XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    April 26

    Mercao de Grao

                

                El mercado es el reino del bullicio y de las voces, de los colores y los olores, pero sobre todo es el templo en el que las manos ofician ceremoniosamente el ritual del intercambio y obran el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, puesto que tanto el que vende como el que compra sale con ganancia, bien entendido que hablo del mercao libre y no del libre mercado, ese mito caduco del capitalismo. A poco que uno observe son las manos las que se convierten en protagonistas: manos que muestran, manos que ofrecen, manos que sopesan, manos que palpan y que aprietan, manos que prueban y comprueban, manos que hablan, manos que rechazan, manos que se estrechan, manos que pagan y manos que cobran, manos que llaman, manos que descansan, manos que recogen, manos que aguardan. Por el mercao circula rauda la paradójica moneda de la copla que debe ser falsa para ser verdadera porque solo si de mano en mano va pero ninguno se la queda es moneda de verdad y no pieza de coleccionista.

                Al mercao de Grao acuden todavía desde la aldea las mujeres (y algunos hombres) con sus cajas, sacos y capazos repletos de variadas estirpes de legumbres, huevos que se cuecen lentamente al sol, frutas y frutos, hortalizas y plantones. Muchos son los que miran y muchos menos los que compran, pero les muyeres no pierden el ánimo porque siempre aparece una cara conocida, una mano que saluda, un cliente que repite y porqué no decirlo, siempre hay otra que ha vendido menos. Pero es que además es precisamente esa posibilidad del intercambio dominical lo que da sentido al trabajo diario del cultivo, y esto es aplicable, creo yo, no solo a las acelgas: los que colgamos artesanía digital en tenderetes virtuales también buscamos algún tipo de inter(net)cambio y si alguien en algún lugar al contemplar o leer estos toscos artefactos experimenta algo parecido a una emoción o a una complicidad no del todo explicable, la moneda habrá cambiado de mano una vez más y se habrá aplazado por ahora la herrumbre que la espera en la vitrina.

    April 19

    Desde la orilla

                    La ría de Avilés es suave a los ojos y áspera a la nariz. Un olor acre emana de su superficie oxidada como si algo turbio se estuviera cociendo en su fondo de lodo. De crío ese olor era mi "Heno de Pravia" particular. Cuando regresábamos de pasar unos días en el pueblo, con las fosas nasales bien desinfectadas, el hedor de la ría nos daba la bienvenida dos o tres kilómetros antes de entrar en la Villa, más o menos a la altura de Raíces. En ese momento sabíamos que estábamos en casa, a salvo tras más de tres horas de curvas incontables. Y antes de bajarnos del coche ya nos habíamos acostumbrado a la espesura del aire.

                Cuando pienso en la ría me vienen también a la memoria aquellas historias tenebrosas que se contaban acerca de tantos muertos reventados allá por los años 50 en el interior de las míticas campanas* que se usaron para desecar aquellas zonas de la ría donde después se iría asentando la acería. Yo, cuando oía el repicar de la iglesia de Llaranes, imaginaba hombres aplastados bajo réplicas titánicas de aquellas otras campanas que nos llamaban desde lo alto de la torre con una voz que a veces me alegraba y otras me encogía el corazón.

                Pero recuerdo también una lancha repleta hasta la borda en cualquier domingo de verano que transportaba a las jóvenes familias hasta la playa de San Balandrán, al otro lado de la ría, donde disfrutar de los benéficos efectos de un mar que se adivinaba al fondo, un poco más allá de la charca de Zeluán y del poblado de San Juan de Nieva, con sus casitas de enanitos y sus astilleros de ribera. Es un falso recuerdo (yo tendría apenas un par de años) reconstruido de oídas de labios de mis padres, de cuando todavía no teníamos la kodak.

                Hoy la ría y sus orillas son, cómo no, un bocado apetitoso para voracidades ladrillísticas. Además los políticos proyectan allí un museo de mucha arquitectura para poder fotografiarse de modo conveniente, un museo con amplio eco, igual que aquellas campanas que llamaban a la congregación, y tan vacío como aquellas otras más funestas sobre las que se levantó un futuro que ha ido convirtiéndose en pasado, ese lodo frío que ahora toca retirar.  

     

     

    *campanas: estructuras huecas de hormigón colocadas sobre el humedal en las se hacía el vacío inyectando aire comprimido para que en su interior pudieran trabajar las cuadrillas encargadas de afianzar los pilares sobre los que se edificaría la “ENSIDESA”.

             

    April 11

    De La Alberca y otros puntos de interés

               Para llegar desde Salamanca al pueblo de La Alberca hay que superar setenta y tantos kilómetros y unas cuantas ideas preconcebidas. Al pie mismo de la Peña de Francia y por algún azar caprichoso o por simple designio administrativo, la arquitectura rural de La Alberca fue preservada de la degradación en 1940 al ser declarada monumento histórico-artístico. Hoy la entrada del pueblo está presidida por unas moles de piedra que resultan ser hoteles y restaurantes, lo que no predispone muy bien al visitante. Ya en cuanto se aborda la primera calle empieza la mente a disociarse: la piedra y el entramado de madera de las fachadas que se acercan hasta casi tocarse en la perspectiva de la calleja y los dinteles gravados con símbolos y fechas de otros siglos, compiten con las tiendas que miméticamente se suceden con una oferta de artesanía serrana made in China. Todo tiene un precio. La conservación de un producto más allá del tiempo que le es propio solo se consigue con la pérdida de su frescura y un cierto grado de manipulación. Igual que la carne del cerdo ibérico pervive gloriosamente en su versión resecada y embutida, así La Alberca se disfruta hoy un poco amojamada entre autocares, recuerdos y menús. Varias personas que han estado allí me preguntaron a la vuelta por cierto cerdo que deambulaba por sus calles. Por suerte yo ya lo vi petrificado al lado de la iglesia. Tampoco hay que excederse en el realismo de las reproducciones históricas, que los tipismos bien están mientras no te ensucien los zapatos. Pero si uno ahonda por los callejones, todavía los hornos cuecen pan y un alberqueño locuaz nos comenta que a veinte grados bajo cero el empedrado resbala menos que el asfalto. Y las abuelas caminan ceñidas a las paredes y envueltas en sayas y faldones, esas ancianas que nos miran con recelo y ocultan el rostro en un gesto de reserva heredada o de pura rebeldía: su resistencia a convertirse en merchandising tal vez sea la única piedra de este pueblo que no esté hecha de cartón. Puesto en evidencia, el visitante debería irse con el objetivo entre las piernas, pero, qué le vamos a hacer, aun nos tientan unas patatas mareás y un tostón cuchifrito.

                Ya de vuelta nos detenemos en Miranda de Castañar. Es un pueblo con castillo y estrechuras medievales, pero a pesar de su coso rectangular tiene menos cartel que La Alberca y más ladrillo visto. En contrapartida, las abuelas todavía te miran a los ojos.

                Parece, en fin, que a la hora de conservar el pasado, como ya dije alguna vez (empiezo a repetirme), no hay más alternativa a la mercantilización que la ruina, y entre ambas habrá que resignarse a la primera, a sabiendas de que sólo la segunda tiene a largo plazo asegurada la victoria. Puede ser también que para traspasar el umbral de la postal baste algo de ese preciado metal del que carece el turista apresurado: medir la estancia en días (o meses) en lugar de horas (o minutos) es tal vez la única forma de arañar el alma de aquellos lugares que tienen siglos tras de sí. En cualquier caso, al cabo de un tiempo también mi recuerdo de La Alberca se habrá desmoronado y en poco se diferenciará de otras ruinas más sólidas, como algunas que encontramos en tierras de Zamora: las del Monasterio de Moreruela, que la imaginación viste con ecos de pasos y letanías bajo su bóveda infinita y azul; o los palomares de Villafáfila, cuya contemplación cercana sigue despertando todavía un íntimo rumor de arrullos y aleteos.

    April 07

    De Salamanca

           De mi paso fugaz por la ciudad de Salamanca, allá en tiempos del “insti”, apenas recuerdo algo más que el relieve abigarrado de una fachada donde era preceptivo hallar la figura de una rana. Esa rana, sola o encaramada a una calavera, está hoy omnipresente en cada escaparate y uno no acierta a imaginar qué pecado ha cometido esta ciudad para ser víctima de la repetición de aquella plaga bíblica en la que, como es sabido, llovió una gran cantidad de batracios. Resulta curioso el hecho de que aunque la ranita presume de ser difícil de ver entre toda la simbología que exhibe la fachada de la Universidad, finalmente es precisamente la ranita lo único que vemos. Tal vez percibimos que todo el esfuerzo de exaltación monárquica y papal que se despliega en este tapiz de piedra es menos elocuente que la simplicidad del anfibio, y mucho más falso. Los reyes y los mitos están casi todos muertos, mientras que los sapos siguen saltando sobre nuestras calaveras.             

            Cumplido el rito, uno ya puede perderse por Salamanca y jugar a descubridor de rincones nunca vistos. Como toda ciudad que se precie de ser algo más que un conjunto de edificios, Salamanca tiene sus caminos secretos, sus itinerarios al margen de las calles y las plazas. Uno de ellos sería el de los pubs y cafeterías donde llama la atención el hecho de que jóvenes y viejos se repartan las mesas en una sabia armonía de las edades. Otro itinerario sería el de los patios y claustros. Si Roma puede recorrerse de iglesia en iglesia como en un sagrado juego de la oca, Salamanca te va llevando de claustro en claustro, cada uno con su silencio imperfecto y con su luz dividida: el de las Escuelas Mayores, el de las Menores, el de la Catedral Vieja, el de la Clerecía, el del convento de San Esteban y el de Las Dueñas, o el patio de la Casa de las Conchas o el del Palacio de Fonseca o el del Palacio Anaya. Son espacios sustraídos al ruido y a la prisa y no es el menor de sus milagros comprobar cómo todo el mundo empieza a hablar a media voz desde el instante en que ingresa en los claroscuros de sus galerías. Como en aquella película, “El nadador”, basada en un relato de John Cheever, en la que Burt Lancaster atraviesa el condado en el que reside nadando de piscina en piscina y recordando tiempos mejores, uno quisiera saltar de patio en patio por Salamanca y enterarse de algún chisme de la época al calor de ese sol que va madurando la piedra conforme declina la tarde. Pero no nos engañemos, sobre todo uno quisiera ser Burt Lancaster.