XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    March 29

    Mar crispado-Mar sereno

    Ultimamente se habla mucho de cierto fenómeno al que se ha dado en llamar "clima de crispación". Creo que incluso se investiga ya su relación con el cambio climático por lo que tiene de artificial en su origen y de imprevisible en sus efectos. También el mar ha estado crispado últimamente y es difícil escapar a la fascinación del océano en pleno despliegue de su poder. Somos bastantes los que nos acercamos a muros y malecones para contemplar el espectáculo y de aquellos que pasan por azar o necesidad pocos son los que se resisten a detenerse siquiera unos instantes. La crispación es un espectáculo que fascina por lo que tiene de fuerza ciega y de amenaza que sin embargo queda en amago. Si mantenemos la distancia justa, apenas si salpica. El espectáculo de la crispación atrae y emboba, aunque termina aburriendo: parece caótico y excitante pero a poco que nos paremos a observar descubrimos que también las olas siguen una pauta y terminan por repetirse hasta el hastío. Además no podemos olvidar que la energía que lo mantiene en acción opera bajo las superficie y a muchas millas de distancia. Ya se sabe que los negocios se resuelven siempre en la trastienda y, salvo en algún restaurante kitch, la cocina permanece oculta a los comensales. Pasado un tiempo, cuando cede el temporal y cesa el ruido y sus imágenes, el hechizo decae y echamos de nuevo andar, volvemos a ocuparnos de nuestros insignificantes asuntos y a escuchar el rumor del pensamiento. Variamos la distancia de enfoque y reparamos una vez más en los detalles. Y como un tesoro encontramos conchas en la arena, la moneda de cambio de los dioses.

    March 22

    Cobijeru

                 Este sábado pasado hemos vuelto a trocear la costa de Llanes. Está claro que tiene algo de nutritivo aunque no sé que parte de nosotros alimenta: si el estómago con un revuelto de oricios, setas y gambas, si las fosas nasales con esa sal disuelta en la espuma que precipita sobre la piel, si nuestra memoria con lugares extraños en los que dejamos olvidado algo que nos obliga a volver si queremos recuperar aunque sea al menos un cierto estado de extrañeza.

                Desde Buelna, tras un paseo de poco más de diez minutos, ya estamos en el complejo de Cobijeru. En una web (www.ambiental-hitos/ambientalitos/cobijeru.htm) se da una buena descripción de este sitio: “Hay un lugar en el que la geografía juega a las contradicciones: hay una playa pero no da al mar, hay una cueva que sí desemboca en el mar. Hay además un gigantesco arco de roca natural que nos permite ver el mar a través de él, los acantilados tienen huecos de colores por los que el mar brama, las estalactitas son verdes y rojas”. Debo añadir que también hay un bufón un poco broncas que te recibe con un puñetazo invisible y te deja cosquillas en la boca del estómago. Efectivamente. Entre tanto accidente geológico, uno no acierta a colocar la cámara, a elegir un encuadre. Es como tratar de encajar piezas de puzzles diferentes. El mar entra por donde debiera salir y sale por donde debiera entrar. Si la fotografía de elementos en movimiento requiere un punto de anticipación, aquí son las olas las que se anticipan en un segundo exacto al gesto de mi dedo. Igual que anticipan con su violencia el temporal que se encamina desde cientos de kilómetros. Hay en el ambiente una tensión como de actividad orogénica, acrecentada por las explosiones de las olas en el interior de las galerías cársticas y uno no logra del todo apaciguar cierta inquietud sentándose al borde de la playa ciega. Tal vez algún otro día con marea baja y tranquila nos adentraremos en la cueva y viajaremos al centro de la tierra donde como es sabido aguarda un mar del que emergen los cuellos prehistóricos de maravillosas criaturas.

                Por la tarde recalamos en el puerto de Bustio, en la ría de Tina Mayor, un muelle recóndito y unido al mundo por una estrecha carretera entre cañaverales. Esta ría es tan modesta y su calado tan escaso que para zarpar y para regresar a puerto los marineros tienen que consultar la tabla de mareas. En su tramo final la ría gira bruscamente a la izquierda, atrapada entre los montes, y el mar con todos sus azares queda completamente oculto. Un marinero enseña a un niño a trastear por el barco. Nos dice que el chaval ya va perdiendo el miedo. Preguntamos cómo se sabe en esta ría cuándo la mar está mala: salimos hasta la barra* y si está mala damos la vuelta, nos contesta con lógica que aplasta nuestra urbana ignorancia. A lo largo del humedal y al borde de los embarcaderos, con las artes de pesca revueltas por el suelo, las conversaciones a media voz van de un tema a otro y a veces experimentan el mismo reflujo que empieza a llevarse el agua bajo los cascos de las lanchas y las horas del interior de nuestros relojes. Pronto empezarán las obras para modernizar el puerto de Bustio: pantalanes para embarcaciones de recreo, mejores instalaciones, mayor calado…La última vez que estuve aquí fue hace siete años. Cuando pasen otros siete ni siquiera yo seré el mismo. Los marineros ya no tendrán que pedir permiso a la luna para volver a casa, pero aún tendrán que hacerse a la mar para medir la altura de las olas.     

     

    * barra: banco o bajo de arena que se forma en la entrada de algunas rías y que hace peligrosa su navegación.           

    March 15

    Pseudo-reflejos y asimetrías

                Un reflejo es, en principio, la duplicación a partir de lo único. Pero el reflejo nunca es un producto clónico, no es una mera reproducción. El reflejo denota lo que de pura ilusión habita en cada objeto, en cada ser y alude a sus sustancia íntima: detrás del reflejo está el vacío. El aire, el agua o el cristal es su soporte. Su naturaleza, la transparencia, la fragilidad. El reflejo además es económico: dice en dos dimensiones lo que a menudo no se alcanza a decir con tres.

                La fotografía es también un reflejo, pero un reflejo que alguien puede apropiarse (y se apropia) porque ha vencido la servidumbre de lo efímero. De ahí que exista una extensa normativa sobre derechos de imagen. Para que luego nos riamos del ingenuo indígena que creía que le estaban robando algo al hacerle una fotografía.

                Cuando se fotografía un reflejo se abre una puerta al infinito, especialmente si el fotógrafo sale en la instantánea, lo que se debe evitar a toda costa si no queremos contaminar este mundo con múltiples mundos paralelos.

                A veces nuestro cuerpo intenta reproducir una imagen que alguien ha imaginado acerca de cómo debemos ser. Ser el reflejo de un reflejo es la aspiración de muchos y muchas. Hay que tener cuidado porque entonces puede resultar que darle al cuerpo una sustancia ajena equivalga a descorporeizarlo. Tampoco esto es tan grave, tan solo anticipa el destino que nos es más común.

                La paradoja del transcurso del tiempo consiste en que cada día que pasa añade cuerpo a nuestro cuerpo como si de vinos añejos se tratara, y al mismo tiempo nos acerca a nuestra propia dilución, al momento en que seremos al fin puro reflejo sin soporte. La discusión sobre si el alma existe es baladí: no hay más que contemplar cualquier foto sepia de nuestros antepasados, porque todos los que ya no están son antepasados nuestros, o probar ese guiso cuya receta como una fórmula mágica se pierde en las raíces de las generaciones, o recordar esa frase que el abuelo decía tan a menudo, y aquellas absurdas manías suyas.

                Después están los falsos reflejos, a veces llamados simetrías. No está claro si los reflejos son simetrías imperfectas o si las simetrías son reflejos de orden matemático. En cualquier caso, hay momentos en los que ante ciertas simetrías buscamos convertirnos en reflejos. Así sucede, por ejemplo, ante el rostro amado.

     

     

    La primera evidencia de la aparición del sentido estético quizá sea un hacha de simetría obsesiva de hace unos cuatrocientos mil años.

                                                        Jorge Wagensberg

    March 08

    Pateando la ciudad

                   Pues bien. Habíamos quedado en que, cámara en mano, me mezclo en la corriente de la gente que fluye, poniendo en práctica la filosofía esa del “be water” que un Bruce Lee publicitario ha venido a poner de moda desde el otro mundo. Resulta que últimamente la publicidad es la sede de la filosofía, hasta el punto de que ya cuesta entender el mensaje de algunos anuncios. Esto es lógico si la publicidad es la quintaesencia de nuestro sistema socioeconómico, la maquinaria encargada de dar forma a los deseos que deben ser deseados, una especie de púlpito a cien planos por minuto. Pero me estoy desviando. O tal vez se trata precisamente de esto: desviarse, dejarse ir sin ir a ningún sitio ni seguir un curso definido, esa es la esencia del callejeo, donde el destino lo decide un olor a cocido, unos tacones, un culo, un callejón con recodo al fondo, el eco de unas voces…y dejar que las piernas piensen por si mismas, lo que no siempre es una metáfora porque al menos en mi caso el pensamiento es un proceso puramente mecánico que se pone en marcha con el acto de caminar y se articula porque toma cuerpo al ritmo de las articulaciones, todo lo cual resulta por otra parte altamente preocupante para quien como yo tiene un trabajo sedentario. Pero he vuelto a desviarme. Lo que quería decir es que a medida que uno se acostumbra a parpadear con el obturador, a juzgar en modo “pase de diapositivas” y a olvidar seleccionando el icono de una papelera, se corre el riesgo de llegar a un punto en el ya no sabemos muy bien a qué estamos jugando. Mirar (acto que presupone una intencionalidad) es siempre buscar (por eso los ingleses para buscar dicen “looking for”) y lo que buscamos puede llamarse de mil formas a cual más presuntuosa, pero en el fondo es algo tan simple como el estímulo que provoca una reacción. Mirar es buscar la chispa que desata la descarga y es huir del mar de la indiferencia nadando río arriba, a contracorriente. Es, en fin, interrogar a la realidad para que esta a su vez nos interrogue. Por eso nos gustan las fotos que descubren lo raro en lo cotidiano y las que detienen lo fugaz, y nos gustan sobre todo las imágenes que encierran una historia escrita con minúsculas. Como la del currante atrapado en un cuadro improvisado, mientras barre los entresijos de una galería de arte. O la del hallazgo del centro del mundo mientras dura el beso de una pareja adolescente. O la de ese par de hermanitas mitad iguales, mitad distintas, que juegan y pelean al margen de los muros que levantan los que administran la miseria y las fronteras. O la de esas bicicletas que en silencio se aguardan. Son historias mínimas que tienen lugar en cualquier parte o que tal vez no sucedan más que en cierto rincón de nuestro cerebro que aún no detectan los escáneres. 

    March 01

    Sobre el muro

                 Harvey Keitel, con los ojos entrecerrados y un cigarillo en los labios, en un gesto a la vez tenso y sereno, está de pie tras una reflex montada en un sencillo trípode, en la esquina entre la calle 3 y la 8ª avenida de Brooklyn. Consulta su reloj y comprueba que son las ocho en punto de la mañana. Entonces, y solo entonces, dispara. Una sola toma del mismo trozo del mundo, como cada mañana de cada día desde hace un montón de años.

                Gijón, 12:00, en el Náutico. La gente va y viene por el muro, pasa, pasea, va de paso, hacia algún sitio o hacia ninguno, para, saluda, charla, toma el sol. A todos ellos los mueve un propósito que yo desconozco. A falta de mejor nombre lo llamo azar. Como el científico paciente trato de obtener la clave de este incierto ajetreo sometiendo mi objeto a unas condiciones de espacio-tiempo estables y controladas. Hay que estar atento, la revelación puede llegar por diferentes vías: tal vez la periódica repetición de algún elemento me dé la pauta que subyace a este dibujo incomprensible. O quizás forzando la rutina hasta el extremo acabe por cederme el diamante de un instante único y distinto, y con él, el milagro del sentido.

                William Hurt hojea perplejo el álbum de innumerables fotos aparentemente idénticas. Keytel le advierte que va demasiado deprisa. Si no mira más despacio no entenderá nada.

                Contra la baranda del muro, como en un pentagrama, hombres y mujeres, viejos y niños, van componiendo un tema de tempo variable, improvisando. Escucho con los ojos, me dejo llevar, me mezclo, y doy una nota más que tal vez otro observador detrás de mí esté aprendiendo a interpretar.