XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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December 27 SubmarinasA propósito de la navidad pensaba yo si aún quedaría algún lugar a salvo. Y mira, sí, he encontrado uno. Verano pasado, entre las ensenadas de Sabugo y Roballera, cerquina’l Cabu Peñes, unos centímetros bajo la superficie del mar. Yo estuve allí y puedo asegurar que no había más “pedrea” que el pedreo donde asomaban los cangrejos, ni más Reyes que esos reyes tan ricos a la plancha. Resulta que con las gafas de buceo del pequeño Nicolás nos regalaron una cámara submarina, que es como si con la compra de unos neumáticos te regalaran el coche. Imaginaos el coche. Pues imaginaos la cámara: una caja, hermética eso sí, con un culo de botella por objetivo. Total, que disparamos con más fe que intención verdadera de sacar algo, lo mismo que hacían los que lanzaban la caña allí mismo y recogían hilo una y otra vez, desenredaban su decepción y volvían a lanzar. Hace un par de semanas recordé que la cámara aun estaba, con su carrete dentro, olvidada entre las aletas, los tubos y las gafas, cubierta de una fina capa de salitre y guardando quizás algún momento congelado. Salió lo que salió. Unos pocos daguerrotipos de otro mundo, agua, sombra y luz a partes iguales, siluetas fusiformes que podrían ser peces, manos que podrían ser centollos, algas que podrían ser colas de raposa. Bajo el agua siempre hay un punto de sueño y un punto de aventura porque es el mundo al revés, es el reino de la gravedad invertida donde no hay forma de caer, donde apenas un par de metros de inmersión requieren toda la fuerza de tus piernas y pulmones, donde están pasando siempre un documental mudo de Cousteau, donde todo es más grande y más brillante de lo que es en realidad y cuando sacas la enorme concha a la superficie apenas es un botón en la palma de tu mano, porque los objetos de los sueños solo sobreviven al despertar en algún poema de Coleridge. Y lo mismo estas imágenes, medio difuminadas y algo nostálgicas, tan parecidas a recuerdos. Va a ser que la memoria, ladina y traicionera, es un culo de botella, que es lo que nos queda después de habernos bebido el presente. Y si no que se lo digan al borracho, que cuando llega al susodicho se acuerda de toda su familia y en especial de su querida madre, sea o no sea Navidad. December 20 Dos cuentas pendientesSábado, 16 de diciembre. Dos cuentas pendientes teníamos en Pola de Allande. Una, con el pote de berzas de la Nueva Allandesa. Otra, con el Palacio de Cienfuegos, fortaleza que se yergue sobre Pola desde el siglo XIV y a estas alturas todavía no nos habíamos dignado a visitar. Antes, de camino, paramos a coger frío en Pilotuerto, donde el Narcea se detiene y deja que los cormoranes mediten sobre su suerte migratoria. Después nos desviamos y subimos al castro de San Chuis. Allí , recuperado el resuello tras la ascensión, respiramos ese aire callado y seco que cruza los valles desde la sierra del Palo. Nicolás en un segundo levantó “teitos” y prendió “llareiras” en todas las cabañas. Allí jugamos a astures y romanos. El fue Asturix. Yo, Cameramix. Al fín, en la Nueva Allandesa el hijo del dueño nos leyó el hambre en las caras y nos cebó sin miramientos: paté de morcilla, berzas y patatas espesadas a fuego lento y repollo relleno con esa carne trabada en los lentos pastos de montaña lentamente rumiados. Con el estómago algo más que aliviado emprendimos el camino que asciende al Palacio de Cienfuegos. Esta especie de castillo rural, hoy deshabitado, perteneció en el siglo XV a los Condes de Luna. Un siglo más tarde pasó a manos de Rodrigo de la Rua y Cienfuegos, y ya en el XVIII fue residencia del conde de Peñalba.. Un roble centenario guarda una de sus entradas y tal vez más de un inconfesable secreto. Según se dice, su interior alberga mazmorras con cadenas y grilletes, y hasta un cuarto de emparedamiento que incluye el refinado sistema de tortura de la gota de agua. Con sus tres torres imponentes y un desierto patio de armas vislumbrado por una rendija, fue castillo, palacio, residencia, casa de labranza y hoy refugio de góticos fantasmas olvidados entre boñigas y sin un perro siquiera que ladre a los intrusos. Una degradación histórica que ahora amenaza derrumbe: los muros empiezan ya a resquebrajarse como un suelo reseco. Si uno acerca la oreja a sus sillares puede oir la agonía de las piedras. Desde lejos su porte señorial y su situación estratégica ejercen una cierta tiranía sobre el paisaje de la pequeña villa y atraen la mirada con inevitable magnetismo. Pero de cerca se convierte en una mole desproporcionada. Si sus dimensiones fueron un día su razón de ser hoy son su enfermedad terminal, agudizada por el aislamiento, el abandono y el despoblamiento, que son males generales de esta tierra. Ya de vuelta al pueblo, en una mini-tienda de esas que llamábamos bazar antes de que existieran los “todo a cien”, la dueña nos informa que hace años ya que los habitantes del palacio (campesinos, pueblo llano) dejaron de vivir en él o dejaron de vivir sencillamente. Ella por su parte confiesa que nunca en su vida subió a ver el palacio. Uno se da cuenta de que el Palacio de Cienfuegos no forma parte de Pola más allá de los folletos turísticos. La historia le ha pasado su factura y apenas si le queda algo más que una devaluada leyenda. Solo su mercantilización en forma de hotel con sala de turísticos horrores podría salvarlo todavía. Pero tal vez una digna ruina, lenta, precisa e implacable como la gota de agua, sería el epílogo adecuado al esplendor y a la infamia que albergó algún día entre sus muros. December 11 Experimentos con el tiempoComo suele decirse, fotografiar es pintar con luz. Por eso, cuando la luz escasea, fotografiar se convierte en algo así como querer sacar oro de las piedras. La fotografía como alquimia nos lleva entonces de nuevo a los orígenes de este arte, cuando hacer una foto era montar, componer, medir, exponer, revelar, copiar, que es volver a exponer, en fin, todo un proceso con su técnica y sus leyes. Ahora las mediciones las hace un procesador y nosotros podemos concentrarnos en el motivo o, lo que es más habitual, podemos no concentrarnos y simplemente disparar. Pero esta tarde nublada en la playa de Luanco, al filo ya de las seis, me bajé a la arena, en plan taurino, y no tuve más remedio que plantar el trípode, montar la cámara, detenerme y observar. De vez en cuando está bien esto de detenerse y observar (de vez en cuando, ya digo, sin pasarse). Y después jugué un poco con las olas, pero desde la orilla. Lo habitual, diferentes momentos con diferentes encuadres. Pero a medida que pasaban los minutos, la luz menguaba y los tiempos de exposición eran cada vez más largos: dos segundos, cinco, ocho, quince…El tiempo pesaba cada vez más en cada foto y se iba convirtiendo en el protagonista. Ya no se trataba de una ola sino del paso de una ola, y las fotos me parecían cada vez más verdaderas. En una ocasión, calculé el lugar a donde llegaría la próxima ola importante y coloqué el trípode en el borde de esa marca imaginaria. Cuando llegó, aunque debilitada, la lengua de mar se fue acercando al trípode sin ninguna intención de detenerse. En la huida, mi cámara, valiente ella, no cerró los ojos y siguió registrando nuestra digna retirada. En ese momento comprendí algo tan obvio como que uno no puede jugar con las olas sin mojarse. Después me subí al rompeolas y allí, a buen recaudo de las humedades, hice alguna foto más, fotos de excelente contraste y nitidez, e interés totalmente nulo. Más tarde, ya en casa, al “revelar” en el ordenador, observé con cierta sorpresa que en la accidentada foto del repliegue, una farola del espigón del Gallo había dejado su rúbrica perfecta. Esto no resulta raro si, como suele decirse, fotografíar es pintar con luz, o más bien, dejar que la luz pinte. December 05 Solo de OtoñoEn el otoño ya se sabe, el sol prende en las hojas de los árboles y el viento aviva ese fuego que no quema. Pero la seronda es algo más que la estación de lo rojos, ocres y amarillos. Es también y sobre todo lo que no sale en las fotos: el rumor de las hojas entre los zapatos, el puñetazo en la nariz de la fermentación bajo las hojas, el chillido electrico de los estorninos, el tupido pelaje de los gatos callejeros, el aroma cálido de las castañas magostadas y del pote de berzas y de la boroña recien cocida, el golpeteo rítmico del hacha, el humo acre de las cocinas de leña y de las calefacciones pegado a la ropa y a la piel como un segundo abrigo, las sábanas frías y el peso de las mantas, la amenaza de la navidad con sus falsas nieves de poliestireno, el ruido de fichas, dados y cubiletes que salen del armario, es un dejarse hibernar detrás del parabrisas que se empaña. |
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