XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    February 22

    Lord Nicolas

    No está muy claro si en Carnaval nos ponemos o nos quitamos la careta. A lo mejor lo único que hacemos es cambiar una máscara por otra, solo que en Carnaval estamos autorizados a llevar alguna de esas que el resto del año tal vez no estarían bien vistas. Y es que no tenemos una máscara sino muchas y diversas, que vamos alternando a lo largo de la vida pero también a lo largo de cada día: máscara de padre, de hijo, de espíritu libre, de cínico, de transeúnte, de rebelde, de entrenador, de crítico de cine, de gourmet, de víctima, de funcionario, de gracioso, de ciudadano de a pie, de ciudadano sobre ruedas, de escritor, de actor dramático, de actor porno, de vago indolente..., no, esta última es la única que nunca es una máscara. Siempre que oigo o leo el manido lema de las teleseries y manuales de autoayuda que dice “sé tú mismo”, invariablemente me digo: sí ¿pero cuál de ellos? Somos máscara y nada más que máscara, y debajo de ella no hay nada, salvo la furia y a veces el dolor. El Carnaval es la ritualización de la impostura cotidiana y en el día a día a lo más que podemos aspirar es a ser unos sinceros impostores, meternos en cada papel con la misma entrega del niño que empuña la fiera espada que él sabe de juguete. ¿Y qué pretendo yo cuando tengo entre mis manos una cámara?: ¿detener el tiempo? ¿indagar en la belleza? ¿fabricar recuerdos? ¿obtener alabanzas? Nada de eso. Tan solo tener un aire a cierto tipo con cara de palo que era observado por una mujer ya talludita en torno a los puentes del condado de Madison.   

     Disfrazarse, v.i.: Cubrir con una camisa limpia la personalidad de uno.   

                                            Ambrose Bierce, “Diccionario del diablo”       

    February 15

    Luz de invierno

    Parece ser que la cofradía de pescadores de Luanco está pensando en reciclar parcialmente la actividad de sus cofrades. En realidad se trata tan solo de buscar nuevos caladeros ahora que los tradicionales se están agotando: si se solventan algunas dificultades legales, se ofrecerá a turistas y curiosos la posibilidad de embarcarse para conocer de cerca el duro trabajo en la mar. Si la gente del campo está cambiando la vaquina y les patates por alojamiento + desayuno, no hay motivo para que los pescadores no echen las redes en los bancos de turistas (reatas de turistas, diría Manuel Vicent). Aunque la verdad es que en estos tiempos de paros biológicos y extinciones no enseñaremos cómo se pesca sino cómo se pescaba. A lo mejor es cierto que la única manera de salvar el sector pasa porque los armadores se reconviertan a empresarios de turismo-aventura. Un buen temporal de fuerza 9 a la altura del Cabo Peñas dejaría el puenting, el rafting y el barranquismo en tiernos juegos para pre-escolares. Aunque, que quereis que os diga, no acabo de ver claro que para salvar un modo de vida haya que vaciarlo de contenido. Al final, todo folclore. El día que los marineros tengan que aprender buenos modales y morderse la lengua cuando se pillen los dedos para no incomodar a las visitas, algo valioso se habrá perdido. Pero ¿a qué venía todo esto? Ah, sí, que no veo el momento de embarcarme, que me voy a hinchar a hacer fotos de tipos duros faenando, manos agrietadas, relucientes centollos y peces boqueando y dando saltitos, no precisamente de alegría. Pero mientras llega ese día, seguiré buscando la luz del invierno y sintiendo el nordeste desde la barrera, rastreando las calles desiertas y las artes dormidas de los muelles.

    Un par de definiciones del “Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce:

    Océano, s. Masa de agua que ocupa cerca de dos tercios de un mundo creado para el hombre –el cual carece de agallas.   

    Redes de deriva, s. pl. Tipo de red utilizada para causar un cambio involuntario del medio ambiente.

    February 08

    Playa de Zeluán

    Todos somos un poco fetichistas. Todos guardamos algún objeto cuyo sola posesión nos procura cierto placer intransferible. Y todos guardamos algún lugar al que nos gusta volver, aunque sea de tarde en tarde, un lugar sobre el que consideramos tener derechos de propiedad, aunque no tengamos escrituras. Suele estar ligado a la infancia o a la adolescencia, a la época dorada de los descubrimientos en la que como conquistadores tomamos posesión de aquel rincón al que secretamente pusimos nuestro nombre. Nos gusta volver a él como el aventurero que regresa a la hacienda de sus antepasados, pero no para quedarse sino para cerciorarse de que todo sigue en su sitio, de que por debajo de los cambios al menos pervive el recuerdo y si hace falta sacarle brillo para que no se lo coma la herrumbre de los años.

    En mi caso uno de esos lugares es la playa de Zeluán y la ensenada de Llodero que en la margen derecha de la Ría de Avilés se abre como un paréntesis al tráfico de los cargueros y al crujido de las grúas. Con la marea alta sirve a los ojos de área de descanso. Con la marea baja es un fangal donde marisquean las gaviotas, los ánades y algunas aves migratorias. Esta vez tocaba bajamar y como en otras ocasiones volví a sentir bajo los pies esa arena compacta y blanda al mismo tiempo, que parece flotar sobre un lecho de magma o de petróleo.

    Si reflexiono sobre el motivo de este apego llego a la conclusión de que, tal vez por aquello de que solo percibimos por contraste, es aquí donde mejor se dibuja la esencia del lugar donde nací: en la orilla de acá, su olor antiguo de estuarios, de brea y de gaviotas, en la orilla de allá el vapor denso de chimeneas, carbón y metales pesados. Dos orillas y todavía ningún puente que las una. Y si no reflexiono, me veo observando la intimidad del berberecho que contra todo pronóstico resiste y ha aprendido a alimentarse de los esqueletos de las lanchas engullidos por el fango. Una buena cáscara junto a un estómago sencillo es una combinación destinada a perdurar. Los que estamos recubiertos por una membrana y tomamos infusiones detrás de las comidas tratamos a veces de imitarlo a base de dietas, bufandas, protocolos de Kioto y planes de pensiones, con poco éxito por cierto. Con algo de envidia y cierta dosis de rencor lo capturé con una ráfaga de nueve megapixels producto de mi superior evolución, y me largué bastante satisfecho.

                Pero sé que pasado algún tiempo volveré por aquí para hacer fotos de pasarelas grises y restos de armazones con la misma moral tozuda del jodido berberecho, y como las aves de paso me iré antes de que el fango se quede con mis huellas.

    February 01

    Entre perros y gatos

    En una película de Jim Jarmusch, “Flores rotas”, una comedia bastante peculiar, el personaje interpretado por Bill Murray encuentra a una antigua novia de su juventud al frente de una prestigiosa clínica psicológica para animales. El hombre es obligado a permanecer durante horas en la sala de espera, ignorado como un perro, para finalmente comprobar que la psicóloga veterinaria, tras años de relación con un perro que era su inspiración y su confidente, muestra una absoluta indiferencia por el resto del género humano, y en especial por la persona de su antiguo novio. Aunque la escena resulta cómica, uno no termina de reirse abiertamente porque sabe que tiene poco de ficción. Y las noticias aparecidas recientemente acerca de las últimas tendencias en el cuidado de nuestras mascotas lo corroboran. Por eso quiero poner de manifiesto que ninguno de los animales que aparecen en este álbum, “Entre perros y gatos”, ha sido sometido a maltrato físico ni psicológico durante la toma de las fotografías. En particular, en ningún momento se les ha suministrado prozac, práctica cada vez más frecuente para evitar que los animales de compañía orinen, arañen, ladren o hagan otras cosas impropias de animales con mayor frecuencia de la que exige el decoro. Tampoco han sido sometidos a sesiones de carding, spa o acupuntura en ningún salón de belleza ni centro "veterinario". No se les ha degradado hasta el extremo de obligarles a vestir ropas de boutiques especializadas. Ni han estado recluidos en hoteles de lujo para perros y gatos donde pueden seguir viendo los mismos programas de televisión que ven habitualmente sus dueños. Y menos aún asistido a centros de baile donde se les infringen sin anestesia sesiones de flamenco o música melódica. Por el contrario, han marcado el territorio a sus anchas, se han manchado los bajos de barro y han tenido tres o cuatro peloteras con sus acompañantes, transeúntes y rivales varios. En definitiva, han sido tratados humanamente, es decir, se ha respetado su animalidad.

     Iniciar a animales inteligentes en nuestros peores vicios y debilidades supone concederles una peligrosa ventaja. Por el momento están siendo condescendientes con nosotros. Pero si un día deciden vengarse, adiós a las peluquerías, a los antidepresivos, a Carolina Herrera, a los restaurantes de diseño, a los debates rosa y a los 40 Principales. Será el fin de nuestra civilización y habrá que esperar muchos siglos hasta que aparezca otro Charlton Heston. Vamos, que una cosa es susurrar a los caballos y otra muy distinta ponerles a Julio Iglesias.