XuanRata's profileFUERA DE TEMPORADAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    January 25

    En busca de bufones

    El sábado visitamos la costa de Llanes en busca de bufones, esos cráteres abiertos en caliza por donde respira el mar cuando tiene taquicardia. Resultó que las pulsaciones estaban controladas y no era día de bufones, pero sí era día de mercau, ese lugar por donde respira la ciudad, la villa o la comarca según el tamaño del animal comunitario. Era el de Nueva un mercadillo a media voz, sin colapsos ni barullos, con un solo representante por gremio, la antítesis de esa libre competencia de lo idéntico que campa en nuestras grandes superficies. Al mediodía parecía estar ya desmantelándose pero es que era esta su forma de ser, transitoria y libre de la acumulación de lo superfluo. Mientras María José abría la bolsa y la cartera, abría yo el angular del objetivo y comenzamos a auscultar: tomamos muestras de boroña, casadielles, quesu de cabra, un chándal fabricado en la U.E. y exquisiteces como la resplandeciente maragota o cierta verdura con nombre de aristócrata rumano. De un cercano taller de maquetas de barcos salía una melodía barroca con un sonido tan puro que invitaba a saludar cortésmente y proseguir sin siquiera hacer el ademán de un clic que sería de mal tono. Definitivamente la comarca de Pría goza de buena salud, al menos en temporada otoño/invierno.          

    Por la tarde ya, cerca de Vidiago, abordamos el bufón de Arenillas: resoplaba con un hastío de siglos y abroncaba a los turistas con tan poca convicción sobre el rugido de los coches que algunos niños se acercaban a su boca y le faltaban al respeto con sus risas y su gritos. Imposible no pensar en un viejo cetáceo varado en este circo de los espacios naturales protegidos que con su reclamo ponen en peligro aquello mismo que protegen, mientras el capitán Ahab es ahora un abuelo erguido en la proa de ese acantilado convertido en plano inolvidable por una película de Garci. Con el tiempo y una cámara (o sin ella) los paisajes se nos van llenando de adherencias que forman a su vez otros tantos paisajes. Esto en sí no es malo si multiplica la belleza. Pero ahora que esta naturaleza que todavía nos incluye presenta inequívocos síntomas de asfixia, tal vez debiéramos retroceder un par de pasos y dejar que algo de aire regrese a sus pulmones.

    January 17

    Matazuga

                 Matazuga, matanza, samartín. La cosecha del gochu, el sacrificio del tótem. Trabajo comunal, ceremonia de la abundancia. Ajos y cebollas, pimentón y sal, especias. Ruido de cuchillos, chillidos de muerte, voces de hombres, risas de mujeres. Aroma de carne frita. Todo es tradición que a duras penas se mantiene: los brazos de diez hombres son ahora los caballos de un tractor del que cuelga el animal anticipando su destino choricero; la certera cuchillada se ha convertido en un tiro a bocajarro entre ceja y ceja al mejor estilo terrorista; el agua hirviendo que escaldaba la piel del bicho ha dado paso a un infernal soplete alimentado por propano; la dura manivela de la maquina de picar, donde se gastaban las calorías que el picadillo devolvería multiplicadas, se ha transformado en cable que chupa de un enchufe. Las nuevas tecnologías van dulcificando los procesos, cambiando la brutalidad antigua del sufrimiento por una nueva brutalidad más mecánica y aséptica. Pero la organización siempre es más rígida que el procedimiento, y el reparto de tareas se mantiene como en los mejores tiempos del patriarcado: los hombres matan, abren y descuartizan. Después descansan, comen, beben y comentan si se tercia las últimas batallas futbolísticas en el mismo lugar donde antes se hablaba de cierta guerra cercana todavía, tal vez porque una sangre llamaba a la otra. Mientras tanto, las mujeres preparan, pican, sazonan y embuten a lo largo de tres o cuatro días al tiempo que despellejan y desmenuzan el acontecer de la familia y los vecinos propios y ajenos, que cada vez son más lejanos y dispersos pero que todavía dan para alabar y criticar como una forma de celebrar la vida entre tanto despojo y casquería.

                Dicen que el que quiera ver su cuerpo, vea el del puerco. (Nicolás no quiso verlo. Dijo, palabras textuales, que estos asesinatos no son para que los vea un niño de seis años. Al menos ya sabe que el salchichón no nace en lonchas envasadas al vacío) Tan humano resulta el interior del marrano que hasta hay algunas cautas religiones que para no incurrir en canibalismo prohiben su ingesta. Pero ¿es el cerdo el que se parece a nosotros o es más bien al contrario? Yo me inclino por esta segunda alternativa si, como dicen también, es cierto eso de que somos lo que comemos. Por eso meterse entre pecho y espalda un plato de hígado encebollado es tanto como realizarse un trasplante del que depende nuestra futura calidad de vida, siempre acompañado de un vaso de buen vino para evitar un improbable rechazo.

                Por el momento, y mientras seguimos haciendo la pesada digestión de nuestra identidad, dejemos que el noble humo del roble o del castaño purifique y bendiga los chorizos que nos habremos de comer. Amén.       

    January 11

    Marinero en tierra

             Igual que el viejo marinero ya retirado que sigue remando en tierra, aunque lo hace, dice, solo para ejercitar los brazos, nosotros también cambiamos el calendario pero no el gancho del que cuelga. Seguimos repitiendo ciertos gestos aprendidos, como la forma de dar la mano aunque sean menos los amigos, frecuentando los mismos bares traspasados varias veces, buscando en los mismos autores las frases que esperamos, perseverando en idénticos odios, sublevándonos con cada telediario, haciendo las mismas fotos aunque en lugares distintos y a veces ni eso. Por más que reneguemos, continuamos cultivando los mismos defectos que tan fieles nos son, y tan nuestros. Pero como el viejo marinero que sigue remando en tierra, todos tenemos algo también de ese Quijote subido a lomos de un Clavileño de madera, y queremos sentir de nuevo ciertas salpicaduras saladas en el rostro, cierto fulgor de calamares de cierto amanecer, queremos regresar a ese momento en que nos reconocimos sin saberlo. Por otro lado, no ignoramos que la búsqueda del tiempo perdido es una novela que se vende a euro en los mercadillos de ocasión. Por eso, cuando un tipo provisto de una cámara, o de cualquier otro modo armado, nos sorprende en ese trance que nos deja en evidencia, cada vez más cuanto más pasan los años, disimulamos con una irónica carcajada de cordura pero carcajada al fin y al cabo, porque intuimos que ese tipo, en el fondo, también está buscando algo.  

    January 05

    Por el valle del Nansa

    Por el valle del Nansa, en tierras de Cantabria, llegamos a la cueva de El Soplao para visitar las entrañas de la tierra: en lugar de estalactitas encontramos curiosas formaciones excéntricas poblando el techo con un entramado de raíces blancas de calcita. Prohibido hacer fotos. Que cada cual se apañe con su imaginación y su memoria.

    Tras parar en Carmona y comer en Puentenansa, por la tarde remontamos el curso del río y alcanzamos la aldea de Tudanca. Yo creía recordar que era aquí donde un tal Jose Mª de Pereda había ambientado su novela “Peñas Arriba”, una de esas lecturas recomendadas-obligadas que leí cuando no tenía más criterio que el de los planes de estudio. Ya no sé de que trataba, aparte de que un joven de ciudad llegaba a Tablanca, un pueblo perdido entre montañas, a lomos de una mula por caminos interminables. Pero si cierro los ojos aun puedo ver el libro, la vieja edición amarillenta de cubiertas apergaminadas y de tacto áspero, como si acabara de salir de una imprenta decimonónica. Hoy la Casona de Tudanca donde llegó el personaje soñado por Pereda es un Museo-Biblioteca que conserva el mobiliario del siglo XVIII y exhibe manuscritos de Alberti, Lorca o Cela. Estaba cerrado. De todos los meses del año que son doce, precisamente este de enero se lo toma de descanso. Tal vez, de haber podido ver el dormitorio de madera regia, el reloj inglés, el escudo de armas de la casa, los retratos de los ilustres miembros de la familia o los fogones de la cocinona, hubiera recordado la historia que contaba la novela. Puedo volver en otro mes que no sea enero. También puedo buscar “Peñas Arriba” en cualquier biblioteca o librería. Pero sé que no lo haré. Otros libros, otros lugares con el falso brillo de lo nuevo vienen empujando. Por esta vez la Casona de Tablanca se quedó en poco más, y nada menos, que el escenario que habitaron por unos minutos las personas que más quiero.

     Antes de irnos, en el pueblo, al oir nuestros pasos un niño con el rostro vivo y desconfiado de otro siglo salió no sé de donde y como un rayo recogió de la calle sus perrillos color ceniza, los apartó del joven que llega de la ciudad con sus manos finas y torpes, que no saben de animales.