano interpretada por el autor de teatro que nadie que la escuche de verdad puede ser una mala persona. Por desgracia la redención por el arte está lejos de ser una fórmula infalible y demasiados ejemplos la desmienten trágicamente. Woody Allen decía en una de sus películas: "cada vez que oigo a Wagner me entran ganas de invadir Polonia". Pero lo cierto es que después de ver una película como esta tal vez uno no sea mejor persona pero siente que ha crecido un poco y que la butaca se le ha quedado pequeña (de ahí también la dificultad para incorporarse). Durante dos horas la vida de los otros ha sido también la nuestra. Ese es el quid de esta historia y de otras muchas. Cada uno tiene su particular ventana indiscreta y lo habitual es que los otros pasen por delante como en una película. Nos gustaría saber algo más de ellos pero rara vez estamos dispuestos a la reciprocidad. La tentación de los Grandes Hermanos simplemente cambia de forma con las épocas. Las escuchas han dejado paso a los bancos de datos. La propaganda ha madurado en publicidad. Pero la búsqueda del hermano con minúscula sigue siendo una necesidad difícil de erradicar. Una búsqueda que seguramente empieza por uno mismo. Colgar los auriculares, dejar las muletas, apagar la cámara. Y traspasar la pantalla.

    May 03

    El rastro del caracol

               

                Tal vez haya preguntas más acuciantes para el ser humano, pero ¿puede practicar el surf un caracol? No, demasiado lento para subirse a una ola. Aunque si la ola fuera la cara exterior de la copa de una cala que se enrolla sobre si misma, entonces ya no sería una cuestión de velocidad sino de equilibrio y agarre, y ahí el caracol puede darnos algunas lecciones.

                La nanotecnología, esa ciencia de lo extremadamente pequeño, ha comprobado que un haz de luz puede atravesar una superficie sólida y opaca como una lámina de oro, si ésta es lo bastante fina. Por su parte, la macrofotografía, esa rama de la fotografía que se ocupa de acercar lo moderadamente pequeño, ha demostrado que es posible atravesar la frontera que separa nuestro mundo de esos otros mundos que coexisten a escala diferente. Para penetrar en ellos sin tener que recurrir a la ingesta de sustancias basta acotar el perímetro de nuestra visión y dejar de buscarnos el ombligo más allá del horizonte o en la punta del zapato. Después explorar y dejarse sorprender. Consumir la realidad al por menor es una medida saludable contra las pesadas digestiones que siguen a los menús televisivos y al atracón diario de las obligaciones. Es cierto que también en esos paisajes de bolsillo podemos encontrar monstruos y amenazas, incluso demasiado familiares. Tampoco se trata de entablar batallas con arañas emulando a aquel increíble hombre menguante, para terminar como él diluido en un infinito descendente. No. Bastaría con aprender del caracol su elegante forma de navegar por la espiral llevando la propia espiral a cuestas. Supongo que descubrir un secreto como ése puede ser algo parecido a atravesar una finísima lámina de oro.

                Seguiremos explorando.