XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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November 22 El séptimo díaUna mujer gitana ha alcanzado los 115 años de edad viviendo en una chabola sin calefacción ni agua caliente. Con su silenciosa aportación en la lucha contra el cambio climático, podemos decir que lleva una vida plenamente ecológica: su consumo de energía se aproxima al cero absoluto ya que además de no moverse de la cama se alimenta tan solo de una ración diaria de pastillas para la tensión. Una pensión de 400 euros mensuales que los familiares con los que convive administran le asegura por lo menos otros 115 años de existencia beatífica. Yo en cambio apenas he cumplido un año en este cuelgue semanal de apuntes personales y ya me creo una especie de sir Shackleton superviviente de los hielos de la Antártida. Claro que hasta la mesa del comedor puede ser el Everest desde el punto de vista de una hormiga. Pero a pesar de la modestia del proyecto tuve que buscarme mis particulares patrocinadores que se encargaran de impulsarlo. La periodicidad semanal que me autoimpuse fue el primer estímulo. Soy como un niño: sin una orden que ponga orden, las intenciones se dispersan y las colecciones no pasan del fascículo de oferta. Casi siempre la libertad total acaba degenerando en la tiranía de la pereza. El segundo empujón fueron las personas, conocidas unas y desconocidas otras, que empezaron a visitar mi página y en ocasiones me regalaban parte de su tiempo en forma de comentarios. Es cierto que el diálogo se produce siempre y en primer lugar con uno mismo. Escribir es pensar contando con los dedos. Una forma de que mientras aventuramos una respuesta no se nos olvide la pregunta. Y si al escribir repensamos, de igual forma me ocurre que al elegir y colgar las fotos estoy fotografiando de nuevo y por tanto volviendo a disfrutar, aunque esta vez de una forma mas reflexiva, preguntándome en el fondo por las razones de ese impulso previo a la toma de la foto, porque incluso cuando actuamos dejándonos llevar por un impulso, la decisión por el impulso es decisión pensada. Pero cuando entra en escena la palabra, a veces muda, de terceros, es cuando comprendes en primer lugar que tu manera de ver el mundo es entendida, y a veces incluso compartida, por otros; vamos, que no estamos solos, que hay vida en el espacio exterior a nuestra cuatro paredes (y no me refiero solo a las de ladrillo); y en segundo lugar, uno se da cuenta con algunas décadas de retraso de que el milagro de los panes y los peces es sencillamente el efecto de la reciprocidad, entendiendo por reciprocidad ese dar sin esperar, pero siempre secretamente esperando. Porque lo cierto es que si comencé a mostrar esta especie de impresiones fotográficas fue en pago a otras impresiones fotográficas que otros mostraron antes que yo. Es seguramente uno de mis defectos congénitos: en cuanto veo un edificio bellamente diseñado me entrar ganas de matricularme de inmediato en 1° de Arquitectura (también podrían entrarme ganas de subirme al andamio a poner ladrillos, pero no). Por eso creo que no necesito dar las gracias: porque este proyecto ya fue en si mismo una forma de agradecimiento. El caso es que nunca tuve la intención de cumplir un año ni ningún otro lapso de tiempo que fuera más allá de la consabida semana, pero finalmente alcancé los doce meses, o los doce meses me alcanzaron a mí, y como si del séptimo día se tratara eche la vista atrás y vi que todo lo hecho (o casi) era bueno, que digo bueno, cojonudo. Y entonces descansé. Si la vida es una reunión de asistencia obligatoria que abandonamos con la marca de una suela en nuestras posaderas, que al menos se nos consienta tomar de vez en cuando la palabra y también alguna vez guardar silencio, que es a la postre la única manera de no declarar contra uno mismo. En fin, que frente al derecho a comenzar una aventura se alza el deber, y el privilegio, de ponerle fin. Aquí termina mi viaje, y con él esta temporada fuera de temporada. November 15 Braña de FonfríaAfirma Manuel Vicent desde la otra orilla que "existen varias razones para no suicidarse: una es la luz de otoño, otra es cualquier arroz bien guisado". Si el arroz es la encarnación del alma mediterránea, un pote de berzas con su contundente compango de gochu que haya ido tomando cuerpo al íntimo fuego de la leña sería el resumen del sentimiento cantábrico. La luz de otoño en cambio seguro que tiene exactamente la misma densidad de mediodía detenido en una terracita del puerto de Denia que al pie de un teito en la braña tevergana de Fonfría. El oro podrido de las aguas de la dársena, donde según Vicent los filósofos con caña echan el anzuelo, es el mismo que pende de las hayas troquelado en lentejuelas para un baile cuyos pasos marcan los poetas con mochila al son puro del silencio, aquí donde el silencio emana como una cualidad más de la madera, sin necesidad de que venga a imponerlo el penúltimo representante de una ajada monarquía. Por su parte, desde esta orilla Pedro de Silva observa que en estos días "cientos de paseantes lidian con la paz del otoño, tan clemente y letal, ayudándose del sol para no caer en las mazmorras interiores". Debe de ser que el tiempo del otoño tiene algo de amenaza suspendida, como ese postrer deseo que se concede al reo antes de que el definitivo gesto del verdugo se cumpla con la última hoja de roble que completa su descenso como una guillotina. La primera nevada ha enviado su tarjeta con la escarcha azul sobre las plantas. En la plenitud de la estación hay una inminencia de desastre. Nos sentimos afortunados y recelosos a la vez, como el que recibe por error bancario un abono de varios millones en su cuenta. Dilapidamos nuestras últimas horas en mangas de camisa y bronceamos con reflejos dorados nuestra piel que mañana ya nadie podrá ver bajo la lana. Lejos del mucho ruido y los pocos frutos secos, lejos de la clac mediática que jalea los monólogos (y sus réplicas) de aventajados caciques salidos de un casting del club de la comedia, bebemos de la fuente fría surgida de las entrañas incandescentes de la tierra. Y soñamos con la eterna juventud que induce la siesta tibia de las brañas. November 08 Posada y fondaDesde hace un par de meses tengo un pequeño agujero en la memoria que quiero rehabilitar. De camino a Portugal hicimos parada y fonda en Ciudad Rodrigo. Azotaba un sol inclemente como la justicia de los pobres y a las cinco de la tarde el calor ya emanaba de las piedras, lo que es tanto como decir que caminábamos por la superficie refractaria de Mercurio. Envueltos en pensamientos transparentes, sin sustancia, buscamos enseguida el claustro de la catedral, donde uno siempre espera encontrar algo de ese frescor revenido que levanta el vuelo de los hábitos. Apenas si lo hallamos y en cambio fuimos objeto de la burla de los picapedreros que enseñaban su culo de piedra esculpido en basas y capiteles para nosotros, los visitantes del futuro. Sin proponérnoslo aparecimos en la Plaza Mayor, que aquí es apenas un ensanchamiento anormal de los callejones. Al ritmo que marca la marea creciente de la sombra, se iban llenando en oleadas las terrazas de las cafeterías con caras como las nuestras, enrojecidos crustáceos al último hervor de la canícula. La tarde iba cayendo con un cierto abandono en los pasos, una cierta indiferencia en los rumbos y no terminábamos de encontrarle el feeling medieval a la ciudad pese a todos su blasones. A1 fin y al cabo, una tarde domingo es un lugar poco habitable, aquí y en el siglo XIII. Sin embargo, como buenos viajeros no desesperamos en la búsqueda del santo grial de la autenticidad, y lo fuimos a encontrar en una plaza encalada y con fuente donde abrevan las palomas, plaza olvidada de palacios y conventos, vacía de retórica. En ella unas niñas que jugaban al juego de contarse secretos al oído descubrieron el mío, mi juego y mi secreto, y llevándose su bolsito de mano como cámara a los ojos parodiaron mi condición de ciego, de leproso, de chamarilero, de extranjero, y resultó que yo era el medieval, y ellas en cambio las que vivían el eterno momento del presente. Entonces desaparecieron y solo quedaron las palomas. Después de esto sólo faltaba encaramarse a la muralla. Contemplar cómo el sol iba cayendo en el saco roto de las ocho de la tarde resarcía en parte de la fatiga de los ojos. La cámara, harta de mis caprichos, se negó a enfocar su reflejo tras una persiana con alféizar. Marcando las distancias con la plebe, vehículos de alta cilindrada flanqueaban el castillo. Puede que como Parador Nacional haya recuperado ahora parte del espíritu que en otro tiempo levantara sus sillares. La nobleza de hoy, menos hidalga, es al menos más fiable y paga con cheques bancotel. Nosotros, tras la consabida tabla de ibéricos y vino de la tierra, regresamos a nuestro hotel limpio y aseado más allá de las murallas. Creo que caminábamos con la sensación de no haber pasado de ser unos turistas extramuros. November 01 En cíclica LuancoDicen los padres actuales de la ciencia que el universo se expande indefinidamente inflado por una energía que han llamado “oscura”, eufemismo que encubre su desconocimiento pero que recibe prestado el prestigio del cine y la literatura, con lo que suscita el interés si no de otros científicos sí al menos del público lego en la materia pero versado en Cuarto Milenio y Star Wars. Si la expansión sin fin es de fiar, aunque sea a nivel interplanetario porque aquí en el planeta azul más bien nos dirigimos al “big crunch”, entonces deberemos creer que, al menos a largo plazo, el tiempo camina hacia delante. Pero a corto en cambio somos seres cíclicos porque nuestro mundo es cíclico también y avanza en bucles continuos como los de aquellos ejercicios caligráficos de nuestro precámbrico personal. La Tierra se traslada, las estaciones se suceden, el curso y los cursillos recomienzan, los discursos se repiten, el euríbor sube y baja y aún queda energía para una nueva edición de Gran Hermano. Yo por mi parte retorno a Luanco un par de tardes por semana, paseo por las mismas calles, doblo las mismas esquinas e incluso algunas espaldas empiezan ya a resultarme familiares. Por momentos me gana la sospecha de que todas las fotos han sido hechas hace tiempo. Pero la luz guarda siempre un as bajo la manga y aquí está uno presto a pillar a la tarde en un renuncio y demostrar una vez más con el sabio presocrático que a pesar de las apariencias nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Aunque la verdad es que ahora, tras el ajuste horario con que el poder muestra arbitraria y gratuitamente su capacidad de disponer sobre nuestros ritmos cotidianos, llego a Luanco con la partida casi terminada y percibo como la energía oscura de la noche y el invierno dilata el tiempo lento de las cafeterías. |
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