XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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October 25 Hayedo de Monte Saperu (Redes)¿Por qué será que cuando nos adentramos en el bosque comenzamos a pensar en duendes, hadas y encantamientos? ¿Será porque los estridentes colores del otoño nos predisponen a lo mágico? ¿Será que ese oro falso sobre nuestra cabezas tiene algo de tramoya que nos transforma en actores y espectadores de alguna clase de representación cuyo argumento apenas imaginamos? ¿Será que este despliegue gratuito de la naturaleza contrasta de forma sospechosa con el silencio que lo envuelve todo, tan parecido este silencio al de una respiración contenida?¿Será porque el lobo feroz aún sigue rondando nuestros sueños? ¿O porque en algún eslabón del ADN pervive la memoria del acecho, en una edad en la que todo era bosque y el hombre otro ser oculto en la espesura? ¿Será quizás que el misterio de las ramas sorprendidas en escorzo enciende un sentimiento de aventura que aún persiste debajo de nuestro paraguas de rutinas? ¿Será que necesitamos tanto el no saber como el saber? ¿Será porque intuimos que en esos seres intermedios de la mitología, traviesos, bondadosos, malignos o indiferentes según unas normas que varían a capricho, se esconde una forma de ver el mundo que nos libera de la carga de ser todopoderosos? El sortilegio del bosque confunde nuestro ego hasta el punto de hacernos creer que si fuéramos capaces de mantenernos quietos y en silencio durante un intervalo suficiente, bajarían las ardillas de los árboles y seríamos uno más con la xana y el busgosu. Pero lo cierto es que los duendes caminan con nosotros precisamente cuando-menos pensamos en ellos. En la escandalera de risas y gritos de los niños, en sus carreras al borde del desastre y nuestras torpes advertencias está el espíritu esquivo de los gnomos y la cobarde ira de los troles. Idealizar el bosque y la naturaleza como el último reducto de silencio y paz espiritual es probablemente tan pueril como tomar al pie de la letra la existencia imaginaria de faunos, elfos y dragones. Por eso conseguir que un paseo por el bosque sea tanto un ejercicio de las piernas como de la imaginación, sin dejar más rastro que una ingenua inscripción en una mesa de madera al borde del camino, es mi personal manera de hacerme uno con el todo. Y por cierto, dándole la vuelta al dicho del gallego, declaro que: yo creo en las brujas, aunque no las haya. October 18 Por el camino del MedioViernes, 12 de octubre. 12:30 p.m. 19 grados. Cielo despejado. Orlé (Parque Natural de Redes). La senda nos va alejando del pueblo de Orlé al tiempo que asciende suavemente por el Valle del Río Medio. Puentes de madera, rumores de agua, castaños. Nicolás agarra una piedra y hace marcas en las otras piedras del camino. De repente una cascada de luz vierte al río entre los árboles. Nos adentramos y descubrimos que es de agua la cascada, solo que el sol del mediodía halló el modo de hacerla suya y a nosotros mismos nos atrapa por unos minutos eternos en su caída inmóvil. Más puentes, enmoquetado de hojas, ascenso. Por fin el hayedo tupido, silencioso, siempre mítico. Desde algún lugar del valle resuena el berrido prehistórico de lo que quizás sea tan solo una vaca. Tras la pausa del bocadillo, dos seres humanos, excursionistas como nosotros. Vienen del otro lado, nos contamos mutuamente las noticias de nuestros respectivos tramos e intercambiamos un saludo y los caminos. El valle quedó abajo. Monte abierto, helechos amarillos, pastos de verano, cuadras y cabaña. Monto el trípode para la foto-recuerdo. Aparece un pastor. Se detiene para no salir en la foto. Yo me detengo para que sí salga. Cruza por delante el rebaño de vaques roxes, curiosas y asustadas. Cambian de prao, menú fresco para cenar. Siguiendo el cartel indicador, enfilamos hacia el Colladín de la Calavera. El ganadero nos advierte que no hay tal. El collao de la Calavera no está por aquí sino entre los montes de enfrente. Algún funcionario de turismo habrá querido echarle un poco de literatura al recorrido. Nicolás duda entre la decepción ...y el alivio. Barro hasta el tobillo, robles, descenso. Alcanzamos de nuevo al pastor que echa un pito sentado en un posadoriu del camino, uno de esos lugares no marcados donde uno sin poder evitarlo hace un alto para dar descanso a las rodillas. Preguntamos al ganadero por sus cosas. Siempre antes de hablar fija la vista en algún punto indefinido y demora un instante la respuesta, como si estuviera escudriñando el tiempo que hará, que depende de cuál sea el collao por el que asome la niebla. Nos cuenta que por aquí en un par de semanas entrará el invierno. Da un tiento largo al pellejo de vino. Nos habla de lobos, de su peligro, de su astucia, de su resistencia. No lo hace con odio, apenas con temor, sí con disimulada admiración. Una vez tuvo uno a sesenta metros de distancia pero el lobo desapareció de repente a una velocidad incompatible con un normal desplazamiento por el suelo. Sabe que eran sesenta metros y no más porque contó los pasos uno a uno hasta el lugar donde el bicho estuvo y no estuvo. El terciopelo del hocico de su yegua se estremece con un leve temblor. Nos cuenta también que vive de las subvenciones porque la carne se la pagan hoy al precio de hace veinte años. Lobos los hay de muchos pelajes diferentes. 6:00 p.m. Estamos de nuevo en el punto de partida, Orlé, donde el camino se enreda en callejones y el sol repinta las fachadas amarillas. Ha sido una ruta más, un día de monte sin alardes que nos deja los pies magullados pero el ánimo agradecido. Nicolás pregunta si puede llevarse a casa la piedra que ahora lleva guardada en la mochila desde que se cansó de hacerle muescas al camino. Le digo que ya sabe que no. Nada de piedras ni de palos. Entonces me dice: - Papá, ¿cuántos países hay en el mundo? - No sé, muchos, más de doscientos. – le contesto. - ¿Y cuántas montañas hay? - Uf, muchísimas, más que países, miles. - Papá, ¿y cuántas piedras hay iguales a ésta? - Hombre, iguales lo que se dice exactamente iguales, supongo que ninguna. - Papá, ¿puedo llevarme la piedra a casa? October 11 TransparenciasTras el atracón portugués vino el ayuno, la necesaria purga. Durante tres semanas permaneció la cámara en el armario, emitiendo apenas algún gañido imperceptible. Después volví a colgarla del hombro y poco a poco se me ha ido escapando algún disparo al desgaire, haciéndome de rogar, como si no fueran conmigo los guiños que después de todo volvían a hacerme la luz y sus objetos. Científicos japoneses de la Universidad de Hiroshima han inventado por vía genética una rana transparente. Se evitarán así miles de disecciones, afirman, y por tanto se ahorrará gran cantidad de sufrimientos a los batracios (el sufrimiento y el horror resultante de verse la ranita las propias tripas en funcionamiento no ha sido contabilizado en el proyecto). Y todo como si el hombre pudiera prescindir de la vivisección, como si el bisturí no tuviera otra finalidad que la científica. Que se vayan preparando los demás anfibios y sus colaterales. Venía esto a cuento por el asunto de la transparencia. El fotógrafo, como el científico, también quiere ver el interior de los objetos y los rostros. Por eso, con la mentalidad de explorador del XIX echa a andar y va diseccionando la realidad que encuentra a su paso en busca de alguna pieza significativa y cuando la encuentra, palpitante todavía la extrae, de forma solo aparentemente inocua. Las cosas fotografiadas no son ya las mismas cosas, son imágenes y ni siquiera de si mismas: la playa se convierte en paisaje, el rostro en retrato. Igualmente la rana abierta en canal no es ya una rana sino una lección de anatomía. Los científicos de la Universidad de Hiroshima se equivocaron al pretender la transparencia del objeto de su estudio. Lo transparente ha de ser el instrumento. Y no me refiero a rayos X. La auténtica ciencia no reside en hacer lo opaco transparente, sino en ver en la superficie las signos de lo que habita en e1 subsuelo: sostener la rana un segundo entre las manos, mirarla a los ojos (el beso es opcional) y hacer un diagnóstico completo. La cura ya sería cosa de chamanes o de médicos. De igual forma el fotógrafo quisiera prescindir de accesorios y hacer las fotos con los párpados, guardar en la memoria los instantes que merezcan ser guardados y reproducirlos a voluntad, rebobinar la cinta, aunque a veces patinen un poco los oxidados cabezales (perdón, es que yo nací en la era analógica), sin necesidad de recurrir a la proustiana magdalena. Mientras los japoneses terminan de perfeccionar el chip intraocular seguiremos valiéndonos de memorias de silicio y ópticas asféricas para atrapar la transparencia del aire o la profundidad de una mirada. No vendría mal una avería con huelga indefinida de servicios técnicos para obligarnos a echar mano de aquel otro instrumento, algo ajado ya, que llamamos imaginación. October 04 Oporto, final de trayectoHay en Oporto una catedral que no aparece como tal en los inventarios de las guías ni tampoco en los de las iglesias oficiales. Por fuera tiene la apariencia imponente y perpendicular de lo que podría ser un gran edificio administrativo de principios del siglo pasado. Pero tampoco por dentro es lo que parece. No hay que dejarse llevar a engaño por los paneles electrónicos que indican llegadas y salidas, ni por los quioscos de revistas, ni por los andenes, ni siquiera por los trenes que ocasionalmente se presentan procedentes del Duero arriba a través de las entrañas de la ciudad. Debemos fijarnos en cambio en la luz que entra por las vidrieras, en las escenas que azulejan sus paredes, en los fieles que meditan sentados en los bancos o en los que de pie interrogan a lo alto buscando una respuesta a su próximo destino. Sólo entonces, a pesar de la máquina expendedora de billetes y del hombre con gorra y banderín, comprendemos que hemos penetrado en un templo llamado Estaçâo de Sâo Bento y que lo que parece una boca de túnel es en realidad el altar donde emerge la luz del interior de las tinieblas. Tal vez por eso, cuando me planté frente a la nave central con su bóveda tejida de hierro y sus frescos vivos de edificios, tuve una especie de visión: otra estación, la de Saint-Lazare que pintara Monet con pinceladas de humo se superpuso a la escena con tal nitidez que si de pronto hubiera aparecido una máquina de vapor bufando y chirriando no me habría sorprendido lo más mínimo. Trate de recoger con la cámara el cuadro de Monet pero no encontré ni el punto de vista ni el desapego necesario. Esto sucedió al anochecer y decidí volver a la mañana siguiente. Entonces la luz incidía como un estilete sobre el contorno de las cosas, pero el cuadro seguía escurriéndoseme entre los dedos y comprendí que dar con él era sobre todo una cuestión de tiempo, precisamente la materia de la que estaba hecha la sala de espera donde los pasajeros firmes y hieráticos recibían la bendición del voraz espíritu de Cronos. Tuvimos sin embargo que dejar Oporto, con sus oficios sin beneficio, su refinamiento embotellado y sus atardeceres de oro en la Ribeira. Yo me prometí regresar algún día pero esta vez por ferrocarril, para llegar a la Estaçâo de Sâo Bento donde una parte de mí quedó mirando las horas y esperando mi regreso. |
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